El editorial del pasado viernes del diario londinense Financial Times recomendándole a los argentinos, desde el Reino Unido, no votar por el regreso del peronismo reafirma lo mal informados que están los inversores internacionales sobre la política y la economía local. El contenido del escrito recorre el mismo relato que localmente reproduce la prensa oficialista. No faltó uno solo de los prejuicios tradicionales de sus fuentes locales. Allí estuvieron las desgracias de los “70 años” de peronismo, la pesada herencia K, una CFK falsa envuelta en su nueva piel de cordero y la designación de un títere que sólo responderá a sus oscuros mandatos para fundamentalmente volver al poder para conseguir impunidad en las causas de corrupción. El regreso de un gobierno nacional-popular abortaría además “las ganancias de largo plazo” que habría conseguido la administración macrista, ya que en el corto y mediano sólo hay sangre, sudor y lágrimas. Ya se sabe que para el neoliberalismo el sufrimiento del presente es la única llave del futuro venturoso. El capitalismo salvaje regala la misma letra que un tango de Troilo: “primero hay que saber sufrir”. ¡Si hasta parece un texto escrito por un columnista de La Nación!

 Tanto despiste conceptual resulta en principio sorprendente. Si bien es cierto que las finanzas, junto a un puñado de firmas energéticas y los amigos del presidente, son lo únicos ganadores, locales y globales, de la administración macrista, también es cierto que muchos fondos de inversión quedaron entrampados con la nueva deuda desaforada que el país tomó en estos años. Los gestores de estos fondos son precisamente los lectores habituales de medios como el Financial Times, que durante todo 2016 y buena parte de 2017 no hicieron más que encomiar al nuevo gobierno argentino “de un empresario amistoso con los mercados”. Sólo al final de 2017 comenzaron a preocuparse por la velocidad y nivel del nuevo endeudamiento y lanzaron los primeros pedidos de “ajuste estructural”.

  Muchos de los fondos que entraron al país en los primeros dos años ya salieron. Otros esperan el mejor momento para hacerlo. Mientras tanto, el FMI vino a ocuparse de lo que siempre se ocupó: proveer los dólares para asfaltar la autopista de la fuga. Se trata del panorama esperable de la reconstrucción de la deuda en divisas en un régimen colonial. Los dólares se volatilizan en remisión de utilidades y formación de activos externos, enriquecen a muy pocos y al país le queda la nueva deuda en una moneda que no emite junto a las condicionalidades de largo plazo de los organismos. La trampa es perfecta. En el día a día el flujo de fondos del FMI enmascara el default de hecho que se produjo en 2018. No hay default abierto solamente porque existe el pulmotor del Fondo reforzado por la potente voluntad política de Estados Unidos de no dejar caer su enclave en la región. Cuando el flujo se corte el “sinceramiento” será inevitable y sumará corrida cambiaria, devaluación y default.

  La idea de los poderes globales que apoyan a Cambiemos y se benefician de su gobierno es clara. Sostener financieramente a Mauricio Macri para que el sinceramiento se postergue y se mantenga en el gobierno y, ya en un improbable segundo mandato, avanzar con el desguace del sistema previsional y los derechos laborales, incluida la apropiación de lo que todavía queda en manos de Estado, desde YPF a Aerolíneas Argentinas y la banca pública.

  Si se abandona el mundo imaginario de los medios oficialistas, que se entusiasman con la falsa estabilidad del dólar (una calma relativa que coincide el período estacional de máxima liquidación de dólares de la cosecha y con las ventas de reservas de dólares habilitadas por el FMI) y que se conforman con una inflación por arriba de dos y por debajo del tres por ciento mensual, lo que se encuentra es una economía desolada, con un desplome que no se detiene y una continuidad de destrucción de empresas y de empleo alarmante.

  A pesar del desatado invierno económico, previsible desde que se decidió un ajuste fiscal híper acelerado, el gobierno confía sin embargo en repetir la fórmula de 2017. No ya generar un veranito como entonces, pero al menos una pequeña primavera pre electoral vía el reparto en el tiempo de los aumentos tarifarios, nuevos créditos de la Anses y, según se supo esta semana, facilitando también el crédito al consumo bajando las tasas del semi desaparecido “Ahora 12”. Pero a diferencia de 2017, en 2019 la promoción del crédito cae sobre una población ya endeudada, lo que también fue una política deliberada, y con un margen bajo para tomar más deuda. Lo que en 2017 fue pólvora aparece ahora como pólvora mojada. Será difícil que explote, aunque quizá haga algún aporte en el margen.

  Otra pólvora mojada, que hasta amenaza con ser un tiro por la culata, es la de la persecución judicial a opositores. Por un lado el affaire D’Alessio que se ventila en el juzgado de Dolores puso en primer plano el aparato de inteligencia-judicial-mediático puesto al servicio del armado de causas y, de paso, la extorsión privada. Por otro, poner a CFK en el banquillo perdió peso, no sólo porque la ex presidenta se corrió del centro de la escena, sino porque antes que “la foto en el banquillo” lo que comenzó a trascender es la evidencia de la endeblez jurídica de las causas armadas, proceso que se profundizará cuando Cristina tome la palabra.

  Con el lawfare y las armas económicas debilitadas el gobierno retomó la apuesta a un tercer factor, el psicológico. Insistir en el mecanismo, difícil de creer si no hubiese ya sucedido, de hacerle creer a la población que la dignidad de los derechos y vivir mejor eran una mentira y que, en realidad, necesitan vivir peor en el presente para que no ellos, sino sus hijos y nietos, estén algún día mejor. La semana que pasó el mecanismo alcanzó niveles de ridículo. Fue cuando el vendedor de autos y ministro de Transporte Guillermo Dietrich relató el presunto diálogo en el que un camionero le reveló que antes ganaba más y tenía más trabajo, pero que esas ganancias y ese trabajo, ahora recortados por avanzar en el único camino correcto, eran en realidad “una fantasía”. Esto dicho por el trabajador, no por el ministro. Pero el verdadero relato fantástico no terminó allí. Según el funcionario cambiemita, la asunción por parte del trabajador de su realidad económica deteriorada sería una muestra de gran “inteligencia emocional”.

  En contraposición al mundo imaginario del oficialismo, en la última semana el grueso de la oposición avanzó aceleradamente en un proceso de unidad que también parecería increíble si no hubiese ya sucedido. Se cerraron candidaturas muy sólidas y se sumaron espacios que hasta ayer aparecían como irreconciliables, aun al costo de abundantes cantidades de licuado verde para los núcleos más duros. Las elecciones no están ganadas y no serán un mero trámite. El adversario también juega. Convendrá no confiarse en exceso en el deterioro económico y salir también a enamorar electores. Pero cualquiera sea el caso, el aroma de fin de régimen está en el aire.-