Sudáfrica vuelve a un Mundial en 2026, la historia del equipo que nació en el Apartheid y es la base de la Selección

Sudáfrica y México es el primer partido del Mundial. El equipo tiene a la mayoría de sus jugadores salidos del Mamelodi Sundowns, un equipo que nació en el Apartheid.

11 de junio, 2026 | 05.30

Un capricho del destino quiso que este Mundial que está por comenzar abra el telón con un partido que ya conocimos. En aquella ocasión, Sudáfrica y México inauguraron la primera Copa del Mundo jugada en África un 11 de junio de 2010 en el Soccer City Stadium de Johannesburgo. De ese empate 1-1 y lo que siguió después todos nos acordamos de las mismas imágenes. Primero, el golazo de Siphiwe Tshabalala, quién fusiló el arco mexicano con un zurdazo cruzado que sigue siendo el gol más recordado de la historia de los Bafana Bafana.

Además, marcó el inicio de un torneo caótico, con el zumbido permanente de las vuvuzelas como banda de sonido, la "Jabulani" que sólo Forlán parecía dominar entre todos los futbolistas convocados y un torneo que terminó celebrando un campeón inédito. Dieciséis años después, en su regreso a un Mundial tras esa edición, el escenario se repite aunque ahora Sudáfrica llega como visitante, donde México le devolverá la cortesía en el emblemático Estadio Azteca.

No es la misma Sudáfrica la que enfrentó a México en esa Copa y la que lo hará ahora. Y no sólo lo menciono por el inevitable paso del tiempo. El país que vuelve a un Mundial ya no se sostiene en la épica de ser el anfitrión, sino en una estructura concreta que explica buena parte de lo que es hoy esta selección y bastante de lo que ocurre más allá de sus fronteras. Esa estructura tiene nombre: Mamelodi Sundowns. De los veintiséis convocados por Broos, ocho pertenecen al club de Pretoria, la mayoría titulares, y otros dos jugadores se formaron en el club y jugaron hasta la temporada pasada. En 2010, este mismo equipo aportó cuatro futbolistas. La curva no es casual. Es imposible entender, no sólo el fútbol sudafricano, sino el fútbol africano actual, sin hablar de los Masandawana.

El club no es un advenedizo ni mucho menos. Nació en los townships de Pretoria, los barrios segregados que creaba el régimen del apartheid, a comienzos de los años sesenta. En ese momento el fútbol "negro" competía en ligas paralelas que el régimen toleraba porque las mantenía separadas del fútbol oficial y, obviamente, blanco. Se jugaba en canchas de tierra, sin tribunas, sin premios en dinero, ante multitudes amontonadas en las líneas laterales.

Sus futbolistas eran muchísimo mas talentosos que los profesionales de la liga. Al punto tal de que la prohibición no pudo durar mucho porque los equipos blancos jugaban amistosos "a escondidas" contra esos equipos, o forzaba a la federación a que les permita contratar estos jugadores. De esos campos regados en toda Sudáfrica surgió el "kasi flava", el fútbol de la creatividad individual y los trucos que privilegiaba el espectáculo por encima del resultado, una forma de resistencia cultural en un país que a la mayoría de su población les negaba casi todo lo demás. De esos barrios comenzaron a destacar algunos equipos. Del Township de Soweto surgió primero el Orlando Pirates, y en la década del setenta tras una escisión en el propio club, el Kaizer Chiefs. En Pretoria, fue el Mamelodi quién elevó ese fútbol a la categoría de arte con su propio sello, el "shoe shine and piano": toques brillantes como zapatos lustrados y pases delicados como teclear un piano.

El salto de identidad llegó a mediados de los ochenta, bajo la conducción del extravagante empresario Zola Mahobe, que empezó a pagar sueldos profesionales reales a jugadores negros y adoptó el amarillo, el verde y el azul de la selección brasileña. El Sundowns se rebautizó "los Brasileros", y el apodo era una declaración de principios, ya que encontraban en el tradicional "jogo bonito" brasilero un espejo en el cual reflejarse. El jugar bonito como forma de existir. Los títulos llegaron rápido, aunque la aventura de Mahobe terminó en escándalo cuando se descubrió que financiaba el proyecto con dinero robado. La semilla, sin embargo, quedó plantada. Durante las décadas siguientes el club fue importante sin ser hegemónico, siempre un paso por detrás de los dos gigantes de Soweto, que concentraban las masas de Johannesburgo y monopolizaban la conversación del fútbol sudafricano.

Esa jerarquía quedó dada vuelta por completo en un movimiento de dos etapas. En 2004, Patrice Motsepe compró el 51 por ciento del paquete accionario y empezó una transformación que tardó casi una década en cuajar. Nacido en 1962 en Soweto, era hijo de comerciantes que pese a las restricciones del apartheid lograron mandarlo a una escuela privada católica y, más tarde, a estudiar derecho. Con apenas unos años de vida, su familia se mudó a Pretoria, y desde ese momento se convirtió en hincha del Mamelodi Sundowns. Se convirtió en el primer socio negro de un estudio jurídico sudafricano y, a fines de los noventa, aprovechó la caída del precio del oro para comprar minas a bajo costo y fundar African Rainbow Minerals, el germen de un imperio que abarcaría oro, platino, hierro y carbón. En 2008 se transformó en el primer africano negro en entrar a la lista de multimillonarios de Forbes, con una fortuna que hoy ronda los tres mil millones de dólares. Su peso excede largamente al deporte: cuñado del presidente sudafricano Cyril Ramaphosa, encarna a la nueva élite negra surgida del fin del apartheid. Cuando compró el Mamelodi, no llegaba a jugar a ser presidente de club, sino con los recursos y la mentalidad para convertir a un equipo de Pretoria en una empresa ganadora.

El arranque de Motsepe como presidente del club fue prometedor pero irregular: un título en 2006 con una dupla técnica que incluyó al argentino Miguel Ángel Gamondi, otro en la temporada siguiente de la mano de Gordon Igesund, y un acercamiento al campeonato en 2009 con Hristo Stoichkov en el banco, que terminó segundo. Después llegaron años opacos, sin actuaciones que terminaran de redondear. El club tenía dinero y ambición, pero todavía no había encontrado la fórmula.

Todo cambió a fines de 2012, cuando Motsepe contrató a Pitso Mosimane y, de cara a la temporada 2013, hizo una inversión fuerte en los mejores jugadores de la liga local. Mosimane, apodado "Jingles", es el nombre propio más importante en la historia reciente del fútbol sudafricano. Nacido en 1964 en Kagiso, un township al oeste de Johannesburgo, fue futbolista antes que técnico: mediocampista de selección, vistió en su carrera las camisetas del Jomo Cosmos, el propio Sundowns y el Orlando Pirates, y emigró al fútbol griego, belga y qatarí en los años en que un sudafricano rara vez cruzaba el océano. Como entrenador se forjó en el SuperSport United, donde ganó tres ligas seguidas, y dirigió a los Bafana Bafana entre 2010 y 2012, justo antes de aterrizar en Pretoria. En el Mamelodi armó el equipo que rompió el molde: ocho años en el cargo, cinco títulos locales, un sinfín de copas y, sobre todo, la primera Liga de Campeones de la CAF del club en 2016, ganada en Alejandría ante el Zamalek. Mosimane demostró que un técnico africano formado en casa podía conquistar el continente sin pasar por Europa, y su sello no fue solo táctico: combinó la presión alta y la circulación moderna con la creatividad heredada de los townships, una versión sofisticada del kasi flava que el club nunca abandonó. Su prestigio trascendió Sudáfrica.  En 2020 lo contrató el Al-Ahly egipcio, el club más laureado de África, y allí ganó dos Champions africanas más en poco más de un año, una marca que lo puso entre los entrenadores más respetados del continente.

Pero Mosimane no fue el único artífice de esta hegemonía. Motsepe había creado la estructura previa: un centro de entrenamiento en Chloorkop que rivaliza con academias europeas, y un sistema de captación que aspiraba el talento sudafricano apenas asomaba. Sólo faltaba el catalizador. Con las piezas encastradas, el Mamelodi se volvió una topadora. Hasta entonces había ganado ocho ligas en toda su historia; desde la temporada 2013/14 sumó diez más, incluidos ocho campeonatos consecutivos entre 2018 y 2025. En esos años acumuló más títulos que el Kaizer Chiefs y el Orlando Pirates juntos, una inversión completa de la vieja jerarquía del fútbol sudafricano.

En el continente conquistó la Champions africana en 2016, ganó la African Football League en 2023 y, esta misma temporada, volvió a levantar el máximo torneo africano al vencer al AS FAR marroquí. La máquina gana dentro y fuera de Sudáfrica con la misma identidad de siempre: el kasi flava que nunca desapareció, solo se sofisticó con presión alta y circulación rápida, ahora sostenida por un plantel cada vez más cosmopolita. Conviven en él el colombiano Brayan León, el chileno Marcelo Allende, el brasileño Arthur Sales y los portugueses Miguel Reisinho y Nuno Santos, una mezcla impensada para un club que hace cuatro décadas competía en ligas segregadas. El Mamelodi es hoy uno de los equipos que mejores sueldos paga en África, y esa capacidad económica explica buena parte de su dominio.

Es por eso que el alcance de Motsepe excede al club. Su importancia política y su ascendencia sobre el fútbol sudafricano y africano lo llevó, auspiciado por Gianni Infantino, a la presidencia de la CAF, la Confederación Africana de Fútbol. La misma confederación que en su momento había expulsado al régimen del apartheid. El equipo que nació para resistir al poder se convirtió, con los años, en el poder mismo. Otra vez, las paradojas del destino.

Esta temporada, por primera vez en ocho años, el Mamelodi perdió la liga. La perdió por un punto, terminó segundo con sesenta y ocho unidades, y el campeón fue, precisamente, el Orlando Pirates, que cortó una sequía de catorce años. Lo notable es la magnitud del esfuerzo que le costó al gigante de Soweto destronar al de Pretoria: los Buccaneers debieron armar un superequipo, completaron un triplete doméstico y aun así vivieron el campeonato como una hazaña épica, sellada en la última fecha de manera insólita, con dos goles en contra de un rival ya descendido. Ese pulso define el momento del fútbol sudafricano. Para frenar al Mamelodi, el otro grande tuvo que construir su propia versión del proyecto del Mamelodi, y la selección recoge los frutos de esa puja: ocho jugadores aporta el Sundowns a la lista de Broos, y otros ocho llegan desde el Orlando Pirates, los dos polos de un mismo ecosistema.

Por eso para Sudáfrica este regreso al Azteca es algo más que un reencuentro nostálgico con México. En 2010, el país era la sede y la selección, el símbolo de una celebración. En 2026, la selección es el reflejo de una estructura de clubes que aprendió a ganar de manera sostenida, encabezada por un equipo que pasó de los townships a la cima del continente. El zumbido de las vuvuzelas quedó en el recuerdo. Lo que define a esta Sudáfrica ya no es el sonido de una fiesta, sino el peso de una hegemonía construida a lo largo de dieciséis años.