19 de enero, 2020 | 00.05

Violencia narco en Rosario: le pegaron al chancho y apareció la mafia

Una policía corrupta que se niega a la reforma. Bandas narco que salen a disputarse negocios y territorios. Pactos de gobernabilidad que se caen. La política deja de hacer la vista gorda. Claves para entender la ola de muertes en la Chicago argentina.

Cuando Omar Perotti asumió como gobernador de Santa Fe, dijo que se terminaba el "pacto de gobernabilidad" entre policía, política y delito. La alusión era a la "vista gorda" que -aduce- tuvieron las gestiones socialistas con las fuerzas de seguridad durante 12 años, y que permitieron el avance del narcotráfico y la violencia urbana en la provincia, especialmente en Rosario y la capital provincial. La designación de Marcelo Saín en el Ministerio de Seguridad marcaba ese camino: la reforma policial y la conducción civil de la fuerza.

Impuesto a las Grandes Fortunas

El hasta entonces jefe del Organismo de Investigaciones santafesino empezó su gestión de forma enérgica: desde el 10 de diciembre a esta parte descabezó a 50 jefes policiales y construyó una cúpula propia en la jefatura de policía provincial y las unidades regionales, cambió a altos mandos que había designado hacía 20 días porque no mostraban resultados y utilizó una firme retórica mixta que mezcla lo académico y lo callejero para mostrar que los que mandan son civiles, pero de ninguna manera "se comen los mocos".

Poco más de un mes después, se ven los estertores de la resistencia de sectores policiales a ese proceso: una ola de violencia vinculada a la disputa territorial criminal terminó en Rosario con 17 muertos en una quincena, con un grave caso de asesinato "al voleo" durante un tiroteo a una de las paredes laterales del casino City Center, emplazado en el corazón de la zona de influencia de la banda Los Monos, presuntamente ordenado por su cabecilla para intimidar a los responsables del lugar.

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Saín salió a poner el cuerpo: inauguró una mesa de trabajo con los intendentes de las ciudades más afectadas, incluido Pablo Javkin, anunció que Nación iba a colaborar con un trabajo conjunto con fuerzas federales, habló con la prensa -dijo que "Rosario no es Sinaloa"- y le tiró una cachetada a la Justicia, en una ciudad en la que el 70% de los fiscales se tomó licencia durante enero, que siempre es uno de los meses más violentos del año. Desde la Corte Suprema, el ministro Daniel Erbetta le contestó que "la que está de vacaciones es la policía". Duro y corporativo.

Modo boludo

Pero la mera resistencia de una parte de las fuerzas de seguridad por los cambios implementados por la nueva gestión provincial no alcanza por sí sola para explicar el reguero de sangre que sufren especialmente las zonas periféricas de la Cuna de la Bandera. El criminólogo de la Universidad Nacional de Rosario, Enrique Font define a la policía de Santa Fe como "profundamente violenta y corrupta hacia su interior, y vinculada a delitos muy graves como narcomenudeo, secuestros extorsivos, robos y homicidios". Esto, combinado a "la falta de políticas públicas de seguridad de los últimos años”, es lo que derivó en la situación crítica que se vive en Rosario este verano. 

Como le gusta decir al mismo Saín: "Yo no dirijo la policía de Noruega". Por eso, no extraña que todo intento de modificación estructural, genera un ladrido y una dentellada. "Ante un gobierno que pretende hacer una reforma policial, una de las formas de responder de la fuerza es poner la palanca en modo boludo: no muevo, no hago, permito y te complico la gestión. El resto conspira activamente para obligarte a detener el proceso y te sientes a pactar una vuelta al autogobierno y la delegación de autoridad. Esto es una pulseada", apunta el académico.

En este contexto, los que conocen la farándula marginal del hampa indican que muchos jefes y comisarios que saben que tienen las horas contadas, tratan de "llevarse" todo lo que pueden antes de que Saín los eyecte, y paralelamente las bandas que se quedan sin la regulación mínima del acuerdo policial ven un tablero abierto en el que salen a tratar de quedarse con los negocios. Al mismo tiempo, todo coincide con un reordenamiento de las lealtades hacia adentro de los clanes criminales, que en Rosario casi siempre responden a configuraciones familiares (los Cantero, los Ungaro, Los Funes) en un mercado de pases de verano en el que varios pistoleros cambiaron de club y visten nueva camiseta. Esto arma un verdadero alboroto en los territorios, sobre todo en las periferias donde se producen la mayoría de los asesinatos a sangre fría y que abastecen de drogas al centro, donde están los consumidores de mayor poder adquisitivo que nunca ponen los muertos.

A la italiana

Como se barajó en algún momento, el asesinato que un tirador de Los Monos cometió en el Casino estaba ligado a una búsqueda de apretar a alguien para que abone un dinero por "protección", que en el idioma del líder Guille Cantero significa "plata o balas". La banda narcocriminal, diezmada por las detenciones y las muertes, supo construir como forma de financiarse, un negocio a partir de estas prácticas extorsionando empresarios y sindicalistas y respondiendo con diversos atentados a tiros -la mayoría sin heridos- cuando no pagaban. 

Como ya había pasado en la puerta del boliche Roma, cuando balearon a un pibe (que zafó) en plena avenida del centro rosarino, esta vez sí hubo víctimas. El hecho, que no parece estar necesariamente conectado con el estado de conmoción que quieren ciertos elementos que ven sus intereses espúreos amenazados por el cambio de lógica que intenta imprimir el nuevo gobierno, significó no osbtante una escalada en el nivel de violencia.

Por un lado, porque eleva el sentimiento de que "le puede tocar a cualquiera". Por otro, y esto es sensible para una gestión, porque la víctima -un gerente bancario- se parece bastante más a la clase media que es capaz de movilizarse por seguridad, pero que nada dice cuando las víctimas son de clase baja, con antecedentes penales, y sus muertes descartables se producen en barrios populares.

Un dirigente peronista de Rosario, Eduardo Toniolli, decía esta semana con mucha claridad: "Saín le pegó al chancho, y apareció el dueño". Con el chancho se refería al autogobierno de la fuerza, y el dueño es la mafia integrada por elementos policiales y criminales que llenó las calles de pólvora y muerte durante los últimos años. Esos grupos, que quieren seguir mandando en los territorios y que mediante sus resortes públicos, blanqueados, políticos, resistían la llegada de un ministro de ese perfil, parecen ir ahora por Saín. 

Desde el Ministerio de Seguridad creen que es un momento bisagra para Santa Fe, y por eso fue tan vehemente el apoyo público de Perotti a Saín. También tuvo elevada relevancia la reunión de este jueves con la ministra Sabina Frederic, Santiago Cafiero y Alberto Fernández, lo que marcó un fuerte respaldo para trabajar coordinadamente con Nación, luego de que la Chicago argentina entre en la mira de la agenda periodística nacional. 

Un gobierno que quiera gobernar debe poner en caja a todos los actores que le disputen la autoridad. Una sola cosa es clara: si la pulseada la ganan los oscuros de siempre, la provincia estará nuevamente a merced del humor de los plomos y cañones. Si en cambio, triunfa la política, se podrá soñar nuevamente con algún tipo de pacificación de los territorios.

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