Coronavirus, negacionismo y medios que enferman

06 de abril, 2021 | 05.00

Comenzó la anunciada segunda ola del coronavirus, los casos aumentan y no se vislumbra una respuesta adecuada por una parte de la sociedad que se comporta como si no hubiese una pandemia que se está llevando millones de vidas.

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Las justificaciones o intentos de explicar esa inconducta son conocidas: el cansancio luego de un largo distanciamento, las fiestas clandestinas, la llegada de las vacunas que relajó el cuidado necesario, el lobby de las empresas privadas, etc. Todo esto es cierto pero solamente suma a una etiología específica: las operaciones que realizaron y continúan haciendo los medios de comunicación corporativos desde que comenzó la cuarentena.

Esos medios enferman lo social, constituyen un virus tan grave como el coronavirus. Son varias las estrategias que emplean para manipular la opinión pública. En esta oportunidad queremos referirnos a la instalación del negacionismo social.

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El negacionismo no surge ex nihilo, esto es, de la nada, sino que es construido por los dispositivos que imponen el sentido común, nos referimos en primer lugar al grupo Clarín y sus “periodistas”. El activismo mediático en un primer tiempo agitó el mensaje anticuarentena, luego antivacuna Sputnik y constantemente antigobierno.

El negacionismo social siempre es sacrificial, es capaz de enviar a la gente a repetir gravísimos traumas colectivos; algunos pueden conducir al matadero y nadie se hace responsable del homicidio.

Mecanismo de negación

La negación es un mecanismo de defensa distinto de la represión, que permite al aparato psíquico rechazar lo desagradable o perturbante para conservar cierta homeostasis.

Consiste en un trabajo que implica un gran gasto mental, porque una vez que el aparto recibe una marca o una representación displacentera, no puede huir ni deshacerse de ella. Lo que le cabe es despojarla de su intensidad afectiva a través de defensas, y una de ellas es la negación, hacer de cuenta que no existe. Un derivado de la negación es la renegación, un mecanismo que admite la existencia del virus y al mismo tiempo la niega, por ejemplo: “no hay coronavirus”, “es un invento de los científicos”, “es como una gripe”, “no me va a suceder”, etc.

La negación es un mecanismo estructurante imprescindible en la constitución del sujeto porque es necesario limitar la invasión de la muerte. Sin embargo, una cosa es evitar el avasallamiento de la muerte experimentado como angustia radical capaz de conducir al pasaje al acto, y a veces hasta el suicidio, y otra muy distinta es hacer como si no existiera la muerte, la enfermedad o el sufrimiento.

Negacionismo y neoliberalismo se retroalimentan

El capitalismo - en su actual expresión neoliberalismo - es un dispositivo que se reproduce circularmente y, rechazando la imposibilidad, pretende obturar todos los agujeros del cuerpo. Produce una subjetividad que niega, reniega o rechaza la muerte, la enfermedad o cualquier limitación.

Una negación masiva de la realidad, a través de los mecanismos de identificación social y contagio, conduce a una compulsión delirante y actos sacrificiales. El tánatico dispositivo capitalista rechaza o niega la muerte pero, paradójicamente, la presentifica y reproduce.

Una subjetividad negadora y anestesiada que habita una hipnosis colectiva sin funcionamiento adecuado del principio de realidad es parte de la colonización de la subjetividad que busca el neoliberalismo.

El mecanismo de negación propio del sujeto que, como dijimos, no quiere saber nada de la muerte o la enfermedad, se ve afectado con la pandemia. Las distintas estrategias singulares como viajes, vacaciones, reuniones sociales, encuentros sexuales o amorosos que distraen de la angustia se encuentran obstaculizadas. El mecanismo de negación que, en el contexto de una crisis, no funciona “normalmente” es aprovechado y estimulado por los medios de comunicación corporativos para construir un sentido común negacionista que, mientras ideologiza la epidemia, las vacunas, boicotea la política sanitaria y genera desconfianza en el gobierno.

¿Quién se hace responsable del daño social?

Hannah Arendt, considerando las declaraciones de Adolf Eichmann, al que entrevistó en Jerusalén, produjo una categoría fundamental para referirse a la acción de los responsables de las muertes de 6.000.000 de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. La filósofa alemana habló de la “banalidad del mal” para describir la condición de los agentes de actos homicidas que eluden la propia responsabilidad al ubicarse como meras piezas de un engranaje.

La categoría “banalidad del mal”, que elude la propia responsabilidad singular y social, es aplicable a la actual gestión de almas que administran los medios de comunicación corporativos. Estos medios y sus empleados “periodistas”, atacando al gobierno y estimulando la desconfianza en las medidas sanitarias envían al contagio o a la muerte a tantísimas personas sin hacerse cargo de las consecuencias de lo que generan. Se trata de un acto homicida desprovisto de responsabilidad.

En contraposición una gramática popular colectiva y amorosa compuesta por tres tiempos: cuidar-cuidarse-hacerse cuidar, ofrece resistencia a la muerte.

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