Parecen simples "gym bros", pero forman parte de una red de extrema derecha que se amplía en Argentina: la pantalla con la que reclutan varones

A través de los llamados "Active Clubs" y la cultura del fitness, células neofascistas desembarcan en el país. "Un gimnasio puede ser un aula política más eficas que cualquier panfleto", advierten. 

30 de mayo, 2026 | 19.00

Si hay algo que caracteriza a la derecha global en el siglo XXI es su eficacia para construir y encontrar terrenos fértiles donde expandirse, transformando el malestar social, la incertidumbre económica, la fragmentación, el miedo, la ira, el aislamiento y las inseguridades en sus principales activos políticos. Su estrategia es la identificación de poblaciones vulnerables o desplazadas, y la construcción de narrativas emocionales que buscan directamente llenar esos espacios y carencias. Justamente, en medio de un proceso sociocultural y político complejo que cuestiona los modelos tradicionales de familia, género y, particularmente, masculinidad, este sector parece haber encontrado en los gimnasios y lugares de entrenamiento físico las coordenadas justas para bajar sus ideas y doctrinas a una población hiper vulnerabilizada, sedienta de certezas, como son los varones jóvenes.

Es que la derecha reaccionaria y antifeminista se expande, sobre todo, a espaldas de la política tradicional, traccionada por actividades y dimensiones en teoría neutrales como el mundo del fitness. Este fenómeno es posible por un hecho previo: la crisis de representación que golpea hace décadas a partidos políticos, sindicatos, organizaciones sociales y espacios comunitarios, todas instancias colectivas que han perdido la exclusividad en los procesos de construcción política y toma de decisiones. Por el contrario, esos lugares compiten hoy por el reclutamiento y la producción de sentido con otros territorios como las redes sociales y plataformas. Utilizan como carnada el ejercicio y como anzuelo el discurso meritocrático, de mejoramiento individual, la autosuperación, la fuerza, el sacrificio, el liderazgo, la autonomía y la disciplina, todos valores y estándares asociados a un modelo de masculinidad que hoy no pueden sostener material o económicamente.

No hace falta scrollear más que unos minutos en cualquier red social para observar de primera mano cómo circulan livianamente este tipo de discursos y performance compartidos y difundidos a través de influencers fit, gym bros, referentes de academias de artes marciales mixtas, clubes de pelea, entrenamientos de MMA, traders o supuestos empresarios exitosos quienes, entre videos de rutinas y consejos sobre finanzas, filtran mensajes machistas y misóginos, discursos racistas y antiinmigración, y en algunos casos directamente ideas neofascistas. Según los investigadores del Proyecto Global contra el Odio y el Extremismo “un gimnasio puede ser un aula política más eficaz que cualquier panfleto”.

La estrategia es tan simple como efectiva: se presentan como entrenadores, miembros de un club deportivo, asesores financieros, y se referencian en grupos de varones entrenando para superarse. Mientras, van desplegando su ideología, gradual pero sostenidamente, bajando línea entre mensajes sutiles, creando identificación por medio de la camaradería del vestuario, generando pertenencia en los canales privados, moldeando subjetividades a partir de la conducción de las emociones, y finalmente trabajando en el adoctrinamiento político.

Active clubs: la nueva trinchera de facsismo

Uno de los ejemplos de este fenómeno es conocido bajo la denominación de Active Clubs, una serie de espacios que están siendo investigados por su aterrizaje y crecimiento en 27 países del mundo donde cuentan con células documentadas desde 2023. Según una investigación reciente de la BBC, desde la fundación del primer Club a fines de 2020, se fundaron más de 100 en Estados Unidos, Canadá y Europa, y en los últimos dos años han empezado a crecer particularmente en América Latina. El investigador Alexander Ritzmann, integrante de la organización internacional The Counter Extremism Project y asesor de la Red de Concienciación sobre la Radicalización de la Comisión Europea, describe a estos espacios como parte de una "operación sofisticada” y advierte que "nunca había visto una red de extrema derecha crecer tan rápido".

El modelo del Active Club fue una idea creada y diseñada por Robert Rundo (36), fundador del grupo neonazi estadounidense Rise Above Movement, quien fue detenido en Rumania en 2023 y condenado por su participación en una serie de conflictos y disturbios políticos en Charlottesville, California, en 2017. El objetivo de Rundo era entrenar en combate a los miembros de los clubes e inculcarles la ideología fascista con el propósito de atacar y violentar opositores políticos. La estructura que construyó a partir de esa idea ganó fuerza y capilaridad, y de allí nacieron decenas de células locales autónomas en todo el mundo, que actúan por separado pero interactúan y se comunican a través de canales digitales, como Telegram, en una suerte de red internacional fascista sin sede ni estatuto.

Para quien anda distraído o ignora el significado de los códigos, los active clubs son grupos de jóvenes haciendo deporte o ejercicios en parques públicos con gimnasios privados, nada significativo en apariencia. En la práctica las convocatorias se dirigen principalmente a varones jóvenes blancos de entre 18 y 29 años a quienes seducen a través de la construcción de una identidad de guerrero, la cultura de hipermasculinidad y superación personal. Pero si uno mira con más detalle suelen exhibir símbolos como el 23 en la remera, la W de “White” en notación alfabética, remeras estampadas con el término Waffen-SS, o el Sol Negro tatuado en el antebrazo. Los logotipos de los Clubes pueden reflejar variaciones de la Cruz Celta, junto con un símbolo o referencia a la ubicación geográfica del grupo.

Uno de los rituales mas controversiales de estos grupos de fitness de extrema derecha es el de las denominadas “Forest Fights”, o peleas en los bosques, que son muy habituales en Estados Unidos y Canada. El ejercicio consiste en una batalla campal entre dos clubes en medio del bosque, simulando un escenario ancestral. Además de la acción concreta, como todo rito, implica una estética performática:  algunos llevan el rostro cubierto, otros se pintan la cara, algunos usan guantes o accesorios de las artes marciales. Pero lo que los une es un mismo objetivo: luchar por la gloria. "Los equipos se reunieron para un fin de semana de violencia y camaradería tribal - describen en el grupo de Forest Fights USA en Telegram - Se derramó sangre y se conquistó el honor". Si bien estas luchas no son ilegales en sí mismas, cumplen un propósito claro que es fomentar la “camaradería”, el sentido de pertenencia y reclutar nuevos miembros.

Una investigación reciente del medio de Newsweek, que se infiltró en algunos de estos espacios y entrevistó a sus referentes, advierte que en los grupos de redes y chats en Telegram los miembros activos publican, entre las imágenes de sus jornadas de entrenamiento, noticias y artículos sobre actualidad y comparten citas o referencias a Hitler. En sus comunicaciones internas y convocatorias en algunos videos, el mensaje es explícito: se están preparando para una guerra racial que ya está en marcha y necesitan reclutar soldados. Sus integrantes se consideran luchadores entrenando para una batalla contra un sistema que oprime a la raza blanca.

El cuerpo como carnada y la ideología como anzuelo

El fascismo como proyecto político incluía una pedagogía del cuerpo. En la Alemania nazi, el cuerpo masculino blanco, fuerte, musculoso y disciplinado era una categoría política y un ideal de raza superior que debía hacerse visible; en contraposición al cuerpo débil, enfermo, discapacitado, feminizado o “degenerado” que era, en su lógica, peligroso para la pureza de la raza. Por eso de los desfiles de las SS a la estética del “hombre nuevo”, la ultraderecha construyó su imaginario sobre la exaltación de la fuerza física masculina, la supremacía blanca y la disciplina viril. El Manual de Resistencia sin Líder por ejemplo, el texto de referencia para grupos neonazis, expresa explícitamente que un verdadero nacionalsocialista debe inspirarse en las Waffen-SS para cultivar “cuerpos más desarrollados y sanos” y formarse en “deportes de lucha y contacto” para el “activismo de calle”.

Lo que el capitalismo de plataformas le aportó a esa vieja ideología son dos elementos nuevos que garantizan el éxito de su estrategia: en principio la estética y popularidad de la UFC (Ultimate Fighting Championship), la empresa de artes marciales mixtas más importante del mundo y uno de los semilleros de la extrema derecha, ya que nuclea una base de fanáticos compuesta mayoritariamente por jóvenes varones; y en segundo lugar la viralidad y alcance de las plataformas y redes sociales. Los códigos visuales de las artes marciales mixtas, como el combate cuerpo a cuerpo, la entrega física, la sangre, el sacrificio, fueron apropiados y reconvertidos en imaginarios de resistencia viril y pertenencia masculinista. El resultado es un vínculo perverso entre deporte de contacto, espectáculo y adoctrinamiento que resulta difícil de detectar desde afuera y profundamente seductor desde adentro.

El ejercicio y el mundo del fit son espacios colonizados por estas relaciones y funcionan como una puerta de entrada directa a la manosfera, la cultura machista reaccionaria, y la influencia política de  la derecha global. La manosfera representa la esfera masculina digital formada por “un conglomerado de espacios virtuales heterogéneos que dan cabida a una multitud de movimientos masculinistas basados en la propagación de discursos misóginos y antifeministas”. Hablamos de un submundo digital pensado por y para varones donde las frustraciones reales, la precariedad, la soledad, la falta de horizonte, son canalizadas hacia un enemigo fácil y concreto que los oprime: las mujeres, los feminismos y las minorías.

Si bien este entramado social no está vinculado directamente a las ideas fascistas, sí se puede decir que la ultra derecha lo utiliza como puente dado que su materia prima, varones jóvenes en crisis, resquebrajados, con identidades desestabilizadas, que sienten que el mundo les quitó algo que les pertenecía, es exactamente el perfil que los active clubs necesitan para engordar sus filas. En ese resquebrajamiento opera el fascismo contemporáneo con una precisión quirúrgica. El investigador Tobias Ginsburg, que pasó más de una década infiltrado en organizaciones de extrema derecha europeas para su libro “El mundo de los normales”,  identifica que la lucha contra el feminismo y la obsesión por la masculinidad política son los componentes que todos estos grupos tienen en común, ligados entre sí de manera indisoluble. Antes del racismo abierto y la idea de una guerra racial, estos grupos ofrecen algo más cercano y más emocional: una explicación sencilla para el malestar, y un protocolo o programa cerrado para solucionarlo.

Las nuevas derechas en el mundo despliegan, de manera sistemática, una narrativa que apunta a los varones y ubica su proyecto político como único recurso de salvación frente al malestar. La misoginia es su pegamento ideológico ya que la construcción de una masculinidad política necesita un enemigo para existir, y ese enemigo son las mujeres, los feminismos, y todos los grupos sociales que cuestionen el orden que estos grupos quieren restaurar. A nivel local el discurso libertario y el propio presidente demarcó a los feminismos y lo que llama “ideología de género” como enemigos a eliminar, ofreciendo a los varones en crisis un relato simple: les quitaron algo que les pertenecía, y hay que recuperarlo.