Izquierda o derecha: la ciencia respondió cómo qué ideología tiene mejores relaciones amorosas

La forma en que vivimos el amor y el sexo está profundamente atravesada por nuestras ideas políticas, que moldean desde el deseo y la fidelidad hasta debates públicos.

28 de abril, 2026 | 09.42

El amor y el sexo están atravesados por la cultura, la religión, la moral, la historia familiar y, también, por la política. La forma en que cada persona entiende el deseo, la fidelidad, el matrimonio, el aborto, la diversidad sexual o incluso qué prácticas considera “normales” responden a un sistema de creencias. Y es ahí donde las ideas políticas juegan un papel central.

“El sexo está en todos lados y, por supuesto, la política no queda al margen”, explica el psiquiatra y sexólogo Walter Ghedin. Para el especialista, si bien “todo sexo es político” porque involucra dimensiones sociales, culturales y filosóficas, también sucede el camino inverso, las ideologías políticas se expresan en la vida sexual cotidiana.

Según el Dr. Walter Ghedin “todo sexo es político” porque involucra dimensiones sociales, culturales y filosóficas.

Cómo afecta la orientación política al sexo

La relación no es nueva. Ya en 1976, el psicólogo británico Hans Eysenck analizó en su libro Sex and Personality cómo las orientaciones políticas influían en la conducta sexual. Su conclusión fue clara, en los hombres, el conservadurismo social estaba asociado con menor permisividad sexual, menos aceptación del sexo prematrimonial, la pornografía, el aborto o las relaciones ocasionales, pero también con mayor satisfacción sexual dentro de esquemas tradicionales.

En las mujeres, encontró un patrón similar: había menor permisividad, más culpa y ansiedad en torno al sexo, y una mayor adhesión a modelos de sumisión o repetición de estructuras tradicionales. Décadas después, una investigación de 2017 del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Pensilvania y otras universidades reforzó esa hipótesis de que las conductas sexuales más tradicionales, como el sexo dentro de relaciones estables, menos parejas sexuales y un inicio sexual más tardío, se relacionaban con posiciones conservadoras.

En cambio, prácticas más abiertas, modelos de familia no convencionales, acuerdos explícitos y una mirada más flexible sobre la sexualidad aparecían más vinculados a orientaciones progresistas. Uno de los hallazgos más llamativos de estos estudios es que las personas con valores más conservadores suelen reportar mayor satisfacción sexual. Para Ghedin, esto puede explicarse por la estabilidad del modelo.

“Las prácticas sexuales de las personas con ideologías conservadoras defienden la idea de familia, lo que podría reforzar la satisfacción sexual, siempre y cuando no se introduzcan cambios que modifiquen el modelo de relación”, señala.
La fidelidad, en este caso, no se sostiene únicamente por afecto sino también por una estructura moral. El matrimonio, la convivencia y los roles definidos funcionan como organizadores simbólicos que reducen la incertidumbre. Sin embargo, eso no implica ausencia de contradicciones.

“El hombre conservador puede vivir una disociación: por un lado, el hombre obediente, cumplidor y amoroso; por otro, aquel que busca en la amante lo que no encuentra en su casa”, explica el especialista. Es decir: el deseo no desaparece, pero muchas veces se administra por fuera del discurso público.

Del otro lado, quienes se identifican con posiciones de centroizquierda o progresistas suelen mostrar una actitud más abierta hacia la sexualidad, mayor aceptación de la diversidad, defensa de los derechos LGBTIQ+, apoyo a la educación sexual integral y al derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. También aparecen con mayor frecuencia experiencias sexuales diversas, acuerdos no tradicionales y una mirada menos normativa sobre las relaciones. Pero esa apertura no garantiza mayor satisfacción.

“Las personalidades más cerca del centro/izquierda se aventuran a tener más relaciones, pero no siempre pueden decir que disfrutan del sexo”, plantea Ghedin. La frase resume una paradoja contemporánea: más libertad no necesariamente significa más placer. “La variación puede traer gusto o disgusto”, agrega. Es decir, explorar más también implica mayor exposición a la frustración, la ansiedad o el desencanto.

Argentina: menos sexo y más debate

En Argentina, la sexualidad también atraviesa una fuerte disputa cultural y política. La Educación Sexual Integral (ESI), el acceso al aborto legal, los derechos de las diversidades y la discusión sobre los modelos familiares forman parte de una agenda donde el sexo dejó de ser un tema privado para convertirse en una conversación pública.

Según un relevamiento del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la UBA, apenas 1 de cada 3 argentinos se declara satisfecho con su vida sexual, solo el 15,8% dijo sentirse “muy satisfecho” y el 17,4% “algo satisfecho”, mientras que más de una de cada cuatro personas se reconoció insatisfecha. 

En Argentina, la sexualidad también atraviesa una fuerte disputa cultural y política.

Al mismo tiempo, un informe de UADE sobre jóvenes universitarios mostró que el vínculo con el sexo también cambió, el 37% aseguró que no establecería un acercamiento sin mediación tecnológica y el 51% mencionó la ansiedad como emoción predominante al conocer a alguien. Además, el 19% afirmó no mantener relaciones sexuales actualmente. 

Uno de los puntos donde más claramente se cruzan política y sexualidad es la ESI. Mientras los sectores progresistas la defienden como una herramienta de prevención, autonomía y derechos, los sectores conservadores suelen verla como una disputa moral o cultural.

En CABA, más del 85% de los estudiantes secundarios considera que la Educación Sexual Integral es necesaria para comprender vínculos, prevenir violencias y acceder a información confiable. Además, entre 2012 y 2021 los embarazos adolescentes en Argentina disminuyeron un 58%, y en 2022 el 8,7% de los nacimientos correspondieron a adolescentes de entre 10 y 19 años, una cifra considerablemente menor que una década atrás. 

Entre 2020 y 2023, los establecimientos que garantizan la interrupción voluntaria y legal del embarazo pasaron de 907 a 1.982, mientras que el embarazo no deseado en la adolescencia se redujo casi un 50% en cinco años.  Los datos muestran que la sexualidad no se define solo en la intimidad, sino también en las políticas públicas.