Suele decirse que una persona nació de nuevo tras un momento traumático en su vida. Martín Lerner sabe de eso: él llegó a este mundo un 20 de mayo de 1990, pero al poco tiempo los médicos lo diagnosticaron con atresia de vías biliares, un cuadro que deriva indefectiblemente en muerte por cirrosis, por lo que requiere un trasplante de hígado. No fue fácil, fueron 21 meses en los que sus padres recorrieron diversos centros médicos, canales de TV, juzgados y no por ello perdieron su sentido del compromiso social. De hecho, sostuvieron su militancia frente a los indultos de los 90s, las privatizaciones y los despidos. Pasaron casi dos años de mucha angustia, con tres posibles trasplantes frustrados, hasta que el órgano finalmente llegó un 16 de febrero de 1992, fecha en la que Martín celebra su segundo cumpleaños porque se salvó, se curó, creció y hoy es un hombre de 36 años que se dedica al teatro. De hecho, escribió su historia y la llevó como biodrama a las tablas de Timbre 4 con el nombre de Un niño verde.
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Apenas nació, Martín tenía un tono amarillento en su cuerpo, pero los profesionales, ni sus padres le dieron mayor importancia: podría tratarse de un caso de ictericia que es muy común en los bebes. Sin embargo, transcurrieron 40 días para que los doctores advirtieran que tenía un problema hepático severo. El niño fue operado de las vías biliares externas, aunque del daño interno del hígado permanecía intacto: lo que indicaba que necesitaría un trasplante.
Su situación era compleja, no solo porque la primera ablación en Argentina se había realizado recién dos años antes, si no que además necesitaba subir a un peso excesivo para un recién nacido, había mucho desinformación respecto del tema. De hecho, muy pocas familias decidían por sus parientes: en aquella época no existía la Ley Justina (2018), que estableció que toda persona mayor de 18 años es considerada donante de órganos y tejidos, a menos que exprese lo contrario. Como si fuera poco, otro problema era el costo económico de la operación: 100 mil dólares y en una economía hiperinflacionaria. El tesón de sus padres, su costado militante, no bajar los brazos, recurrir a los medios, fueron factores determinantes para que Martín se salvara y se convirtiera en el trasplantado número 34.
Un donante, la esperanza y una jueza que se niega
Antes de que Martín recibiera el hígado salvador, hubo otras tres posibles ablaciones frustradas. Una no se concretó porque el hígado no estaba en perfectas condiciones, otra porque finalmente no hubo acuerdo con la familia y la que más repercusión tuvo fue la que no se produjo por orden de una jueza de Morón. La decisión de la magistrada María del Carmen Peña generó bronca e indignación en la familia porque estaba el operativo listo para el trasplante y sobre todo porque actuó con desidia y una profunda ignorancia. De hecho, Peña se negó porque no creía en la muerte cerebral, además de aducir que no fue debidamente notificada.
Tras esa negativa, Gabriel Lerner y Luciana Rizzi recorrieron diversos sets televisivos para visibilizar la respuesta judicial, además de expresar la situación desesperante en la que ellos y otras tantas familias se encontraban. Su testimonio llegó a los noticieros y a programas en los que se debatía sobre el rol de la jueza. La muerte, los trasplantes, entre otros temas. Con todo, hubo una tercera posible ablación fallida (la decisión de la jueza fue la segunda) y la cuarta fue la vencida.
Una noche de febrero de 1992 sonó el aparato de radio llamada que tenían los Lerner mientras cenaban con unos amigos. El bipper era utilizado especialmente para recibir la notificación de la llegada de un hígado que en simultáneo activaba todo el operativo entre la extracción y traslado del órgano del donante y la preparación del quirófano donde operarían a Martín. Sus padres salieron con rápidez, fueron a su casa a armar el bolso y se dirigieron hacia el Hospital Italiano. La cirugía se extendió durante 12 horas y fue exitosa: Martín recibió el hígado sin complicaciones. El órgano llegó desde Córdoba, donde una familia decidió donar los de su niño de 7 años que murió de forma súbita.
La ablación se produjo en el momento preciso, de hecho, su madre comentó en los medios que el médico le explicó que al abrir el cuerpo de Martín durante la operación advirtió que estaba cerca de sufrir un ataque de hipertensión. “Si hubiéramos tenido que esperar más, quizás nuestro hijo hubiese muerto”, le dijo Luciana Rizzi al diario Clarín, en un artículo realizado luego de que a su niño le dieran el alta.
El niño que dibujó su propio trasplante
Martín no tiene recuerdos conscientes de aquellos momentos de angustia. Sin embargo, a los 6 años hizo un dibujo sobre el día en que recibió su trasplante que describe exactamente como sucedió. Cuando lo vio su médico, el doctor D’agostino, no podía creer el nivel de precisión que tenia su pequeño paciente respecto de los hechos reales.
“Creo que hay algo un poco mágico con lo que nos pasa en la niñez cuando reconstruimos nuestros propios recuerdos. Me parece que entre las fotos que uno vio, los lugares que recorrió tanto tiempo del Hospital Italiano, más la cantidad de veces que le contaron los hechos, supongo que hay algo inconsciente que te pasa en el cuerpo, entonces empiezan como a asociarse y ya no sabés bien si son recuerdos reales”, arrancó -para intentar explicar- Martín Lerner a El Destape la precisión de aquella ilustración.
Y continuó: “A mi me contaron infinidad de veces cómo fue el día de mi trasplante, el Hospital Italiano es un lugar que aún en la actualidad sigo yendo y antes iba varias veces por año, conozco muy bien esos pasillos, asi que creo que ese dibujo tuvo mucho que ver con ese combinación, más allá que la precisión que tiene me sorprende un poco”.
En cuánto a sus primeros recuerdos reales, aparece la familia, el Hospital Italiano, los controles. “El primero más vívido que tengo, el que más en el cuerpo lo siento, fue mi primera internación. La primera, al menos, que yo recuerdo que fue un rechazo que tuve del hígado. Yo estuve internado varias semanas y me viene la imagen muy clara de tener unos walkman. Y le pedía a mi abuelo que me diera casetes y escuchaba a Los Pericos mucho, por ejemplo”, recuerda con una sonrisa Martín.
En líneas generales, el actor y dramaturgo se recuerda como un niño feliz. De hecho, Martín no tuvo restricciones en cuanto a actividades: se juntaba normalmente con sus compañeros de escuela, jugaba al básquet, al fútbol, corría en el recreo.Y en ese aspecto, destaca a sus abuelos, quienes le daban todos los gustos. Su conflictos internos llegaron más adelante: con la adolescencia.
Los años más díficiles de Martín
La etapa de la pubertad y sus años siguientes, en general, son complicados para los chicos de esa edad. En el caso de Martín, su trasplante fue un agravante. El fastidio por tener que tomar la medicación de forma sistemática, más las inseguridades propias de ese período, con el añadido de que el dramaturgo tenía una cicatriz que le atravesaba trasversalmente toda la parte superior del abdomen, fueron factores difíciles de sobrellevar para él.
“Había algo con el cuerpo, que yo lo tengo muy presente: la cicatriz. Y es un tema que ahora con la obra de teatro estoy hablando mucho con otros trasplantados y trasplantadas que obviamente no conocía. Un niño verde me abrió también esa posibilidad, porque es un tema traumático, muy tabú. A mi de adolescente no me daba ni sacarme la remera, pensaba que mis compañeros se burlaban de mi. Como que no era canchero, no era lindo, no era estético, era como algo raro. Y bueno, luego me paso ahora de escuchar a las chicas que estoy conociendo, lo complejo que era para ellas el tema del cuerpo, de sentir que te miran mal”, explica el dramaturgo.
Y continuó: “Por otro lado, te salía esa rebeldía y fastidio típico de esa etapa en la que estaba harto del tema de la medicación. Por ejemplo: ir a dormir a la casa de mis amiguitos de entonces o tener que ir de viaje y cada tanto en un horario tomar una pastilla, tener que ponerme una alarma. Ese control familiar que había permanente que me hacía sentir como nenito, me resultaba molesto. Cuando sos adolescente, que te estén encima todo el tiempo es terrible. Además, era muy contrastante con un montón de amigos y amigas mías, que se iban de joda sin ninguna preocupación: no tenían que ir a un control médico todo el tiempo, ni sentir el miedo de quedar internado, que era un miedo con asidero en la realidad porque varias veces me pasó de ir al control y quedarme. Llegué a tener exámenes médicos cada dos o tres meses”.
Los controles con el correr de los años se espaciaron cada vez más. Desde sus 28 años fueron cada seis meses y en la actualidad, se realiza uno por año. Aunque aquella angustia adolescente lo acompañó hasta hace poco tiempo. Pensar en la idea que su hígado genere un nuevo rechazo (le pasó varias veces), en otra internación o que el órgano de repente dejara de funcionar eran algunos de sus fantasmas. Sin embargo, su obra de teatro le ayudó a canalizar ciertas inseguridades, a tener otra mirada sobre su vida y, por ende, a revertir esos pensamientos negativos.
Un niño verde: cómo contar un drama con poesía, ternura y alegría
Martín comenzó a pensar en la idea de contar su vida por un video que encontró de muy chico, en aquella época ni siquiera sabía aún que estudiaría teatro en un futuro medianamente cercano. “Decidí hacer esta obra porque a los 8 o 10 años, me encontré con los VHS, donde mis papás salían en la televisión a principios de los años 90 para pedir por la donación de órganos, no sólo por mi caso, sino por el de muchos chicos y chicas que estaban esperando”, recordó Lerner en la charla con El Destape.
Y prosiguió: “Sobre todo, porque en esos videos estaban ellos, él con 28 años, ella con 22: muy jovencitos, reclamando porque una jueza se negó a hacer la ablación, que es el procedimiento para que se realicen los trasplantes, para que una persona que fallece pueda donar sus órganos. La magistrada me dejó sin nada a mi y a otros tantos chicos. Entonces, hay algo que me sucede hoy todavía mirando los videos en la obra de teatro, que es de una emoción, un orgullo y -sobre todo- una fascinación con verlos a ellos pelear de esa manera, con esa enteresa, con esa sensibilidad que me llevó a decir: ‘Esta historia se tiene que contar’”.
El proceso de creación y concreción comenzó hace dos años. El título de la puesta, Un niño verde, reside en que en un momento determinado de la espera del órgano, Martín tenía la piel y sus ojos de ese color. “Cuando uno tiene una enfermedad hepática el cuerpo se pone amarillo primero porque la bilis no sale del organismo, entonces la bilirrubina queda alojada en el cuerpo y tiñe, pigmenta la piel. Ahora, cuando el cuadro se agudiza, el color traspasa al verde. De hecho, mis últimos meses antes del trasplante mi piel tenía ese tono”, explica el actor que protagoniza su propia obra.
La pieza, que aun se presenta tres domingos más a las 21.30 más en Timbre 4, es un biodrama que cuenta de forma muy disruptiva el trasplante de Martín: su espera, su operación, su historia, pero sobre todo la lucha de sus padres: Una batalla contra molinos de vientos de dos jóvenes militantes que pese a la angustia inherente a la incertidumbre de no saber qué pasaría con su bebé, no bajaron nunca los brazos.
Documentos, fotos familiares, imágenes de TV, dramatizaciones de momentos reales, coreografías, bailes, cocina en vivo y hasta la imagen de una carta de la actriz Leonor Benedetto que pedía ayuda, se entralazan en un relato muy particular que nunca pierde la ternura, ni la alegría, pese a abordar un tema delicado. Incluso Martín se dio el gusto de compartir elenco con su marido y trabajó con su madre, que es realizadora escenográfica, y diseñó el hígado gigante que se erige en las alturas.
“En la obra, reivindicamos el festejo de la vida y sobre todo lo hacemos por esas personas que hoy no pueden estar, que no tuvieron su oportunidad: la idea es nombrarlas y honrarlas. La idea es generar conciencia, destacar el trabajo del INCUCAI que es muy serio y lo de siempre, pese a que sea un lugar común: Nadie se salva solo: donar salva vidas. Asimismo, dejar en claro que el Estado mejoró mucho las condiciones de los trasplantados y la salud en Argentina y que defendemos ese sistema. Me parece importante en este momento ante una coyuntura que defiende las privatizaciones y el desfinanciamiento de la salud”, concluyó Matías.
Un niño verde. Dramaturgia: Martín Lerner. Dirección: Lucila Garay. Elenco:
Manuel Armengol, Manuela Begino Lavalle, Milagros Cicculli, Agustina De La Fuente, Fede Bethencourt, Martin Lerner, Juan Salas, Ailén Schnabel, Caterina Tambucci. Teatro: Timbre 4, México 3554, CABA. Día y horario: Domingos 21.30 hs.
