En el marco del 3J, a once años del primer Ni Una Menos, y como producto de la conmoción social que generó el femicidio de Agostina Vega de 14 años, se produjo un movimiento, una reacción, que a priori merece ser observado con atención. Durante la semana las redes sociales, plataformas y programas de streaming, sobre todo los que apuntan a audiencias juveniles, se llenaron de hombres cis hablando de violencia de género, masculinidades, feminismo, silencios y responsabilidades. El arco de narrativas, expresiones y tonos fue muy heterogéneo: médicos, docentes, psicólogos, comunicadores, trabajadores, periodistas, albañiles, humoristas, creadores de contenido y usuarios comunes publicaron videos o usaron su tiempo al aire para compartir una reflexión y preguntarse qué lugar les corresponde ocupar frente a una violencia que crece y sigue cobrándose la vida de mujeres y niñas.
Lejos de la desconfianza automática que podemos sentir cuando pasan estas cosas ligadas a los feminismos y las efemérides, o del cinismo que suele acompañar estos fenómenos que generan bait y viralización, quizás lo primero que corresponde es reconocer el valor sociocultural de esos testimonios y el hecho político atrás de la escena repetida. Durante casi toda la historia de la humanidad la violencia machista fue invisibilizada, normalizada o considerada exclusivamente un problema de mujeres, un tema correspondiente al ámbito de lo privado, de lo doméstico. Fueron las mujeres quienes denunciaron, investigaron, acompañaron, marcharon, se organizaron y sostuvieron la demanda pendiente, que muchas veces encontró resistencia, indiferencia u hostilidad, hasta que se instaló a nivel social y en conversación pública. En ese sentido, que hoy, frente al contexto político adverso y reaccionario, empiecen a verse hombres sintiéndose interpelados y produciendo discursos sobre estas problemáticas es un dato a celebrar, y evidencia, en gran medida, el resultado de décadas de militancia política y transformación cultural de los movimientos feministas.
Por otro lado, en el marco del capitalismo de plataformas, subestimar estos procesos o catalogarlos como tendencias porque se ven en redes sociales implicaría desconocer una de las características centrales de nuestra época: los espacios digitales son hoy territorios de socialización donde se habita, se forman identidades, se crean vínculos y se produce sentido. En el universo de las pantallas se construyen referencias culturales, se consolidan comunidades y circulan discusiones que luego atraviesan otros ámbitos de la vida social, e incluso llegan a las instituciones. El hecho de que miles de varones se encuentren consumiendo y produciendo contenidos sobre masculinidades constituye un fenómeno relevante en sí mismo, no porque un clip de segundos tenga capacidad de transformar por sí solo estructuras profundamente arraigadas, sino porque expresa que determinadas preguntas o interpelaciones lograron instalarse en sectores donde hace apenas algunos años eran rechazadas.
La cuestión adquiere todavía más importancia si se observa el crecimiento y fortalecimiento de la manosfera a nivel mundial: ese ecosistema digital compuesto por influencers, comunidades, streamers, empresarios y productores de contenido que le hablan a varones jóvenes y promueven discursos antifeministas, misóginos, reaccionarios y profundamente hostiles hacia las mujeres y minorías, disfrazados de consejos sobre valor personal, fitness, finanzas y cómo alcanzar el "éxito". Estos referentes, que son parte del dispositivo de la ultraderecha digital, ofrecen respuestas simples a problemas complejos y construyen identidades masculinas a partir del resentimiento, la victimización, la ira y la promesa de restaurar jerarquías de género y privilegios que el feminismo vino a cuestionar.
En un contexto donde la lógica algorítmica suele premiar la provocación, la agresividad, los mensajes de odio y los discursos más polarizantes en busca de ragebait, la exposición de hombres que utilizan esos mismos espacios y plataformas para cuestionar la violencia machista, hablarle a sus pares y reflexionar sobre los pactos masculinos adquiere una dimensión política particular, más allá del éxito o no del contenido. Tal vez es el inicio de una oportunidad, un movimiento inicial para tratar de disputar sentidos en uno de los principales escenarios donde hoy se forman las subjetividades. La batalla cultural contemporánea también ocurre en los algoritmos y abandonar esos territorios o subestimar su llegada implica regalarle el monopolio de la conversación a quienes promueven versiones cada vez más radicalizadas del antifeminismo y la misoginia.
Dicho esto, reconocer la importancia de esta disputa no debe corrernos del foco principal que es la materialidad concreta, la vida cotidiana, los vínculos reales, los espacios físicos por fuera de las pantallas. Por eso necesitamos hacer una pregunta un poco más incómoda: ¿Qué pasa cuando termina la grabación? ¿Qué sucede cuando se apaga la cámara y los hombres vuelven a los espacios donde efectivamente se construye la masculinidad? ¿Es posible hablar de esta manera y demarcar el machismo frente al rostro de un par varón? ¿O acaso la pantalla también protege a los hombres de la reacción real y genuina que pueda ocurrir en el plano físico? ¿Llevarán ese discurso a los territorios reales con el costo que eso implica?
Entre los numerosos videos que circularon en los últimos días hubo dos intervenciones particularmente interesantes: por un lado, la del médico clínico Nicolás Di Biase, quien planteó que los hombres pueden producir todo el contenido que quieran sobre violencia de género, pero que si esas conversaciones no llegan a los espacios íntimos donde los varones se relacionan entre sí, poco cambiará: "la conversación importante no es la que tenemos en redes sociales. La verdadera conversación vos sabes que es la que tenemos cuando no están las mujeres: en el asado, en el grupo de whats app, en el vestuario, en el gimnasio, en una sobre mesa. Ahí mismo es donde se construye la mirada que tenemos sobre las mujeres".
En segundo lugar se viralizó la declaración de un obrero de la construcción que señaló algo similar desde su propia experiencia laboral: "la estamos re cagando. Yo trabajo en la obra y sabemos como se habla muchas veces. Conozco los chistes, los comentarios, las cosas que se dicen sobre las mujeres porque yo tambien lo hago, pero la tenemos que cortar, tenemos que dejar de ser unos desubicados y dejar de quedarnos callados para no quedar mal, para no incomodar cuando otro dice cosas que están fuera de lugar".
Ambos señalamientos apuntan hacia el mismo problema: la violencia machista no se reproduce principalmente en los lugares donde existe observación pública o un posible juicio de valor. El machismo se reproduce, sobre todo, en aquellos espacios donde los hombres interactúan entre pares, lejos de la mirada de las mujeres y de cualquier forma de sanción social inmediata. El contacto cotidiano y constante con los pequeños gestos, conductas, chistes, dichos y actitudes de violencia sutil, llamados “micromachismos”, hace que pasen desapercibidos.
Los estudios sobre masculinidades evidencian, desde hace décadas, que los hombres se socializan principalmente en la pertenencia a grupos. Lucho Fabbri, licenciado en Ciencias Políticas y capacitador sobre masculinidades, políticas de género y sexualidades, remarca el concepto de homosociabilidad para describir esa forma particular de construcción identitaria que ocurre entre pares masculinos y que se encuentra atravesada por la búsqueda de reconocimiento, aceptación, valor social y prestigio. La masculinidad no funciona únicamente como una identidad individual sino como un sistema de validaciones mutuas que organiza jerarquías, distribuye reconocimiento, otorga poder y establece las condiciones de pertenencia a un colectivo. En ese marco, ser reconocido por otros hombres suele ocupar un lugar central en la construcción de la identidad masculina.
Con esta misma perspectiva, la antropóloga y escritora feminista Rita Segato analiza que muchas expresiones de violencia contra las mujeres no pueden comprenderse únicamente como actos dirigidos a ellas, sino como mensajes hacia otros hombres. Son demostraciones de pertenencia, pruebas de poder y formas de acreditación dentro de una comunidad masculina que exige constantemente confirmar la propia masculinidad y sostenerla en el tiempo. La masculinidad no es algo con lo que se nace, o un estado que se alcanza de una vez y para siempre, sino una condición que debe ser permanentemente validada por los pares. Por eso, no se trata solamente desarmar qué piensan los hombres sobre las mujeres o cómo se relacionan con ellas, sino entender qué necesitan demostrar frente a otros hombres.
El machismo se fundamenta en dos movimientos o relaciones sociales vertebrales: una relación vertical de superioridad-inferioridad, subordinación y dominio hacia las mujeres, atravesada por desigualdades de poder; y una relación horizontal entre hombres, cuya dinámica se basa en la camaradería, la cofradía, el respeto, la lealtad, la validación y el pacto de pares. Es precisamente allí donde se vuelve comprensible la persistencia de muchas conductas y el miedo a juzgarlas y quedar afuera. A pesar de que muchos hombres no compartan comportamientos, critiquen creencias machistas, no ejerzan violencia, y entiendan la gravedad del problema, algo les impide el acto de cuestionar determinadas prácticas porque el gesto significa desafiar las reglas del grupo. El comentario degradante, la broma sexista, el piropo, la difusión de imágenes íntimas, la descalificación de una denuncia o la minimización de una situación de violencia muchas veces funcionan como rituales de cohesión, guiños de pertenencia. Participar, reírse, festejar o callar, solo para seguir perteneciendo, son gestos cómodos que habilitan la reproducción de estos códigos y violencias.
La dificultad para romper estos pactos o códigos de masculinidad, en paralelo a la incomodidad que genera, se asienta en el miedo al castigo de quienes desafían los mandatos. Si la pertenencia al grupo de pares es una fuente central de reconocimiento, todo cuestionamiento implica un riesgo. Los hombres que señalan los comportamientos machistas de otros suelen ser objeto de burlas, degradación, sospechas o mecanismos de expulsión simbólica. Se los acusa de exagerados, de querer gustar a las mujeres (aliade), de haberse vuelto demasiado sensibles, de sobreactuar la corrección política o de haber abandonado los códigos del grupo. Con frecuencia aparecen insultos que buscan feminizarlos: “pollerudo”, “domado”, “trolo”, “puto”. Ese tipo de agresiones funcionan como mecanismos disciplinadores que recuerdan que, dentro de la lógica patriarcal, todo aquello asociado a lo femenino ocupa una posición subordinada y por ende se convierte en objeto de violencia. La amenaza implícita es clara: quien rompa el pacto corre el riesgo de perder reconocimiento, prestigio y pertenencia.
Esa complicidad masculina tampoco puede pensarse únicamente como encubrimiento voluntario o consciente, ya que las violencias se sostienen también sobre mecanismos de naturalización que vuelven tolerable aquello que debería resultar inadmisible. Hay una trama de silencios, relativizaciones, excusas y justificaciones que construyen sentido, circulan en espacios legítimos como medios de comunicación o el propio Estado, y permiten que determinadas prácticas circulen sin ser cuestionadas. El problema, además de los agresores, son también las condiciones sociales y políticas que hacen posible su existencia. Como explica el Dr. Enrique Stola, médico psiquiatra, todo mensaje y discurso necesita un receptor capaz de comprenderlo. La violencia encuentra terreno fértil cuando existe una comunidad dispuesta a minimizarla, explicarla o mirar hacia otro lado.
Pasada la euforia del 3J y el entusiasmo luego de observar por primera vez un movimiento propio, no forzado, en el papel de los varones en la lucha contra los femicidios, el debate no puede agotarse en la producción de discursos públicos o contenido para redes. El paso posterior es trasladar esas charlas, preguntas, cuestionamientos, y ese ejercicio de interpelación, a los territorios íntimos donde la masculinidad se construye cotidianamente y donde el costo de hablar puede ser real: el chat grupal, el vestuario, la mesa en un bar, el asado, la obra, el viaje de trabajo, el gimnasio o el tercer tiempo después de un picado. Esos son los espacios y relaciones donde los hombres enfrentan el desafío más difícil e incómodo: intervenir, demarcar, señalar, corregir cuando quien reproduce una práctica machista es un amigo, un hermano, un compañero, un jefe o alguien cuya aprobación importa.
