"Cuánto tiempo es un tiempito": el documental que revela cómo es crecer dentro del sistema de adopción en Argentina

El nuevo documental de Darío Doria pone el foco en las demoras judiciales, los prejuicios alrededor de la adopción y las marcas que deja no tener una familia. Una película atravesada por la ausencia y el paso del tiempo, pero también por la ternura, el cuidado y la posibilidad de reparación.

28 de mayo, 2026 | 06.00

“¿Cuánto tiempo es un tiempito?”, le preguntó al juez de familia una nena de 7 años que estaba en adopción. Y lo dejó recalculando. La escena aparece reconstruida en La espera, el nuevo documental de Darío Doria, y sintetiza una de las principales problemáticas que viven las más de 10.000 niñas, niños y adolescentes que crecen sin cuidados parentales en Argentina, para quienes esperar no es una abstracción burocrática. Son años. Son cumpleaños. Son infancias enteras atravesadas por expedientes, informes y decisiones judiciales que muchas veces no llegan.

Cuando un chico que sufrió violencias es separado de su núcleo familiar empieza un largo recorrido dentro del sistema de protección. Algunos niños están en situación de adoptabilidad; otros experimentan procesos de revinculación con sus familias de origen o esperan resoluciones judiciales. Muchos pasan gran parte de su infancia institucionalizados, mientras sufren en carne propia los mitos y simplificaciones que atentan contra sus posibilidades de encontrar una familia: que “nadie quiere adoptar chicos grandes”, que “los grupos de hermanos son imposibles” o que “todos los chicos institucionalizados están en adopción”.

El tiempo en las infancias no funciona igual que en el mundo adulto. “Estos chicos esperan años y se les va la niñez, se les va la adolescencia aguardando a que pase algo”, asegura Doria. Y aunque el director explica que no buscó construir una película de denuncia, el documental deja ver la impotencia ante un sistema marcado por la mirada adultocéntrica y decisiones que muchas veces llegan tarde. Detrás de los expedientes y las carpetas cargadas de términos legales, aparecen chicos y chicas con pasados, deseos y preguntas urgentes.

En la pantalla se alternan relatos en primera y tercera persona, que van visibilizando diferentes aspectos de una problemática múltiple y compleja. Una de estas historias es la de cinco hermanos que pasaron cuatro años en un hogar esperando ser adoptados. “Mis hijos pedían para su cumpleaños una familia, no un autito a control remoto”, describe hoy con crudeza su mamá adoptiva. Cuenta que el hijo mayor llegó a pedirle a la jueza que lo separaran de sus hermanos para que ellos tuvieran más posibilidades de hallar una familia. Finalmente, una convocatoria pública hizo posible cumplir con ese sueño de ser adoptados todos juntos.

También aparecen relatos de desvinculaciones traumáticas, egresos del sistema a los 18 años sin ninguna red de contención y niños que crecieron sin siquiera poder imaginar qué hace una mamá o cómo funciona una vida familiar.

Doria reconoce que el propio proceso de investigación fue también un aprendizaje para el equipo. “No partimos de un conocimiento que queríamos transmitir. Fue al contrario, un interés en un tema que fuimos descubriendo mientras nos metíamos cada vez más”, precisa. El director cuenta, además, que el germen de la película nació muchos años atrás, leyendo una nota titulada “Una vez casi me adoptan”, donde un joven contaba cómo, de chico, había sido llevado junto a otros compañeros a una casa donde finalmente eligieron quedarse solo con uno de ellos. “Esa historia me partió el alma”, recuerda.

Buscar a través de la mirada 

Una particularidad del documental es que no muestra ni entrevista a niñas ni niños. “No queríamos revictimizarlos ni ponerles una cámara encima”, explica Doria sobre la decisión. Y agrega: “Son niños que hay que proteger muchísimo. Filmarlos no es la mejor manera de cuidarlos”. Por eso, quienes hablan son adultos atravesados por esas historias: jueces, familias adoptantes, trabajadores del sistema de protección que conocen bien a los niños y tienen una mirada amorosa. Pero incluso ellos aparecen desplazados visualmente, porque, señala Doria, “los protagonistas de la película son los niños que esperan; si mostrábamos a los adultos, esos adultos tapaban a los niños”.

En lugar de personas, hay objetos, pasillos, edificios, espacios vacíos. Esa apuesta visual, que podía parecer riesgosa para sostenerla durante más de una hora, termina convirtiéndose en uno de los aspectos más potentes de la película, porque construye un relato donde el tiempo se vuelve una experiencia física, encarnado en juguetes, camas, dibujos, escuelas y hogares, que hablan tanto como las voces en off. “El espectador, al ver espacios vacíos y tener que unir lo que escucha con lo que ve, le pone mucho de él”, señala Doria. 

La espera, que se presentó en la 27° edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI) y esta semana llega al cine Gaumont, evita quedarse únicamente en el dolor. Hay impotencia frente a un sistema desbordado, sí, pero también reparación, cuidado y afecto. “No queríamos hacer un documental de denuncia. Queríamos encontrar una mirada amorosa hacia estas niñas y niños”, comparte Doria. De hecho, el equipo decidió dejar afuera algunos testimonios para no convertir la película en “un bajón absoluto” y, en cambio, sostener cierta luminosidad.

Esa búsqueda recorre toda la película, que no se queda solo en las fallas del sistema de adopción o protección, sino que avanza hacia algo más profundo: cómo se construye una infancia cuando el tiempo adulto siempre llega tarde. Chicos y chicas que crecieron sin poder imaginar qué hace una mamá, qué significa elegir la comida del día siguiente o cómo funciona una vida familiar. Infancias cruzadas por la ausencia, por expedientes y decisiones judiciales, pero también por personas que intentan reparar.

“Queríamos transmitir que esto es difícil, muy complejo, pero que puede haber una luz al final”, resume Doria, que trabajó junto a Florencia Gattari, guionista y entrevistadora del film, y Virginia Croatto, en la producción. Y quizás ahí esté la mayor fuerza de su trabajo: en correrse de la espectacularización del trauma para mostrar algo mucho más cotidiano y, sin embargo, menos visible. La historia de miles de chicos y chicas que siguen esperando que alguien, finalmente, los mire.