Para el francés Didier Deschamps, el Mundial que comienza en pocos días no es un torneo más, sino el capítulo final de una de las etapas como entrenador más exitosas del fútbol internacional.
El seleccionador francés, conocido por su don para los éxitos, ya ha confirmado que dejará el cargo tras el torneo que se disputará en Estados Unidos, Canadá y México, para poner fin a una etapa que comenzó en 2012.
Durante su mandato, Les Bleus se proclamaron campeones del mundo en 2018, ganaron la Liga de Naciones en 2021 y alcanzaron su segunda final consecutiva en una Copa del Mundo en 2022. Además, los capitaneó hacia su primer título mundial en 1998, asegurando así su lugar en la historia del fútbol francés.
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Lo que queda por definir es el tamaño de la estatua.
Deschamps nunca ha sido universalmente querido en Francia. Su fútbol ha sido descrito a menudo como pragmático, sus elecciones de jugadores como conservadoras y su instinto de control a veces ha chocado con el talento ofensivo que tenía a su disposición.
Las críticas aumentaron tras la Eurocopa 2024, cuando Francia llegó a semifinales pero se mostró lenta, con falta de fluidez y demasiado dependiente de los momentos puntuales en lugar del ritmo.
Sin embargo, la respuesta de Deschamps siempre ha sido la misma: el fútbol de competición se trata de supervivencia, equilibrio y de ganar en momentos clave.
Pocos lo han hecho mejor.
MBAPPÉ, PROTAGONISTA
Francia comienza el Mundial de este año con Kylian Mbappé como figura central del proyecto y una plantilla que despertará la envidia de la mayoría de sus rivales.
Jugadores como Ousmane Dembélé, ganador del Balón de Oro, y sus compañeros del Paris Saint-Germain Desire Doué y Bradley Barcola aportan a Francia la imprevisibilidad que ha caracterizado la era de Deschamps.
Mike Maignan tiene autoridad en la portería, William Saliba, Ibrahima Konaté y Dayot Upamecano ofrecen opciones defensivas de primer nivel, mientras que Aurélien Tchouaméni y Adrien Rabiot aportan potencia y control en el centro del campo.
Pero esta campaña conlleva una carga emocional diferente, ya que el nombre de Zinedine Zidane ya planea sobre la sucesión en el banquillo, un recordatorio de que incluso antes de que empiece la competencia, Francia se está preparando para la vida después de Deschamps.
El sorteo también ha añadido un toque de emoción a su última misión. Francia está en el Grupo I con Senegal, Noruega e Irak, una zona con un historial complicado y que entraña un peligro real.
La victoria de Senegal 1-0 sobre la campeona Francia en el partido inaugural del Mundial de 2002 sigue siendo una de las mayores sorpresas del torneo, mientras que Noruega llega con Erling Haaland y una campaña de clasificación que la ha vuelto a convertir en una seria amenaza.
Para Deschamps, eso podría encajar perfectamente con su estilo, ya que su selección francesa rara vez ha necesitado el romanticismo para triunfar.
Está hecha para soportar la presión, la tensión de las eliminatorias y la gestión fría del riesgo. La pregunta es si a esa fórmula aún le queda un último empuje.
Si Francia no logra el título, Deschamps seguirá siendo una figura transformadora que devolvió a su país la posición de potencia mundialista permanente.
Pero si vuelve a ganar el título, el técnico de 57 años trascenderá la categoría de leyenda nacional para alcanzar algo más cercano a la inmortalidad futbolística, incluso si su equipo nunca ha ganado la Eurocopa, tras caer eliminado como local en 2016.
Esta es su última oportunidad y, para variar, ni siquiera Deschamps puede hacer que parezca algo rutinario.
Con información de Reuters
