En pleno 2025, la música es ubicua, está en tu celular, en la nube o en una plataforma de streaming y con un click podés acceder a cualquier canción, álbum perdido o proyecto indie. Pero si pensás que eso mató el interés por lo físico, estás equivocado. Las disquerías en Buenos Aires y el mundo muestran lo contrario, veinteañeros que salen con vinilos bajo el brazo, coleccionistas con canas que acarician ediciones japonesas como reliquias, y fanáticos que buscan merchandising exclusivo de sus artistas favoritos. Porque hoy no se compra solo música: se compra experiencia, se compra historia, se compra objeto.
“Por momentos voy a plataformas digitales para escuchar algo, pero después busco disfrutarlo mejor", dice con pasión Gustavo Ramírez, diseñador gráfico de 56 años. Para él, el sonido "es lo principal", y "tenerlo en la mano" vale más, sobre todo si es doble tapa. Gustavo comenzó su colección con Destroyer de Kiss y luego recuperó el amor por el vinilo con Are You Experienced? de Jimi Hendrix.
Para él, cada disco es un objeto de culto, un pedazo de historia que se sostiene contra la fugacidad de lo digital. "Los vinilos te permiten descubrir ediciones especiales de distintos países. Me molesta cuando salen reediciones con solo un sobre blanco, sin insert. No se prestan; si alguien los agarra, querés ver cómo lo hace. Organizar la colección es un arte: alfabéticamente o por estilo”, resalta.
El primer vinilo de Fermín Santos, periodista musical de 27 años, fue Tu Religión de Charly García, y su pasión creció con un pequeño tocadiscos. “El vinilo obliga a escuchar un disco entero, cosa que las plataformas hicieron que se pierda. Es duradero y es una forma de invertir en un artista que admirás”, explica desde la mirada de un joven que lejos estuvo de ver los tocadiscos en su esplendor. Para Fermín, el valor emocional del vinilo va más allá del sonido: “Lo veo como un archivo que podés revisar, volver a escuchar, disfrutar de los detalles de la tapa, de los inserts, del arte completo. Escuchar vinilos es dedicarle tiempo a la música, no solo poner algo de fondo”.
El público que consume vinilos en la actualidad es "mitad joven y mitad coleccionistas adultos", todos atraídos por la experiencia física del objeto. Así lo define Paco Gallardo, de Exiles Records, una tienda minimalista escondida en una calle de Palermo donde llevan la experiencia musical a otro nivel. Su disquería es también un sello discográfico y una sala de escucha en vivo bautizada CC Richards, un espacio donde los vinilos no solo se venden, se viven.
Paco atiende con una paciencia digna de un melómano y puede aconsejarte desde su expertise en la materia, allí donde lo tangible cobra una dimensión extra y su valor se percibe con los cinco sentidos. “El vinilo es aire en movimiento, impulsos eléctricos que llegan al oído de forma pura. Lo digital es solo unos y ceros. Tener un vinilo es un ritual, ver la tapa, leer el insert, sentir la estática que lo carga de energía. Es historia y arte, no solo música”.
En una era atravesada por los estímulos rápidos, los recortes de instantes y la demanda de un ciclo continuo de nuevos contenidos, ese ritual es un manifiesto de pausa para el disfrute. “En plena era del scroll infinito y de canciones de dos minutos pensadas para el algoritmo de TikTok, el vinilo volvió porque necesitamos parar la pelota, define Hernán Genise, apoderado de la empresa Grupo Laser Disc, que desarrolló una planta de fabricación de vinilos en Argentina. Esa inmediatez que reina "nos quemó un poco la cabeza", pero poner un vinilo "te obliga a sentarte a escuchar, a mirar la tapa, a darlo vuelta a los 20 minutos".
"No es música de fondo; es un momento dedicado a la música”.
Qué pasa con el consumo de vinilos en las disquerías de Buenos Aires
Zivals es probablemte la disquería más icónica de Buenos Aires, recientemente fue noticia por inaugurar un mural de Charly García, pintado por Martín Ron y aprobado por la mismísima leyenda del rock, quien visitó personalmente el local para dar su aval al proyecto.Desde el año 1971, la tienda se apoderó de la esquina de Callao y Corrientes y, al igual que Exiles, con el tiempo incorporaron un sello discográfico llamado Aqua Records.
Desde su creación, Zivals sobrevivió a los cambios de formatos (CD, Mp3, Ipod, plataformas como Spotify, Apple Music etc.) y a las recurrentes crisis económicas del país, imponiéndose con su enorme catálogo de música donde cubren un amplio espectro de géneros y estilos, pero con especial foco en el tango, jazz, rock y música en español. Alfredo Suhring, Gerente General de la tienda, cuenta cómo resistieron a décadas de cambios tecnológico: “Siempre nos enfocamos en el catálogo. La gente que busca rarezas o cosas específicas siempre vino acá. Tenemos desde K-pop hasta jazz y bandas sonoras. El público es variado, hay coleccionistas de larga data, adolescentes curiosos, incluso chicos pidiendo vinilos de Disney”.
Al igual que Paco, Fermín y Gustavo, Alfredo piensa que el vinilo es un objeto romántico: “Genera calidez en el sonido, y la tapa es un cuadro. Ver girar un vinilo es hermoso; emocionalmente, tiene un magnetismo particular”.
Desde lo técnico, se marca una diferencia clave con el mundo digital. “El digital es perfecto, quirúrgico y limpio. Corta frecuencias para que el archivo sea eficiente. El vinilo es analógico y continuo, no hay unos y ceros, hay un surco real tallado en plástico”. Eso genera, según explica, una estética sonora distinta: “Te da una calidez que lo digital no tiene, graves más redondos, medios orgánicos y una distorsión armónica muy linda. No es que suene mejor en términos absolutos, el digital gana en rango dinámico, pero el vinilo suena más vivo, más imperfecto y más humano”, aporta Genise.
Pero al igual que todos, para Genise el valor final no es solo técnico sino emocional: “Hoy tener un vinilo es poseer un pedazo de cultura. La música en digital se volvió invisible; es un alquiler. En cambio, el vinilo genera pertenencia, abrirlo, leerlo, tocarlo, es una experiencia que no se puede reemplazar”.
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La pasión de coleccionar música
El coleccionismo va más allá del audio. Los vinilos de edición limitada, las remeras de gira, las fotocards y el merchandising exclusivo se convirtieron en un nuevo fetiche entre los jóvenes. Lo tangible se volvió un símbolo de pertenencia y pasión. “Cuando un artista lanza una edición especial, viajaría a otra ciudad solo para conseguirla”, confiesa Fermín. La música digital puede ser instantánea, pero carece de peso emocional y estético. Los objetos físicos no solo se escuchan, se exhiben, se cuidan y se transmiten.
Los coleccionistas más veteranos recuerdan con nostalgia cómo compraban vinilos en ferias, locales de galerías o en viajes: “En México, el Tianguis Cultural del Chopo era un paraíso”, dice Gustavo. Hoy, la búsqueda es más estratégica, presupuestos ajustados, selecciones cuidadas y prioridades claras. La colección se convierte en un tesoro.
Mientras la industria digital ofrece música a un click, los vinilos y el merchandising crean un vínculo único entre el artista y el público. Son reliquias del pasado que se adaptan al presente, objetos de culto que sobreviven a las modas y a la tecnología cambiante. “El vinilo no volvió, nunca se fue”, sentencia Pablo Gallardo de Exiles.
Y mientras haya alguien dispuesto a coleccionar, esa mística continuará girando, disco tras disco.
