El frente de todos y la guerra mediática

12 de julio, 2020 | 00.05

La derecha argentina retrocede en el tiempo vertiginosamente. Una mezcla curiosa de prepotencia y pánico impulsa a minorías aplastantes de la población a las calles, en tiempos en que la más elemental prudencia sanitaria lo desaconseja. Al frente de ese ejército de fantasmas se coloca Macri, con Bullrich como escudera heroica. Todo ese curioso espectáculo podría convertirse en un atractivo turístico de la zona norte de la ciudad de Buenos Aires, si no fuera por una desaforada campaña mediática que pugna por instalar una pintoresca resistencia ciudadana a la cuarentena. ¿Estamos cansados de estar en nuestra casa? Sí, naturalmente, pero ¿qué tiene que ver eso con la defensa de una empresa vaciada por sus dueños y beneficiada por un ex funcionario macrista director del Banco Nación? Así de serio ha devenido el discurso de la derecha argentina.  

Exclusivo de El Destape: Gustavo Cerati, inédito

       La “nueva derecha democrática y moderna” ha devenido una interna entre dos bandos: uno quiere tomar rápida distancia de la bochornosa saga de negociados y protocolos mafiosos del gobierno de Macri, el otro sigue confiando en la fe ciega e incondicional de un segmento social que prefiere seguir creyendo en sus propias mentiras antes que reconciliarse con una realidad a la que aprendió a tenerle miedo. Son escenas que ocurren en un territorio muy pequeño y con un exiguo número de protagonistas. Pero no son esos grupúsculos los protagonistas principales de la guerra; son los medios de comunicación monopólicos. Las batallas que libró la democracia contra el monopolio de la opinión que ejercen esos grupos económicos construyeron una épica, pero no triunfaron.

       Hay que asumir con honradez y franqueza que hay un estado de deliberación también en las fuerzas que aseguraron el triunfo de la fórmula Alberto-Cristina. Parece necesario para ordenar este debate volver una vez más sobre el mensaje con el que Cristina “anunció” la fórmula hace poco más de un año. Allí se explicita ampliamente que hay una nueva realidad en el país, en la región y en el mundo y que la clave para pensar un futuro democrático e independiente era derrotar electoralmente al macrismo; al servicio de ese objetivo había que deponer diferencias. “La coalición de gobierno deberá ser aún más amplia que la coalición electoral” dijo entonces la ex presidenta. Claro que una cosa es proponer una unidad muy amplia y otra, muy distinta, es navegar en las aguas de la heterogeneidad que tal estrategia presupone.  La pandemia le puso un marco muy particular a esta experiencia. Por un lado la conducción del presidente de la emergencia aumentó su prestigio en la sociedad y amplió, de hecho la base social de sus apoyos. Pero también la experiencia inédita y dolorosa del encierro congeló los tiempos políticos, postergó debates necesarios y, además, agravó la ya dura realidad económica y social que dejó la experiencia del macrismo en el gobierno.

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       Es muy razonable que la política de ampliar la base de apoyo del gobierno incorpore voces diferentes a las que primaron en la experiencia de los gobiernos kirchneristas. Ahora bien, eso no debería significar un silenciamiento o un ocultamiento de las expresiones políticas y culturales que sostuvieron esa experiencia y fueron el soporte central de la victoria electoral y del retorno al gobierno. Esas expresiones fueron tratadas duramente por el régimen neoliberal de Macri, que construyó un estereotipo sobre ellas: populismo extremo equiparado a violencia, desprecio de las instituciones y corrupción. Las investigaciones judiciales de estos días permiten apreciar el nexo de sentido entre la construcción de ese mito y la utilización perversa del aparato estatal para perseguir, estigmatizar y justificar la persecución y el encarcelamiento de muchos de los protagonistas centrales de los gobiernos kirchneristas. No se trata, como a veces suele simplificar con frivolidad, de un presidente amante de las escuchas ilegales, sino de una maquinaria dispuesta a usar todos los medios para construir un “libro negro” del kirchnerismo y así impedir cualquier intento de reeditar aquella experiencia.  La herencia de los años de gobierno de Néstor y Cristina también forma parte del frente de todos. A tal punto que sin esa referencia y sin sus figuras emblemáticas no habría existido el frente ni se hubiera logrado la victoria electoral.

       Pero más que de voces y de figuras conviene hablar de rumbos para el país. La pregunta no es solamente entre quiénes y cómo se ensancha la unidad sino, principalmente, para qué. El diálogo con los grandes empresarios es lógico. El nuevo contrato social del que se habló durante la campaña electoral tiene que incluirlos. Pero el concepto de esa inclusión y de ese diálogo presupone una determinada política de estado, un determinado rumbo. Y la hibernación relativa de la política en tiempos de cuarentena permitió una indeterminación al respecto. Curiosamente el establishment no ha reconocido ninguna tregua. En su momento el presidente calificó duramente al grupo que procedió al despido masivo de trabajadores durante el primer período de cuarentena, pero la “guerra preventiva” del establishment contra cualquier deriva “populista” no ha cesado. Y esa guerra no es contra “el comunismo” ni contra la “chavización”: es contra cualquier gesto de la autoridad política constitucional que comprometa el respeto al carácter sagrado de la propiedad, la primacía del capital con respecto a cualquier otra premisa institucional o moral. Así ha sido siempre, desde que el primer peronismo le dio estatus constitucional al principio de que la propiedad privada debe ser respetada “siempre que cumpla una función social”. Para suprimir ese principio no se utilizó ningún mecanismo legal, alcanzó la fuerza de una dictadura. El “capitalismo serio” que pregona el presidente presupone un estado fuerte, un grado de autonomía nacional frente al interés de las grandes corporaciones. Presupone también desarrollo industrial autónomo, potencia de la propia moneda, conducta internacional soberana. Y ante todo significa capacidad de incluir a tod@s sus habitantes, una redistribución de recursos con sentido igualitario. Es la agenda política que nació con el primer peronismo. Es el proyecto que no dejó de sostenerse nunca, aun cuando se usara el más cruel de los terrorismos de estado para aniquilarlo definitivamente. Sin ese fantasma, la pronunciación de cuyos nombres propios se llegó a prohibir por decreto, no existiría el frente de todos. La unidad amplia quedaría sin sustento cultural.

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