Hace unos días se generó un gran revuelo en las redes como consecuencia de la aparición en Netflix del documental "Nada es privado" poniendo a la luz el rol que tuvo la empresa Cambridge Analytica al obtener información de millones de usuarios de Facebook para que, a partir de determinados algoritmos, se pueda influir en los procesos electorales, tal como ocurrió en los Estados Unidos y en Gran Bretaña. Pero lo que realmente nos importa, lo que  nos hizo más ruido, es que se menciona a la Argentina ― se observa una imagen de Mauricio Macri ― como otro de los países en que se probó sus herramientas de influencia en las campañas políticas.

Sin embargo, nosotros ya lo sabíamos. Nos tildaban de paranoicos y conspirativos pero, a diferencia de la modernidad sólida en la que la verdad tardaba 30 años para que conociera, hoy solo tarda algunos pocos segundos. Sin embargo la cuestión no está en que nos den la razón y nos ubiquen en el panteón de los que poseen la verdad revelada, la cuestión está en entender que las reglas del juego están cambiando. 

Como dijo el dramaturgo uruguayo, Mario Benedetti: “Cuando finalmente teníamos todas las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas”. Y es que durante mucho tiempo y desde diversos espacios del campo de la comunicación popular se batalló —con éxito— para erradicar la zoncera del periodismo objetivo e independiente. De hecho, se había logrado un consenso generalizado de que los medios de difusión son empresas corporativas que poseen sus propios intereses económicos que inciden en la representación del mundo que les aportan a sus lectores de manera cotidiana.



El desafío había sido logrado, se había desenmascarado al poderoso. Sin embargo, aparece este documental y nos sacude como un piñón al mentón de Ringo Bonavena. Nuevamente, no sabemos hacia dónde encarar, ¿verdad? Es que la principal habilidad del poder real radica en cambiar de forma para que no sepamos cómo combatirlo. Hoy se metamorfoseó en las redes sociales y, más que nunca, tiene acceso a nuestra esfera más íntima sin que lo notemos. Pero ahí está, manipulándonos y ofreciéndonos un mundo de fantasía que encaja a la perfección con nuestra representación de él.

Este debe ser nuestro desafío para el siglo XXI: las redes sociales. La lógica es la siguiente, el algoritmo nos ofrece “mundos cognitivamente cómodos”, es decir, páginas, grupos o personas que saben qué nos van a gustar. De hecho, no solo elige de antemano por nosotros, sino que además ya sabe qué queremos. El gurú de la tecnología, Eli Pariser, denominó a este proceso «filtro burbujas» y lo entiende como: “una selección personalizada de la información que recibe cada individuo que le introduce en una burbuja adaptada a él para que se encuentre cómodo”. 

Ahí está el algoritmo, diciendo a quién tenemos que seguir porque ya sabe qué nos gusta. De la misma manera, también puede recolectar información para saber a quién vamos a votar o qué contenidos puedan llegar a impactar más fuerte en las audiencias. El individuo cada vez está más controlado y ha perdido el control de su privacidad por culpa de los algoritmos que se encuentran presentes en cada red social. Esta es la distopía a la que tanto miedo le tenían Aldous Huxley, Ray Bradbury y George Orwell.

Sin embargo, de nada sirve intentar influir en el compartamiento del electorado cuando éste se mueve en función de cuán llena esté su heladera. Ya lo vimos en el resultado de las PASO. Gracias a Dios, y en esta era en que la importa más la forma que el contenido, sigue importando el contenido de ese electrodoméstico.

¿Más claro? PASO.