Katja Alemann vuelve a los escenarios con Shambhala, una apuesta intimista en la que desnuda su esencia y su mirada sobre la vida y la actualidad política, a la par que reivindica la felicidad como arma para combatir las desgracias que atrae la política actual y el avance de las derechas. En una entrevista con El Destape, la actriz adelanta su nuevo espectáculo -irá los sábados de junio a las 21 horas en Poncho Teatro (Leopoldo Marechal 1219)- y adelanta parte del proyecto que la llevará a recorrer sus años de gloria en Cemento.
¿Qué quiere decir Shambhala?
- Shambhala es el reino sagrado de la felicidad, en Tíbet, cosa que yo no sabía hasta un día en que improvisando música con un amigo salió el tema. A partir de ese término organicé la dramaturgia, me pareció genial esa idea del “país de Jauja”, el paraíso. Después, averiguando más información me dijeron que tenía que leer el libro del guerrero de Shambhala (hace referencia a Shambhala: La senda sagrada del guerrero, de Chogyam Trungpa) y cuando lo hice me enteré que el autor era el fundador de la Universidad de Naropa, en Boulder, Colorado, Estados Unidos, a la cual yo apliqué para ir a estudiar cuando tenía 20 años.
Que casualidad…
- (Se ríe). Al final no fuí a esa universidad, pero tenía los mejores cursos. Y ya de chiquita yo tenía un fuerte interés por las interdisciplinas artísticas…
Tu espectáculo es interdisciplinario: hay canciones, monólogos y también lo sentí como un manifiesto. ¿Lo sentís así?
- Muscari (José María) me dijo lo mismo, es “el manifiesto Katja” (se ríe). Sí, es un manifiesto porque digo todo lo que pienso sobre la vida en este momento y tengo un monólogo político que se va renovando a medida que pasan cosas… y en Argentina siempre pasan cada vez más cosas.
¿Qué te llevó a querer abrirte de esta manera?
- Necesitaba hacer algo para mí. Me pasa que desde siempre la gente en la calle ha sido muy cariñosa conmigo y eso siempre me pareció loco, significar tanto para los demás. Por eso mismo sentí que tenía que devolverle al público algo de todo ese respeto y reconocimiento que me da a diario. Y hacerlo con algo mío es genial: en el espectáculo hago lo que me hace feliz: cantar, hacer música, actuar. Disfruto mucho de compartir mi esencia con la gente.
Shambhala me permite hacer uso de un abanico de disciplinas, es un show muy artesanal… tanto que te confieso que los telones los pinté yo y el maquillaje también me lo inventé yo.
Es un maquillaje muy vistoso.
- El maquillaje que uso en mi cara sigue una idea espiritual muy profunda. Cuando cierro los ojos, aparecen los ojos pintados y esa doble mirada tiene un significado. Por un lado tenés la mirada con el ojo cerrado, que es la mirada espiritual, y después está la mirada con el ojo abierto, que es la mirada mundana.
¿Siempre tuviste abierta tu faceta espiritual?
- Empecé a meditar a los 15 años con unas técnicas que me enseñó Prem Rawat, el gurú Maharaj Ji, y siempre mantuve esa práctica porque yo trabajo bastante con la idea de la muerte. De prepararme para la muerte.
¿Te da miedo la muerte?
- No, yo creo que la vida es eterna y creo que la meditación te conecta con ese otro estado de conciencia, al que es muy difícil de acceder. Meditar es complicado, aquietar la mente para realmente poder llegar a esa dimensión -en el que podés vivir la experiencia de la vida eterna- requiere mucha práctica.
Podría decirse que tu relación con la muerte tiene algunos momentos de cercanía.
Mi papá se murió de mi mano y eso fue muy importante para mí, porque percibí la muerte, sentí la muerte. Fue un gran regalo de mi padre, morirse de mi mano. La muerte siempre estuvo ahí… yo acompañé a morir a varias personas que quise.
MÁS INFO
"Voy a contar mi historia con Cemento en una película"
¿En qué situación ves hoy a la Argentina?
- Creo que es un momento donde hay que sentar posición con respecto a todo lo que está pasando en el país, que es muy grave. Hay peligros reales y si no tomamos cartas en el asunto o no advertimos lo que está sucediendo, hay gente que no se entera. Por eso me parecía importante subirme a un escenario a hablar de política.
Todavía hay mucha gente anestesiada…
- A la gente que vive en ese estado difícilmente la sacás de ahí. El problema es también la dictadura algorítmica donde estamos metidos, ese sesgo que retroalimentamos al juntarnos siempre con los que piensan como nosotros y dejando de lado al resto. Yo creo que hay que ir hacia la masa crítica, es al menos lo que trato de hacer en el espectáculo.
Me duele mucho esta Argentina en la que vivimos… Nunca vi que la gente se endeude para comer y que después no pueda pagar cosas básicas. Es un momento gravísimo y me genera desesperación ver como se hace una entrega completa de todo el patrimonio nacional. Y la oposición no pone ninguna trabas…
Además de Shambhala, ¿estás con proyectos para cine y televisión?
- Estoy con una película, pero es un proyecto a largo plazo porque tengo que hacer mucha preproducción. Ahora me encuentro avanzando con un documental sobre mi visión de Cemento, con mi material de archivo. Es Cemento desde lo que significó para mí, ahí está el enfoque de la película.
¿Te gusta volver a recordar esos años?
- Todavía no volví a entrar ahí… Pasó que tuve mucha resistencia con todo el material digitalizado, porque obviamente me remueve las tripas todo lo que pasó después…
Ahora estoy armando el contexto con la productora de Damián Roth, quien también estuvo en los comienzos de Cemento y tiene mucho material audiovisual inédito y sin editar. Tenemos muchísimo material para contar mi historia.
¿El documental de Cemento va a ser una forma de reivindicar tu historia con Omar Chabán?
- No, no. A Omar traté de ayudarlo todo lo que pude, la gente ya sabe lo que yo sentí por él y no siento que necesito reivindicar nada. En el documental no me voy a meter con la tragedia porque es un tema muy engorroso…
La última: ¿qué emoción te recorre cuándo hoy pasás por lo que quedó de Cemento?
- Bronca… detesto que hayan tirado todo abajo. Gente bruta e ignorante… Lo compró la Ciudad y ni siquiera pensó en hacer un museo, nada. Que lo hayan tirado abajo me provoca enojo y cada vez que pasó con el coche por ahí suelto un “váyanse a la concha de su hermana”.
