El 11 de julio, equipos clasificados para los octavos de final de esta Copa del Mundo jugarán en Miami. En esa ciudad, en pleno verano, la temperatura puede superar los 32 °C con muy alta humedad. Dentro de un estadio colmado por 65.000 personas, la sensación térmica puede ser varios grados mayor. No son condiciones excepcionales: son la norma para esta época del año en esa latitud. Y futbolistas que se encuentran entre los atletas mejor entrenados del mundo tendrán que patear, correr, presionar, saltar, cabecear y tomar decisiones instantáneas durante noventa minutos o más en ese escenario que puede ponerlos al límite de sus fuerzas.
Para los fans, este campeonato será una batalla entre físicos superdotados. Para la ciencia, una carrera contra el tiempo para que los jugadores no se sobrecalienten antes de que llegue el silbato final. Deportólogos y fisiólogos advierten que este campeonato podría ser el más demandante de la historia. En una revisión de estudios publicada por Sports Medicine, Chris Esh y colegas de Australia, Francia, el Reino Unido, Sudáfrica y Qatar advierten que por primera vez los futbolistas deberán enfrentarse a un cúmulo de factores adversos que incluyen la distancia de las sedes, calor extremo, altitud, contaminación del aire, alergenos estacionales y viajes que exigirán atravesar varios husos horarios.
“Ninguna Copa Mundial de Fútbol presentó antes esta combinación de factores ambientales –escriben–. Se espera calor extremo en 10 a 14 de las 16 ciudades anfitrionas, con temperaturas máximas históricas que oscilan entre 21 y 35 °C. Los partidos en Guadalajara (1566 m) y Ciudad de México (2240 m) se disputarán en altura. Las exigencias de viaje y el aumento de las actividades humanas durante los megaeventos incrementan la susceptibilidad de los jugadores/deportistas a las enfermedades transmitidas por el aire, así como el riesgo de su propagación. Los cambios en la contaminación del aire y los alergenos entre las ubicaciones de los clubes de origen de los jugadores y las ciudades anfitrionas también afectarán su salud. La desalineación circadiana (pueden cruzarse hasta 19 zonas horarias para llegar a los campamentos base de los equipos) y la fatiga por viaje (hasta tres zonas horarias cruzadas y un tiempo de vuelo durante el torneo de 7 horas) pueden afectar la salud mental y física de los jugadores, y reducir el rendimiento deportivo”.
“Así es: este Mundial combina la altura de las ediciones de 1970 y 1986, el calor, una distancia entre sedes nunca antes vista, sumada a la contaminación ambiental y el riesgo de enfermedades de transmisión aérea en ciertas ciudades –coincide Juan Manuel Herbella, exfutbolista, docente de deportología en la UBA, médico del plantel de Huracán, y cocreador y director del Centro de Estudios del Deporte y la Actividad Física (Cedafuba)–. En una competencia de un mes, un par de equipos disputarán ocho partidos para coronarse en un escenario de demanda fisiológica sin precedentes en la historia del fútbol”.
Riesgo térmico
“Este Mundial 2026 va a ser el gran desafío fisiológico para los jugadores, porque habrá áreas que además de calor extremo van a tener alta humedad, y eso complica mucho. Como decían nuestras abuelas, ‘el problema es la humedad’. Ese ‘combo’ aumenta significativamente el estrés cardiovascular y metabólico”, agrega Patricia Sangenis, cardióloga, especialista en medicina del deporte que integró la Comisión Médica del Comité Olímpico Internacional durante 20 años y fue premiada por sus investigaciones sobre la salud de los atletas.
Cuando los médicos y los climatólogos hablan de riesgo térmico en competencias, no se refieren simplemente al número que arroja el termómetro. El parámetro que define el peligro real es la temperatura de globo húmedo (wet bulb globe temperature o WBGT, por sus siglas en inglés), un índice desarrollado en los años cincuenta por el ejército estadounidense para prevenir golpes de calor durante los entrenamientos militares. Combina la temperatura del aire, la humedad, la radiación solar y la velocidad del viento, y da una medida de cuánto le cuesta al cuerpo disipar el calor que genera.
La distinción importa porque un día de 35 °C con baja humedad puede ser más soportable que uno de 30 °C con 90% de humedad. En estas últimas condiciones, la transpiración, el mecanismo principal de enfriamiento del organismo, pierde eficiencia: el sudor no se evapora con la misma facilidad y el calor no se disipa. El viento, en cambio, ayuda. “Para tener una idea, por encima de los 30° C de WBGT muchas organizaciones deportivas consideran imprescindibles las pausas de hidratación y medidas especiales de enfriamiento porque puede llegarse a un riesgo de golpe de calor. No sería la primera vez que vemos un jugador que pide el cambio, porque se da cuenta de que se está mareando o se tira al piso o empieza a caminar medio extraño”, ilustra Sangenis.
La asociación internacional de futbolistas profesionales (Fifpro), estableció umbrales claros: a partir de 26 °C WBGT, deben aplicarse medidas de enfriamiento y pausas de hidratación; por encima de 28 °C WBGT, recomienda directamente posponer el partido. Un análisis publicado en noviembre de 2024 en Scientific Reports calculó esos índices para los dieciséis estadios del Mundial 2026 y encontró que diez de ellos enfrentan condiciones de riesgo muy alto. Los valores más extremos se proyectan para los partidos vespertinos en Arlington y Houston (Estados Unidos) y en Monterrey (México).
Otro trabajo, publicado en el International Journal of Biometeorology por científicos de las universidades de Brunel, Queen's Belfast y otras instituciones del Reino Unido y Canadá, analizó veinte años de registros climáticos y concluyó que 14 de los 16 estadios podrían superar el umbral crítico de 28° C WBGT, y que en un verano más caluroso que el promedio, hasta nueve de ellos podrían excederlo durante la mitad del torneo.
“Siempre consideramos que el calor es un rival invisible y que tanto entrenadores, como preparadores físicos, médicos, ayudantes y sobre todo los propios jugadores (que son los que sienten lo que le pasa al organismo) tienen que estar muy pendientes –explica Sangenis–. Cuando la temperatura ambiente aumenta mucho, el organismo destina una parte de la energía que necesita para el movimiento a disipar calor. En un futbolista de alta competencia o de élite, esto implica que tiene que destinar mayor flujo sanguíneo hacia la piel para enfriar el cuerpo, lo que a su vez ejerce un mayor requerimiento sobre el corazón, aumenta la frecuencia cardíaca, produce mayor pérdida de líquidos y electrolitos, y hay un incremento de la temperatura corporal central. Ese es un gran problema y es el que hay que combatir”.
Lo que le pasa al cuerpo
Un futbolista profesional recorre entre 10 y 13 kilómetros en un partido. En ese trayecto, su corazón late a más del 85% de su frecuencia máxima durante buena parte del tiempo. Sus músculos generan calor. Mucho calor.
El cuerpo humano en reposo mantiene una temperatura interna de alrededor de 37 °C. Cuando se hace ejercicio intenso, esa temperatura sube. Durante un partido de fútbol en condiciones de calor, la temperatura central promedio de un jugador puede alcanzar los 39 °C, según datos recopilados por el Barça Innovation Hub. El organismo lucha permanentemente para disipar ese calor y evitar que la temperatura interna siga escalando.
“A medida que el calor aumenta sabemos que el rendimiento disminuye –destaca Sangenis–. Hay numerosos estudios que muestran que por cada incremento de un grado de temperatura se observan reducciones en la distancia total recorrida, en la cantidad de sprints, en la velocidad máxima y en la repetición de esfuerzos de alta intensidad. Medido con esos chalequitos que usan, el futbolista corre menos, acelera menos y se recupera más lentamente”.
El mecanismo principal para disipar el calor es la transpiración: el sudor se evapora en la superficie de la piel y se lo lleva. Este proceso puede representar hasta el 80% de la disipación total de calor durante el ejercicio. El problema es que requiere dos cosas que escasean en ciertas condiciones meteorológicas con las que se van a encontrar en este Mundial: aire relativamente seco y en circulación que favorezca la evaporación. Con alta humedad, esta se frena, el cuerpo transpira más, pero se enfría menos.
Simultáneamente, el sistema cardiovascular sufre una doble presión. Por un lado, necesita llevar sangre oxigenada a los músculos que trabajan. Por otro, debe enviar más sangre hacia la piel para facilitar el enfriamiento por radiación y convección. Estos dos objetivos compiten entre sí, y cuando el calor es muy intenso, el resultado es que los músculos reciben menos sangre de la que necesitan, el corazón late más rápido para compensar, y la fatiga se instala antes.
“Y no solo sufre el cuerpo –agrega Sangenis–. Tardamos mucho en darnos cuenta, pero el cerebro también es un órgano vital para el deportista y cuando la temperatura corporal central supera determinados umbrales disminuye la velocidad de procesamiento y se altera la toma de decisiones. Estos dos puntos son esenciales, y en el caso del futbolista llevan a que aumenten los errores tácticos, se reduzca la precisión técnica y por eso en los minutos finales con frecuencia aparecen más pases errados, peores decisiones defensivas. Muchas veces los partidos se empatan en el minuto 90, 95 o 100 (en el alargue), porque hay fatiga cognitiva y entonces disminuye la capacidad para interpretar el juego, para contrarrestar un corner o marcar adecuadamente a un saltador. Y aunque haya paradas, el cuerpo no llega a recuperarse totalmente. Además, como el partido puede durar un 10 o un 20% más e ir a una definición por penales, el cuerpo técnico tiene que estar preparado para disponer de jugadores que en caso de alargue estén enteros y que no pase que patean un penal y se acalambran en la carrera o inmediatamente después”.
En condiciones de calor, los atletas pueden perder entre 1 y 2 litros de agua por hora. Una pérdida equivalente a apenas al 2% del peso corporal ya afecta el rendimiento deportivo. Una pérdida del 3 al 5% deteriora además la capacidad de concentración, la toma de decisiones y el tiempo de reacción. En condiciones de calor extremo, sin reposición adecuada, ese umbral puede alcanzarse en la primera mitad del partido.
El umbral del golpe de calor
Cuando la temperatura ambiente aumenta, el margen de seguridad térmica se va reduciendo progresivamente. A los 20 o 22° C, la mayoría de los futbolistas pueden disipar el calor sin muchas dificultades; en cambio, por encima de los 25° C comienzan a observarse cambios fisiológicos medibles; entre otros, se produce un incremento progresivo en la carga cardiovascular. La frecuencia cardíaca aumenta para mantener el mismo nivel de esfuerzo. Esto ocurre porque parte importante del flujo sanguíneo tiene que desviarse hacia la piel.
Pero no solo se calienta la piel, también aumenta la temperatura “central”. “Durante partidos disputados con temperaturas superiores a 30° C se midieron en los jugadores temperaturas centrales de 38.5 a 39.5° C, casi como si tuvieran fiebre –cuenta Sangenis–. En situaciones extremas, incluso mayores de 40° C. Esto no solamente compromete el rendimiento físico, sino también la función cerebral, la parte cognitiva, los calambres y la capacidad de realizar esfuerzos explosivos repetidos. La energía que tendría que estar aplicada a sprints o a estar trotando de un lugar a otro para acompañar el movimiento de sus compañeros disminuye por esta energía que tiene que ir a la piel y a mantener la temperatura central, para que el jugador no colapse. La hidratación va a ser un factor crítico y no va a bastar sólo con reponer agua en los lugares donde haya temperatura alta y sobre todo mucha humedad; los electrolitos van a adquirir una especial importancia cuando el partido supere los 90 minutos y la temperatura, los 28 o 30° C. La pérdida de sodio también puede afectar al sistema nervioso y favorecer la aparición de calambres”.
La temperatura corporal central de 40° C es una señal de alerta. Por encima de ese nivel, el riesgo de golpe de calor se vuelve muy elevado. No se trata de un agotamiento severo ni un calambre: es una emergencia médica en la que los mecanismos de termorregulación del cuerpo colapsan. El sistema nervioso central empieza a verse afectado, aparecen confusión, desorientación o comportamiento irracional como señales tempranas, y si no se trata de inmediato, puede progresar a fallo multiorgánico.
Por supuesto, la condición física de élite ofrece cierta protección (los atletas entrenados comienzan a sudar antes, en mayor volumen y en una mayor superficie corporal), pero no es total. El calor suficientemente intenso, combinado con la exigencia del juego y la duración del partido, puede vulnerar esas ventajas y lo que comienza como mareos, náuseas y fatiga extrema puede, si no se interviene a tiempo, progresar hacia un cuadro de gravedad. Como si esto fuera poco, las secuelas de un golpe de calor severo no desaparecen con el descanso: aumentan la vulnerabilidad a episodios futuros.
Cómo crece el riesgo con cada grado extra
La relación entre temperatura y riesgo no es lineal. Cada grado adicional de WBGT por encima de los umbrales críticos amplifica de manera desproporcionada el estrés fisiológico. Entre 26 y 28° C WBGT, el cuerpo puede compensar con esfuerzo y estrategias de enfriamiento. Por encima de 28° C, incluso los atletas de élite entran en un territorio donde sostener el esfuerzo máximo durante noventa minutos genera un riesgo real. Por encima de 32° C WBGT (que es lo que se anticipa para algunos estadios en los horarios de mayor calor), el estrés térmico es, en la terminología técnica, "no compensable": el cuerpo ya no puede equilibrar la producción de calor con la disipación, sin importar cuánto sude.
“El músculo para trabajar en forma óptima necesita calor (por eso el famoso ‘calentamiento’ es parte esencial de cualquier rutina deportiva), pero estamos hablando de temperaturas musculares de 39° C de óptimo. Esto es muy diferente de cuando la temperatura central supera los 39.5 o 40° C –subraya Sangenis–. En esas condiciones, el cerebro comienza a activar mecanismos protectores que van a reducir el rendimiento voluntario. Es decir, muchas veces el jugador no se detiene a ver qué le pasó, sino que el sistema nervioso lo obliga a parar el ritmo para evitar un daño térmico general. Es lo que se conoce como ‘fatiga central inducida por calor’. Por eso, los partidos que se disputen con calor extremo no creo que vayan a presentar la misma cantidad de sprints y el juego va a ser más lento sobre todo en los minutos finales”.
“Más allá del riesgo real, pero remoto en futbolistas profesionales, del potencialmente fatal ‘calor extremo’, un fútbol con alta temperatura es un fútbol con menores distancias recorridas, caída en la capacidad y la cantidad de sprints, deterioro en la toma de decisiones con pérdidas del balón asociadas; porque el jugador no solo corre menos, sino que también piensa peor –coincide Herbella–. Esto está estudiado y hay cuantiosa bibliografía al respecto. Se verán estrategias de mitigación como chalecos refrigerantes, toallas frías y bebidas granizadas. Protocolos de aclimatación pasiva, como la exposición al sauna o inmersión en agua caliente post-entrenamiento, ya demostraron ser eficaces para inducir adaptaciones fisiológicas relevantes en pocos días y seguramente también serán utilizados”.
Qué pasa con los futbolistas veteranos
De acuerdo con Sangenis, la edad no impide rendir al máximo nivel, pero modifica algunos aspectos fisiológicos que hay que tener en cuenta. “Cuando uno trabaja con un deportista que ha superado los 30 o 32 años, lo más importante es que no se lesione, porque si no, no va a estar en la cancha –comenta–. Yo siempre aposté a ponerlos en 8,5 puntos para que estuvieran lejos de las lesiones, porque lo más importante de los cracks es lo que ellos pueden aportar, que no es la velocidad con la que corren, sino su mayor inteligencia táctica, mejor lectura del juego, que no gastan energía en forma innecesaria, tienen mejor gestión emocional de las situaciones. Entre las desventajas están que la recuperación es más lenta, pueden tener menor capacidad de disipar calor, pueden llegar a tener mayor susceptibilidad a la fatiga acumulada, más riesgo de lesiones musculares o contracturas. La clave ya no es solo cuánto pueden correr, sino cuánto pueden recuperarse entre partidos para poder aplicar esa capacidad de lectura del juego (que, por ejemplo, tiene Messi en los pases filtrados), de dónde está ubicado cada compañero… las cosas que los hacen únicos. Los futbolistas de 20 o 25 años no es que no tengan problemas: pueden tener mayor potencia aeróbic, mejor recuperación en la fase aguda, mayor capacidad de un sprint repetido, pero menor experiencia para dosificar esfuerzos, mayor tendencia a realizar acciones explosivas innecesarias, mayor gasto energético o complicarse emocionalmente frente a una situación tan importante como el Mundial. Muchas veces un jugador experimentado compensa con inteligencia táctica y en eso no hay otro como Messi. Si nosotros les tomamos desde aceleración hasta resistencia máxima, probablemente un jovencito lo supere. Ahora, ponelo en la cancha con el 70% y va a ser diferente, porque son talentosos que trabajaron mucho, y que además tienen una capacidad cognitiva y emocional superior”.
Alcanzan las medidas de la FIFA
La FIFA reconoció todos estos problemas e introdujo para este Mundial pausas de hidratación de tres minutos en cada tiempo de todos los partidos, la primera vez que esto ocurre en una Copa del Mundo. También anunció infraestructura de enfriamiento para jugadores, toallas frías y bebidas disponibles, y protocolos médicos adaptados a las condiciones en tiempo real.
Sin embargo, muchos cuestionan si esas medidas son suficientes. Una pausa de tres minutos no logra reducir la temperatura corporal central de manera significativa cuando el estrés térmico es extremo. Los equipos en el Mundial 2026 enfrentarán stress térmico por encima de los umbrales reconocidos. La Copa América de 2024, jugada también en Estados Unidos en verano, ya ofreció una advertencia de lo que puede ocurrir: por el calor, el asistente de árbitro Humberto Panjoj se desplomó en un partido en Kansas City. No era un futbolista en el campo, sino un árbitro de línea.
Algunos equipos ya tomaron nota. Selecciones europeas, como la de Inglaterra, incorporaron tiendas de calor artificial en sus entrenamientos para acostumbrar a los jugadores a las condiciones que encontrarán. La aclimatación al calor, a lo largo de dos a cuatro semanas de exposición progresiva, produce adaptaciones fisiológicas reales: el cuerpo aprende a comenzar a sudar antes y más, y a redistribuir mejor el flujo sanguíneo. Pero la aclimatación tiene límites.
Así, el Mundial 2026 podría convertirse, sin quererlo, en una demostración en tiempo real de hasta dónde puede llegar el cuerpo humano cuando el calor que el mundo genera se acumula en un estadio de fútbol en pleno verano. “Durante años, discutíamos sistemas tácticos, nombres propios y estilos de juego –concluye Herbella–. Tal vez, esta será la primera Copa del Mundo donde la verdadera discusión va a estar en otro lado. El problema de fondo no se tratará sobre quién juega mejor, sino de quién está mejor preparado y resiste más. Porque cuando el calor, la altura y el desgaste de los viajes empiecen a pasar factura, el Mundial ya no se va a jugar en los pies: se va a definir en la psiquis y en la fisiología”.
