En la Villa de Merlo, San Luis, camino hacia las sierras, cerró la puerta de su hogar en la calle arbolada Patricia Montan con un bolso y una mochila, rumbo a la plaza central del pueblo. No era un viaje más en su vida. Sus pasos la llevaban al Norte, donde la escasez de profesionales hacía indispensable su presencia en las comunidades wichí. Controles médicos, evaluación de diagnóstico y atención prioritaria eran algunas de las tareas de su convocatoria. Hacía falta médicos y ella no dudó en dar el primer paso.
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En la terminal de Merlo la esperaba una camioneta que saldría unas horas antes de Villa Mercedes. Luego de una parada técnica para sumar al resto del equipo, salieron rumbo al Impenetrable –al norte de la Provincia de Chaco-. “Llegó un grupo que necesitaba médicos voluntarios, y fuimos”, sonríe y recuerda Patricia, el diálogo con El Destape. Mucha dedicación, amor y corazón eran primordiales para viajar. Hoy, años después, ve con otra mirada aquel viaje que le marcó la vida. Piensa que volvería allí solo para aprender de la cultura Wichí por horas, sobre plantas, tejidos, y un montón de pendientes que le han quedado de aquella experiencia.
Cristian Italiano, su marido (también médico) recuerda esa primera noche en Presidente Roque Sáenz Peña, donde durmieron antes de ir hacia El Impenetrable: “Íbamos expectantes en conocer y participar”, explica y recuerda que el entusiasmo del grupo crecía a medida que se acercaban al territorio y tomaban dimensión del impacto que podía tener su trabajo allí.
Hace una pausa, busca fotos de una de la estanterías de su casa e insiste: “No había médicos; era necesario”
Patricia dio el puntapié inicial en 2002 cuando se adentró por un mes en el lugar mientras su marido se quedaba cuidando a su hija, que era pequeña. “Empezamos a caminar los pueblos indígenas, trabajando con ellos, con su propia medicina, todo desde el Hospital de Las Lomitas”, relata desde el jardín de su casa.
Había llegado allí por una doctora que daba su vida por las comunidades Wichí y PIlagá. Su contacto fue por correo, ya que no había comunicación tan directa cómo ahora. “Había mucha necesidad de pediatras, y con brazos abiertos me recibieron y partí”, cuenta la pediatra.
El viaje había sido largo, de un micro a otro, de una capital a otra, para poder llegar hasta allí, pero cada minuto mientras las ruedas rodaban en el asfalto se sentía más cerca. “Durante ese día de viaje, fui llorando de emoción, era lo que podía aportar al mundo, mi profesión. A mis 40 años podía hacer realidad lo que nos fue negado durante la dictadura, lo que representaba nuestra juventud en los 70.”, asegura.
Algo que fue una bisagra en su vida le permitió pensar el mundo desde una mirada más integral, reconociendo los saberes de la otredad. Su corazón latió fuerte a lo largo del viaje, había toda una juventud de los 70 con ideales detrás de ese ambo ya luego de varios años de ejercer medicina. Su profesión la llamó a cruzar fronteras y poder ayudar a comunidades dónde se necesita no solo conocimientos médicos sino escucha y comprensión de toda una cultura que lleva siglos viviendo bajo sus costumbres.
“Hubo algo de esa Patri que entró en los 70 en la facultad de medicina”, suelta con una mueca sonriente. Hoy, en esa misma casa de la que partía en los dos mil, con algunas canas, pero más experiencia, la pediatra cuenta sentada en la mesa de su living junto a su marido aquellas historias que la cambiaron la vida por completo.
Las Lomitas fueron el primer paso, luego un año después la empezó a acompañar Cristian cuando pedían médicos voluntarios para ayudar en las inundaciones de Santa Fe. “Tenía 6 hijos, nos organizamos con la familia, y salimos para allá sin dudarlo”, comenta con entusiasmo cómo si fuera a salir en ese mismo instante del comedor de su casa.
Cristian tiene el recuerdo aún fresco de esas experiencias. Cuenta con libros en una de las estanterías que fueron escritos por su mano como recuerdo de cada viaje. Las experiencias hiladas detrás de miles de palabras.
De ahí pasaron al Tren Sanitario, una formación ferroviaria equipada para llevar asistencia e instrumental a rincones del país dónde no se encuentran grandes hospitales. El proyecto fue impulsado primariamente por la Fundación Eva Perón y el Dr. Ramón Carrillo en el año 1951.
Medio centenar de años después ese mismo espíritu se materializaba en el Tren de Desarrollo Social y Sanitario "Dr. Ramón Carrillo" que tuvo un rol crucial post crisis del 2001. Reunía profesionales de distintas especialidades. Por medio de comunicaciones municipales llegaron a ese proyecto y Cristian sin dudarlo se subió a bordo.
“Llegar a la terminal de trenes y verlo era cómo llegar a un segundo hogar. Era parte de nuestra vida”, aseguró Cristian. Los trenes contaban con todo el equipamiento para poder hacer estudios de amplios servicios médicos, algunos vagones con camarotes para que puedan alojarse los trabajadores sanitarios, y, al final, los culturales para llevar libros de la Biblioteca Nacional, cine –impulsado por el INCAA-, y actividades de entretenimiento. Estos último incorporado más tarde con la denominación “Scalabrini Ortiz”.
La medicina los llevó a recorrer Tucumán, Corrientes, Formosa, Salta, Jujuy, Chaco, Santa Fe, Santiago del Estero, entre otras localidades. Rincones del país dónde no hubieran pensado llegar si no era con los viajes sanitarios.
Los recuerdos de los viajes aún se mantienen entre sus vidas. Patricia saca del placard un tejido que guarda desde su paso por Chaupi Pozo, en Santiago del Estero: un chalequito que una niña le regaló en el tren, como gesto de gratitud por la visita a su comunidad. Aún lo conserva en su hogar.
Ya con varias experiencias y vivencias, Patricia reflexiona sobre la importancia de la medicina en la sociedad, pero también las otras formas de ser médico. La palabra "aprender" resuena mucho aún en su vida, con mucha fuerza en las tradiciones y la cultura de las comunidades originarias.“Me queda la felicidad que otro mundo es posible", afirma.
