Las ciudades, como las naciones, tienen en su cultura el sello de identidad, pero, además, un motor económico.
Cultura y democracia se construyen juntas. Una y otra se alimentan y se nutren mutuamente. Es un crecimiento y una maduración que se manifiestan día a día en nuestras prácticas cotidianas, en la manera en que ejercemos nuestra responsabilidad ciudadana, en la manera en que expresamos nuestro sentido de la solidaridad.
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Los porteños tenemos una identidad cultural fuerte que se forja y se manifiesta incesantemente en una diversidad de formas. Afianzar nuestra identidad cultural no significa cristalizarla, delimitando sus características y expresiones. Por el contrario, es promover su capacidad creadora, implica construir sostenidamente una política de gestión cultural que persiga la calidad, reconozca el valor de la diversidad y promueva constantemente todas las diversas formas de participación de la población en la vida democrática y en el quehacer cultural como consumidor, actor o productor de bienes culturales.
Buenos Aires es su cultura, sus teatros, sus librerías, su música. Es su fuerza creadora, su potencia. Es el tango, Gardel, el obelisco, el Teatro Colón, las murgas, los centros culturales barriales. Es Borges y Marechal, Carriego y Victoria Ocampo, Scalabrini Ortiz y Bioy Casares.
La cultura es el sello identitaria de nuestra ciudad y también es motor de su economía.
Las industrias culturales son un poderoso generador de empleo que incorpora personal con alto nivel de formación técnica y cultural. Además, las industrias culturales producen bienes y servicios con alto valor simbólico que las hacen únicas. Su incidencia económica y social en la ciudad de Buenos Aires duplica a la que se verificaba a nivel nacional. Aporta el 6 % del PBG (Producto Bruto Geográfico). Asimismo, en la ciudad genera el 7,2% del empleo total, de manera directa. Los últimos datos procesados por el Observatorio de Industrias Culturales de la Ciudad de Buenos Aires indican que la cantidad de personas empleadas tanto en el área de las I.C. como las actividades culturales en general, asciende a 187.496-, de los cuales algo más del 10% corresponde al sector editorial, duplicando los empleados en intermediación financiera que llegan al 3,3% del total del empleo. El empleo en cultura se caracteriza por ser empleo joven, por encima de la media del resto de las actividades y de alto nivel de formación, según las estadísticas oficiales del gobierno de la ciudad.
Buenos Aires cuenta con alrededor de 460 librerías, sin ellas no hay editores, imprentas o escritores, porque sin bocas de expendio, sin posibilidades de llegar a los lectores se corta la cadena de producción.
La mayoría de esas librerías, alrededor de 380 son librerías de barrio, que se pueden sostener por la legislación vigente y son las que garantizan la diversidad de títulos y la diversidad de autores. Sin esas librerías no podrían publicarse la mayoría de los títulos que se publican en Buenos Aires.
Buenos Aires es la ciudad que tiene mayor cantidad de librerías cada 100 mil habitantes, 25 librerías / 100 mil. Superior a Madrid, a Singapur.
La ciudad tiene como política de Estado, es decir a través de todos los gobiernos, acciones activas sobre sus librerías: Fondo Metropolitano de las Artes, Opción Libros, Mecenazgo, la Noche de las librerías, sin mencionar la FERIA DEL LIBRO DE BUENOS AIRES, el mayor acontecimiento cultural de América Latina, que no sólo lleva más de 1 millón de visitantes, sino que además convierte a la ciudad en un lugar de intercambio cultural y de negocios editoriales.
MÁS INFO
Esta tradición de Buenos Aires, se convirtió en una tradición de identidad de todo un país.
La tradición cultural identitaria, se proyecta hacia el futuro. La industria editorial se fortaleció a partir de 1930. Manuel Gálvez publicó ese año “Miércoles Santo”, Ricardo Rojas publicó en 1933 “El santo de la espada”, Borges que escribía en el diario Crítica y en revista Multicolor, en 1935 publicó su primer libro de cuentos “Historia Universal de la Infamia”. En esos años también publicaron Ezequiel Martínez Estrada y Evaristo carriego. Raúl Scalabrini Ortiz publicó en 1931 “El hombre que está solo y espera”.
Entre 1933 y 1934 Federico García Lorca vivió en Buenos Aires, publicó sus obras, que además se representaron con más de 200 funciones en el Teatro Avenida. Todo ello fue posible porque la ciudad editaba y tenía librerías en las que no sólo se vendían esas publicaciones, sino que se daban conferencias y se polemizaba.
Julio Cortázar publicó por primera vez su cuento “Casa tomada” en Anales de Bs As, en 1946, revista dirigida por Borges y Gabriel García Márquez publicó cien años de soledad en 1967, editada en Buenos Aires por editorial Sudamericana.
Todo esto fue posible porque Buenos Aires se fue convirtiendo a lo largo de las décadas en un lugar de encuentro de culturas, de respeto a la diversidad, de libertad creadora. De allí nacieron las pequeñas editoriales independientes que publicaron a Borges, Cortázar, Marechal o Scalabrini Ortiz. Fueron esas editoriales las que permitieron el florecimiento de grandes escritores y escritoras y sus librerías las que convocaban a miles de argentinos y de visitantes extranjeros creando esta identidad colectiva.
¿Es posible que alguno de los 25 Diputados Nacionales o de los 3 Senadores que representan al Pueblo de Buenos Aires y a su Ciudad voten una ley que destruye su identidad?
La derogación de la Ley 25.542 que establece un precio uniforme para cada título, haría desaparecer el 80% de las librerías y en consecuencia, a las editoriales independientes. Lo mismo con la derogación de la Ley 23.316 y muchos de los artículos de la Ley de Fomento del libro y promoción de la cultura.
¿Qué país se puede construir derogando el fomento al libro y a la lectura?
Lo que relato de la ciudad, se extrapola perfectamente a cada rincón del país. Un país que quema libros en lugar de fomentar la publicación de libros es un país que retrocede. La ignorancia sale cara.
