La influencer Caro Trippar publicó la semana pasada en sus redes sociales un video donde contó que tiene cáncer de mama con metástasis y que está realizando un tratamiento, acompañada por sus familiares y amigos. Luego de conocerse la noticia, y a causa de su viralización, el caso se instaló en la conversación social por el impacto del testimonio y por la resonancia que generó un diagnóstico y una experiencia que, al parecer, es más habitual de lo que parece. “Me apena la cantidad de mujeres que tienen cáncer. No puedo creer la cantidad de mensajes que me llegaron contándome su diagnóstico, su tratamiento, de cómo lo llevaron, que hace ocho o quince años las diagnosticaron y pasaron, hicieron quimio, hicieron todo, y que tenga esperanza y que le ponga garra”, expresó luego la creadora de contenido quien buscó transformar su experiencia y el momento difícil que atraviesa en una oportunidad para hablar del tema y advertir sobre la necesidad de un chequeo a tiempo.
El eco de su relato merece una reflexión más profunda en tanto puso en evidencia una trama de violencia socio cultural, institucional y médica que perjudica particularmente a las mujeres y personas gestantes: la violencia obstétrica. Trippar explicó que su diagnóstico fue tardío, en parte, como consecuencia de que creyó que el dolor que sentía al dar la teta a su bebe y el bulto que había identificado en una de sus mamas eran por la lactancia y sus complicaciones más frecuentes. "Pensé que era mastitis - dijo la creadora de contenidos de 35 años y agregó - quiero que vos, que estás del otro lado, te revises las mamas todos los meses. Si sentís un bultito, por más mínimo que sea, andá a hacerte ver. Aunque estés amamantando".
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El caso y el volumen de situaciones similares que salieron a la luz en estas últimas horas resultan especialmente relevantes para analizar como cierto tipo de vivencias, tratos o padecimientos se han normalizado como partes constitutivas de la experiencia del embarazo y la maternidad. La dificultad para problematizar este tipo de situaciones reside muchas veces en la falta de información que nos hace pensar que la violencia obstétrica es un problema que comienza y termina en la sala de partos. Si bien durante los últimos años, el debate público y las transformaciones sociales lograron visibilizar prácticas que durante décadas permanecieron naturalizadas como cesáreas innecesarias, intervenciones sin consentimiento, maltrato verbal, infantilización de las pacientes o vulneración de derechos básicos durante el nacimiento, la violencia obstétrica sigue siendo un tema de nicho y no una preocupación que debiera ser atendida por el sistema de salud entero como prioritaria.
Según define la propia Ley 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres la violencia obstétrica es “aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, expresada en un trato deshumanizado, un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, de conformidad con la Ley 25.929”. La definición es deliberadamente amplia y abarca todo el recorrido de la salud sexual y reproductiva de las personas gestantes, desde el embarazo hasta el puerperio, la lactancia y las distintas consultas vinculadas a esa etapa de la vida.
Para visibilizar la trama de un fenómeno que es claramente estructural debemos dejar de pensarlo únicamente como una suma de casos aislados, malos tratos, errores de los pacientes o experiencias fallidas. La evidencia indica que la violencia obstétrica se materializa en una forma de ejercer poder sobre los cuerpos reproductivos, donde muchas veces su autonomía o poder de decisión queda subordinada al saber médico y donde determinados padecimientos, dolores o malestares se naturalizan por el solo hecho de formar parte de la experiencia de maternar. La violencia no siempre adopta formas explícitas, sino que puede aparecer cuando una paciente siente que su voz no es escuchada, que su relato pierde valor frente a la interpretación profesional, que no tiene la posibilidad de decidir sobre su cuerpo o la de su bebé, o cuando el dolor deja de ser un síntoma que merece ser investigado para convertirse, casi automáticamente, en una consecuencia esperable del embarazo, el parto o la lactancia.
La filósofa Iris Marion Young, una de las teóricas feministas más importantes de la última década del siglo XX y de principios del siglo XXI, ha trabajado en profundidad sobre el embarazo y sostiene que, durante la gestación, el cuerpo de la mujer deja de ser percibido exclusivamente como el cuerpo de un sujeto para transformarse en un cuerpo cuya principal función es albergar otra vida. Esa transformación modifica la manera en que la sociedad se relaciona con él: médicos, familiares, instituciones e incluso desconocidos sienten que pueden opinar, intervenir, juzgar o decidir. Ese cuerpo deja de ser considerado plenamente privado, y la panza y los imaginarios alrededor de ella de repente lo convierten en parte del espacio público.
Lo interesante es que esa lógica no desaparece cuando nace el bebé sino que cambia de forma. Si durante el embarazo el cuerpo femenino es valorado principalmente por su capacidad de gestar, durante el puerperio o postparto pasa a ser valorado por su capacidad de alimentar, sostener y cuidar. La mujer deja de ser observada, muchas veces, como paciente o persona en situación de vulnerabilidad para convertirse, sobre todo, en la madre del paciente.
Ese desplazamiento tiene consecuencias concretas en la atención sanitaria, la vida familiar, los relatos sociales, los vínculos, el trabajo, etc. ya que todo se concentra sobre el recién nacido, y la salud física mental, y emocional de la madre corre el riesgo de quedar en un plano secundario o invisible. Su cansancio, dolor, el malestar, las angustias, miedos, impedimentos, parecen elementos lógicos e inevitables, como si existiera un precio a pagar, por la maternidad. La cultura del sacrificio materno, históricamente construida como forma de disciplinamiento patriarcal, encuentra allí un terreno fértil para reproducirse.
Junto con el parto vaginal, el mandato de la lactancia, en ese marco, suele ser uno de los más comunes vinculados a la idea de la "buena madre" y para ello viene acompañado de mensajes que exaltan sus beneficios, respaldados por una enorme cantidad de evidencia científica, pero que terminan transformando la decisión en una exigencia, una carga o una tarea obligatoria a cumplir a pesar del dolor, las dificultades, las complicaciones o la necesidad de cuidar también a quien amamanta. La Dra. L. Taul, médica tocoginecóloga y divulgadora en la cuenta Soberanía Menstrual, advierte que la atención del puerperio forma parte de los derechos contemplados por la Ley N.° 25.929 de Parto Humanizado y sostiene que muchas de las prácticas que identificamos como violencia obstétrica continúan una vez que el bebé nació. “Durante el puerperio también hay violencia hacia las mujeres y las familias. Muchas veces se desvalorizan los síntomas que la paciente relata, se minimiza el dolor o se lo considera una consecuencia normal del posparto. Y eso puede derivar en situaciones de riesgo como infecciones, hemorragias o mastitis”, explica.
Por eso resulta insuficiente pensar la violencia obstétrica únicamente como una práctica asociada al parto. Si la lógica que la produce consiste en colocar el cuerpo de la mujer al servicio de otro, esa lógica continúa operando después del nacimiento. En ambos casos, la mujer o persona gestante corre el riesgo de desaparecer como sujeto sintiente para transformarse en un medio a través del cual se protege otra vida. Esa es, quizás, una de las formas más invisibles pero potentes de la violencia obstétrica: no solo intervenir sobre el cuerpo de las mujeres, sino enseñarles que parte de su sufrimiento debe ser aceptado como el costo natural de maternar.
La violencia también tiene género y clase
El caso de Trippar es doblemente interesante porque permite desmontar otro prejuicio muy extendido: creer que la violencia obstétrica es un problema exclusivo de hospitales públicos, de personas con escasos recursos o de sectores sociales vulnerables. Según su relato, su parto tuvo lugar en una de las clínicas privadas más prestigiosas del país, con acceso a especialistas, estudios de alta complejidad y cobertura médica pre paga. Además se suma el hecho de que es una persona con una enorme visibilidad pública, capaz de narrar su experiencia ante millones de personas e instalarla en una discusión social. Ese dato no elimina la dimensión de clase, por el contrario, la complejiza. Porque si una mujer con recursos económicos, acceso a información y posibilidades de buscar una segunda opinión puede atravesar una situación en la que sus síntomas sean minimizados, qué le queda a quienes no cuentan con ninguna de esas herramientas.
Por supuesto que las desigualdades sociales siguen siendo determinantes en el acceso a una atención de calidad, mucho más en medio de un proyecto gubernamental que ha desfinanciado el sistema de salud público y su capilaridad territorial . Una persona gestante que depende exclusivamente de un sistema de salud colapsado y quebrado, que vive lejos de centros especializados, que no pudo acceder a controles pre natales, que tiene doble o triple jornada laboral, que no puede pagar otra consulta o elegir profesionales, o que carece de información para cuestionar una respuesta médica, tiene muchas más dificultades para ejercer sus derechos. Sin embargo, aunque las profundiza, la violencia obstétrica no nace de esas desigualdades.
Las cifras de un estudio del Observatorio de Violencia Obstétrica Argentina reflejan lo antes dicho: seis de cada diez mujeres afirman haber tenido una mala experiencia durante la atención ginecológica u obstétrica; el 46% sufrió maltrato psicológico, el 45% recibió maltrato verbal, el 31% fue sometida a intervenciones sin consentimiento, el 28% denunció maltrato físico y el 22% aseguró que no pudo estar acompañada durante el parto, pese a que ese derecho está garantizado por ley.
Sin embargo, existe un dato tan revelador como los números: prácticamente no hay estadísticas nacionales que permitan dimensionar qué ocurre durante el puerperio y la lactancia. Es decir que sabemos bastante sobre la violencia obstétrica durante el embarazo y el nacimiento, pero muy poco acerca de cómo son tratadas las mujeres cuando consultan por su propia salud después de haber dado a luz.
Su carácter transversal tiene que ver con la medicina, el saber médico, la educación universitaria y el corporativismo, que como cualquier institución social, no se desarrollan por fuera de la cultura, sino que reproduce muchas de las jerarquías, los valores, los prejuicios, los sesgos y los mandatos presentes en la sociedad. La formación y el conocimiento científico aun hoy responden mayoritariamente al modelo y cuerpo masculino. Las diferencias biológicas y las experiencias específicas de las mujeres quedaron muchas veces subrepresentadas en la investigación clínica, mientras que el cuerpo femenino fue pensado fundamentalmente desde su función reproductiva. Ese recorrido histórico dejó marcas que todavía persisten en la práctica cotidiana y ayuda a explicar por qué ciertos dolores, síntomas, enfermedades o padecimientos de las mujeres siguen interpretándose desde categorías como las hormonas, las emociones, la debilidad o la maternidad antes que desde una escucha clínica atenta.
La Dra. Taul sostiene que los sesgos de género forman parte de un problema histórico de la formación médica: “la evidencia científica durante mucho tiempo se produjo sobre modelos masculinos. Eso hizo que muchas patologías propias de las mujeres, como la endometriosis, tardaran años en ser reconocidas y diagnosticadas”, señala. Para la especialista, aunque existe una nueva generación de profesionales que intenta revisar esas prácticas e incorporar una perspectiva de género en la atención, todavía persisten inercias culturales que influyen en la forma en que se escucha y evalúa a las pacientes. La violencia obstétrica, entonces, expresa una lógica institucional mucho más amplia y arraigada, en la que la reproducción de determinados sesgos termina afectando la calidad de la atención y vida de las personas.
Cuando el dolor es normalizado y parte de la maternidad
En los últimos años, al calor de las redes sociales, comenzó a circular un concepto que ayuda a nombrar una de las expresiones más frecuentes de este fenómeno: el gaslighting médico o la invalidación médica. Lo que describe es la práctica normalizada de minimizar, negar o relativizar los síntomas dolencias de una persona, o atribuirlos rápidamente a otra causa sin aplicar una evaluación suficiente o estudios complementarios. Diversas investigaciones muestran que este mecanismo afecta con mayor frecuencia a las mujeres, cuyos dolores tienen más probabilidades de ser explicados por factores emocionales, hormonales o psicológicos antes que investigados clínicamente. No es un acto deliberado de negligencia, sino de un sesgo inconsciente, naturalizado, que condiciona la forma en que se ve y escucha el relato de las pacientes y que, en determinados contextos, puede retrasar diagnósticos o tratamientos oportunos.
Durante el puerperio y la lactancia ese sesgo adquiere una forma específica que es la constante normalización: “es normal”, “es por las hormonas”, “es la lactancia”, “es parte del puerperio”, “es así", “duele pero ya te vas a acostumbrar". Todas afirmaciones que, en vez de acompañar a la paciente y validar su vivencia, clausuran cualquier otro tipo de pregunta, agencia o posibilidad. Como advierte la Dra. Taul, la lactancia presenta una paradoja poco conocida: existe evidencia sólida de que amamantar disminuye el riesgo de desarrollar cáncer de mama, pero al mismo tiempo los cambios fisiológicos propios de ese período pueden enmascarar síntomas o favorecer que cualquier alteración sea atribuida automáticamente a la lactancia. “Siempre que una mujer note algo raro tiene que consultar. Y si siente que el profesional que tiene enfrente no la está escuchando, no la está evaluando o no la está examinando, no debería quedarse con esa única opinión”, recomienda.
La especialista también recuerda que la maternidad modifica profundamente la vida cotidiana de las mujeres y que ese cambio influye en la forma en que ellas mismas priorizan su salud y su vida en general. “Muchas veces la madre deja de ser el foco principal de su propia vida y pasa a serlo el bebé. Se postergan los controles, los análisis, el descanso, la alimentación. Todo eso puede hacer que algunas patologías se enmascaren o se diagnostiquen más tarde”. Su observación pone en evidencia que el problema es socio cultural y no puede reducirse exclusivamente al sistema sanitario. Los mandatos de género que colocan a las madres en un lugar de entrega permanente y sacrificio también contribuyen a que el cuidado de su propia salud quede relegado.
