La crisis de las escuelas en Argentina: así entra la violencia social a las aulas que erosiona la autoridad docente

El video viral de una directora pateando el banco de un alumno abrió un debate sobre violencia escolar, pero especialistas advierten que el problema excede a una escena aislada: agotamiento docente, crisis de autoridad, exposición permanente y deterioro social atraviesan hoy a las aulas.

23 de mayo, 2026 | 19.00

En los últimos días se viralizó en redes un video donde se ve a la directora de una secundaria pateando el banco de un alumno durante una situación de conflicto dentro de un aula. La escena dura solo segundos, pero concentra muchas de las tensiones que atraviesan hoy a la escuela argentina y, al mismo tiempo, brinda la posibilidad de analizar los matices de un problema que trasciende la dimensión exclusivamente educativa.

El video, además, fue grabado clandestinamente, y sin consentimiento, por un alumno y se movió en cuestión de horas. La consecuencia de ello fue una escalada de reacciones y emociones violentas en medio de una ola de rage bait: indignación, enojo, búsqueda de culpables inmediatos, división de posiciones entre quienes “bancan” a la directora y quienes la condenan, conversión de un conflicto complejo en una disputa binaria y cerrada, criminalización y estigmatización de los jóvenes de clases populares, exigencias y sobre exigencias a la escuela y el rol docente.

En este sentido, y antes de analizar la película detrás de la escena, hay que hacer una advertencia, tal como sugiere el Especialista en Gestión y Conducción de Sistema Educativo, Gabriel Brener: “No me parece opinar de una situación cuando estoy fuera de ese contexto. Y menos aún cuando es un video claramente sin consentimiento. Eso ya es parte del problema”. La observación que hace el docente incorpora la difusión del video a la trama conflictiva, entendiendo que en tiempos donde todo puede ser registrado, viralizado y consumido como show, la escuela también quedó atrapada dentro de la lógica del escrache permanente y de la reacción instantánea. La propuesta entonces es no caer en la trama de la fragmentación, e incorporar lo ocurrido al análisis de procesos y tramas institucionales.

Brener señala que convertir esa escena en un todo y darle lugar al tribunal moral digital sólo profundiza el deterioro del vínculo pedagógico: “es sumarse al linchamiento y espectáculo mediático o de redes, que es puro daño, porque finalmente esa directora, esa docente, ese chico y otros chicos van a tener que seguir construyendo una relación después de esto”. Y agrega una idea central para entender lo que sucede en esos ámbitos: “la escuela está sobredemandada y subdotada. No podemos pedirle que resuelva todos los problemas estando mucho menos dotada que hace un tiempo”. Lo que se debe observar no es el caso particular o solamente un desborde individual, sino el agotamiento de una institución obligada a ampliar su tarea pedagógica para contener conflictos sociales cada vez más profundos con menos recursos materiales, simbólicos y humanos.

La escuela como caja de resonancia de una sociedad violentada

“La escuela no está por fuera de la sociedad - afirma sin lugar a la duda la pedagoga y formadora docente, Sandra Aguilar - lo que ocurra a nivel social, económico y político tiene una profunda repercusión en las instituciones educativas. La escuela se encuentra situada históricamente en la Argentina de 2026, con este presidente, con estas políticas económicas y con este nivel de violencia simbólica”. Esta mirada desmonta un preconcepto de un imaginario social, todavía muy presente, que suele pensar a la violencia escolar como un fenómeno aislado, autónomo, producido exclusivamente por “malos alumnos”, “malos docentes” o “familias ausentes”. Cuando lo que aparece y sucede dentro de las aulas no nace allí, llega desde afuera, amplificado por un contexto social de crisis económica, deterioro de las condiciones de vida, descomposición social, precarización, agotamiento psíquico, y la legitimación pública y oficial de la agresión y el odio como formas de vínculo posibles.

Al respecto Laura Rosso, licenciada en Ciencias de la Educación, retoma la frase “lo que pica en la sociedad se rasca en la escuela” de la psicoanalista Perla Zelmanovich para sintetizar esa idea: “querer que el afuera no impacte en cómo se comunican, se relacionan, aprenden y crecen las infancias es una pretensión ridícula. Al aula llegan las mismas discusiones éticas, las mismas tensiones y las mismas carencias que se manifiestan en la mesa de desayuno de cualquier familia”. La violencia, explica, entra a través del hambre, de la incertidumbre, la falta de perspectiva, el endeudamiento, el pluriempleo de los adultos, la soledad y el aislamiento de chicos que pasan gran parte del día frente a dispositivos electrónicos mientras sus padres trabajan jornadas interminables para sobrevivir.

Aguilar retoma este análisis y habla de “ecosistemas violentos”, concepto que amplía la noción acotada a agresiones físicas o insultos explícitos, y se expande para incorporar una hostilidad generalizada que se vuelve cotidiana, atraviesa a docentes, familias y estudiantes, y termina moldeando subjetividades. “Las condiciones de precarización laboral, el empeoramiento de las condiciones materiales de existencia, la dificultad para sostener la vida cotidiana, el agotamiento, el pluriempleo, la imposibilidad de descansar, generan un malestar muy profundo - sostiene la especialista en educación, género, sexualidades y Educación Sexual Integral - las escuelas son espacios donde convivimos durante muchas horas entre grupos humanos. Todo eso ingresa a las aulas”.

En esas escenas que se viralizan y consumen como contenido digital en realidad se condensan quiebres subjetivos, comunitarios, institucionales y políticos de una sociedad tensionada al límite que pareciera no tener espacio, ni tiempo, ni recursos para elaborar una respuesta o camino alternativo posible. De este modo según Brener “la escuela hoy es una caja de resonancia de la sociedad. Antes tenía muros más sólidos, era vista como un territorio separado del mundo. Hoy esos muros son porosos. En la escuela entran los conflictos del barrio, las tensiones sociales, las violencias familiares, las crisis económicas. Y eso vuelve mucho más compleja la tarea educativa”.

Crisis de autoridad, deslegitimación docente y erosión del pacto democrático

Uno de los debates que despertó la circulación del clip fue en relación a la autoridad. ¿Por qué hoy parece tan difícil poner límites dentro del aula? ¿Qué cambió en la relación entre estudiantes y adultos? ¿Por qué tantas escenas escolares y juveniles terminan en batallas o enfrentamientos abiertos?, Finalmente ¿Cómo se construye la autoridad en medio del capitalismo de plataformas? Para Brener, que además es docente y formador hace más de 30 años, el error es pensar la autoridad como algo que simplemente "se tiene”o “se perdió”. “La autoridad no es una cosa que uno tiene guardada y se le cae. La autoridad es una relación. Tiene que ver con la autorización, con el reconocimiento que otros hacen de alguien - explica, y agrega una definición clave - si sos docente, te autorizan tus estudiantes. Si sos directora, te autoriza la comunidad educativa. La autoridad no funciona más por imposición como era antes”.

En el contexto actual se observa que esa legitimidad se erosiona por múltiples factores socioculturales y políticos. Es imposible no pensar en el golpe a la imagen que significa que el propio Estado, el presidente y buena parte del discurso público tiendan a desacreditar sistemáticamente la figura del docente y el trabajador de la educación. “Queremos que el docente reponga su autoridad, pero le pagamos el peor sueldo de los últimos veinte años. Queremos fortalecer la escuela mientras desfinanciamos todo el sistema educativo - advierte - no hay manera más evidente de descalificar el lugar docente que atacar permanentemente a la educación pública”.

Por su parte Sandra Aguilar profundiza en este punto al vincular la crisis educativa e institucional con el deterioro general del pacto democrático: “Si un presidente desobedece leyes aprobadas por el Congreso, si gobierna atacando al Estado y promoviendo discursos de odio, entonces también está educando”. La pregunta que plantea es un punto de partida para entender el daño a largo plazo que puede generar la habilitación de este tipo de expresiones desde los altos cargos jerárquicos solo para justificar decisiones administrativas de ajuste y represión: “¿Por qué un estudiante respetaría la autoridad de sus docentes o directivos si lo primero que educa es el ejemplo?”. La escuela moderna, recuerda, nació como una institución encargada de legitimar cierto orden democrático y estatal. Pero si ese orden entra en crisis, la autoridad escolar también queda profundamente afectada.

Esa fractura también se expresa en las nuevas formas de subjetividad que describen muchos docentes. Aguilar relata casos de estudiantes que “toman decisiones independientemente de la existencia de las leyes o reglamentos”, que no reconocen las normas institucionales como marcos comunes de convivencia sino como reglas negociables o directamente ignorables. Pero lejos de responsabilizar únicamente a los jóvenes, vuelve a conectar el fenómeno con el contexto político general en el que “el propio poder político desconoce límites institucionales. Eso también produce subjetividad”.

Laura Rosso también reconoce esa dificultad de los docentes en su práctica diaria para poner límites, y coincide en que la crisis de legitimidad de la escuela no puede separarse del clima político y cultural de la época. “Una democracia sin educación es inconcebible, e ir en contra del prestigio de la educación pública no tiene grises: es ir en contra de la democracia misma”, sostiene. Y agrega una idea central: “La autoridad no es autoritarismo; es un reconocimiento fundado en el saber y en el respeto que la sociedad le otorga a un profesional. Cuando ese pacto se rompe, el sistema de convivencia se fractura”. Desde la urgencia por recuperar la autoridad pedagógica, no para someter, sino para poder cuidar y enseñar, reivindica la necesidad de preguntarse “qué límites estamos dispuestos a aceptar, cuáles a perdonar en pos del aprendizaje, y cuáles bajo ninguna circunstancia se pueden transgredir en una comunidad educativa”.

Docentes agotados y una escuela obligada a “apagar incendios”

En casi todos los testimonios y análisis surge una misma sensación sobre el estado de las cosas: agotamiento. No sólo aplicada al plano físico, sino también en lo emocional y psíquico. “Los equipos se la pasan apagando incendios”, resume Aguilar tratando de describir una dinámica cotidiana donde las escuelas ya no logran trabajar desde la prevención, la construcción pedagógica a largo plazo o el acompañamiento sostenido, sino desde la emergencia permanente. “En esa hiper aceleración se pierde el peso de lo vincular, se abandona la reflexión como capacidad de la cual disponemos. Y la reflexión necesita una pausa, un tiempo, para volver sobre lo que pasó, para poder pensarlo por fuera de la escena corta ", identifica.

En la misma línea, Rosso describe esa situación con más crudeza : “el mito del docente superhéroe está agotado”. En la actualidad muchos profesores y profesoras enfrentan aulas superpobladas, estudiantes atravesados por situaciones sociales extremas y una enorme falta de recursos institucionales: “Se les exige que sean educadores, psicólogos, trabajadores sociales, mediadores y garantes alimentarios, teniendo como único recurso su propio cuerpo y su voz”, denuncia. Mientras tanto la proliferación de violencias, ataques coordinados y un nivel de exposición inadecuado, los obliga a trabajar desde el miedo y a la defensiva. “Esa desconfianza sistemática es sumamente violenta, genera un estado de alerta constante y desbasta psíquicamente”.

El desfinanciamiento, la precarización salarial, la falta de recursos, de infraestructura y de formación específica para abordar problemáticas complejas agravan todavía más ese escenario. “La idea de la vocación y la buena voluntad se usó históricamente como una trampa romántica para justificar la precarización laboral - señala Laura Rosso - Hacia adentro destruye la salud y obliga al pluriempleo; hacia afuera transmite un mensaje social devastador: que el trabajo de enseñar no vale nada”.

Aguilar agrega que los gabinetes y equipos de orientación están completamente desbordados y que los ministerios suelen producir y difundir protocolos que, más que brindar información sobre posibles acciones, intentan cubrirse legalmente para evitar problemas en términos judiciales ante la escalada de judicialización. “En muchos casos los equipos itinerantes tienen que atender decenas de escuelas. Ya no pueden prevenir: sólo intervienen cuando la crisis explotó”. Eso produce una sobrecarga brutal sobre los docentes, obligados a enfrentar problemáticas vinculadas a salud mental, violencia, alimentación o vivienda sin herramientas suficientes.

Vigilados: el ingreso del celular en las aulas

Pero además aparece un fenómeno relativamente nuevo vinculado a la vigilancia permanente y la presencia de smartphones dentro del aula, tal como es el caso del video viralizado. La posibilidad de ser filmados convierte la clase en un espacio de sospecha constante. “El registro suele ser un muy mal compañero de la construcción de vínculos saludables - asegura Aguilar - la posibilidad permanente de exposición modifica sustancialmente lo que ocurre en el aula porque genera desconfianza y hace que docentes y estudiantes actúen condicionados por la mirada futura de las redes”.

Rosso coincide y habla directamente de “parálisis pedagógica”. “Si cualquier palabra o gesto puede ser recortado, descontextualizado y expuesto al escrutinio público de miles de desconocidos, el vínculo de confianza se destruye”, sostiene. El aula deja de ser un espacio donde se puede experimentar, equivocarse, ensayar formas de convivencia o construir confianza, para convertirse en un “panóptico digital” donde todos actúan bajo amenaza de exposición.

En ese contexto, el conflicto en el aula, el video de la directora, su viralización, y el debate que generó, reflejan hasta qué punto la escuela se volvió el lugar donde impactan, condensadas, las fracturas de una sociedad agotada y anómica. Una sociedad donde se debilitan las instituciones, se deslegitima la palabra docente, se multiplican las exigencias sobre la escuela mientras se desfinancia y donde la reacción inmediata, parece haber reemplazado definitivamente a la reflexión colectiva. Por eso Brener insiste en escapar de las respuestas binarias. “No se trata de garantismo o punitivismo, ni de defender ciegamente a un lado u otro. Lo que necesitamos es reconstruir una autoridad basada en el respeto, el cuidado y la enseñanza”.

Y puede que ahí, en ese punto, esté paradójicamente el núcleo más profundo del problema y la solución: “hay pibes que se paran de manos porque aprendieron en su entorno inmediato a resolver y hacer justicia de ese modo. A veces la escuela es una oportunidad para que un pibe aprenda a pararse de palabra, y cuando lo logramos es casi revolucionario. La escuela puede lograr que un pibe se suba a la escalera y descubra ciertos mundos a los que, quizás, no podría acceder por cuenta propia, de su familia o su entorno inmediato. Por eso me parece interesante esta discusión que tiene que ver con la escuela como un ámbito de construcción de ciudadanía democrática”. La escuela sigue siendo uno de los pocos lugares donde todavía se intenta enseñar a convivir en una época que parece haber perdido casi por completo la paciencia, la escucha y la idea misma de lo común.