La inquietud en que nos mantienen a quienes habitamos la Argentina es enorme. Marchas y contramarchas en lo discursivo, anuncios que se realizan para traer calma y desatan corridas nomás se formulan. El mutismo del Presidente y la ministra de Seguridad ante acontecimientos gravísimos como el secuestro y tortura de una docente en Moreno. El monitoreo –lisa y llana intervención- de funcionarios del FMI cuyas amargas recetas económicas prescinden de las contraindicaciones sociales. Este combo no sólo resta confianza y márgenes de gobernabilidad, sino que presagian estallidos que amenazan la estabilidad democrática.

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Anuncios y pronósticos

Nadie puede soslayar que los anuncios de bonanza económica, control de la inflación, eliminación del impuesto a las ganancias para los salarios, recuperación de las instituciones de la República que se decían perdidas, consagración de una Justicia independiente, promoción de un diálogo político constructivo, respeto por las garantías individuales, pobreza cero, y otros tantos que fueran enunciados en la campaña electoral del 2015 no se han cumplido.

Dejadas de lado esas metas explícitamente o resultando ostensible de los actos de gobierno, se ha dado paso a un –forzado- “sinceramiento” que el Presidente y su Gabinete presentan como fruto de un exceso de optimismo cuando no de un fatalismo imprevisible. Que supondría una ingenuidad –que no los caracteriza- y una ausencia de básicos atributos para gobernar un país –que se adecúa mejor al perfil de quienes ejercen tales responsabilidades-.

Ahora se invoca una crisis, pero eludiendo definirla como la directa consecuencia de la política implementada en estos más de dos años, que dicen poder sortear sin apartarse del rumbo elegido apelando a medidas que no harán más que exacerbarla e incrementar el empobrecimiento de la población.

La reducción del gasto público para alcanzar el “déficit cero”, como sustituto y contrario a la propuesta de “pobreza cero”, no sólo es inviable sino que al implicar la reducción del gasto social y de la inversión en obras de infraestructura, la retracción de la actividad económica, un creciente desempleo acompañado de pérdida del poder adquisitivo de los salarios y con todo ello una abrupta caída del consumo interno, no hará sino agravar el desfinanciamiento genuino del Estado.

El valor del dólar manejado por especuladores, tasas de interés de más del 60% anual, un endeudamiento externo cada vez mayor sin inversión productiva alguna, promueven una inflación desmesurada que coadyuva a la paralización de la Economía con la consiguiente recesión y disminución de la recaudación fiscal.

Otro tanto resulta de la insistencia en el aumento desproporcionado e infundado de las tarifas de servicios públicos esenciales, cuya incidencia es cada vez mayor en los recursos con que deben afrontarlos las familias, agregando un factor más del empobrecimiento general y resultando insostenibles para los sectores más vulnerables a los que simultáneamente se les quita asistencia.

Sensaciones en la calle

La realidad palpable cotidianamente denota un descontento generalizado, un sentimiento de pesar, un futuro que se hace día a día más presente y no es motivo de alegrías o esperanzas de una mejora en la calidad de vida.

Los reclamos populares son de lo más variados, pasando de la queja introspectiva a la acción que se manifiesta permanentemente en las calles, pero que no encuentra satisfacción ni atisbos de la atención que merecen por parte de sus destinatarios.

La emergencia es el estado naturalizado que atraviesa la salud, la educación, el empleo, la niñez y la ancianidad, a tal punto que es objeto de numerosos proyectos legislativos. Los que se traducen en declaraciones o en iniciativas normativas para la adopción de medidas urgentes, que respondan a los efectos perniciosos que hoy se exhiben con toda evidencia y que permiten presagiar una profundización de sus consecuencias negativas.

El cronograma de marchas dirigidas a diferentes agencias de gobierno, determinan un escenario caótico en la gran mayoría de las ciudades y cobran especial notoriedad, por su repercusión mediática, en la Ciudad de Buenos Aires en donde se dice que Dios atiende.

Trabajadores del sector privado y de la economía popular, empleados públicos, jubilados, pequeños y medianos empresarios, cooperativistas, inquilinos desahuciados, son los protagonistas de esas movilizaciones que incluso desbordan a las organizaciones que ostentan sus respectivas representaciones.

Frente a todos ellos no hay diálogo, ni oídos que les presten atención, ni expresión de la más mínima sensibilidad, ni la más elemental declaración que aún como mera formalidad se exige de los funcionarios de las áreas competentes frente a situaciones graves (muertes, secuestros y torturas, peligros de vida inminentes por falta de asistencia sanitaria o desabastecimiento de medicamentos).

Los únicos requerimientos, cada vez más vejatorios, que se atienden son los del FMI que no sólo diseña nuestra política económica, sino que impúdicamente avanza sobre otros espacios reservados a la soberanía de cualquier Estado que se precie de serlo, como las decisiones acerca de la sustitución de la moneda nacional por una divisa extranjera.

Un pasado que se postula irrepetible

La actualidad se nutre de ejemplos que prueban que efectivamente se han producido cambios, por cierto no de aquellos con los que muchos se ilusionaron embaucados por hipócritas ilusionistas.

El desconcierto es básicamente de los propios o de la franja de indecisos que decidieron sumar sus votos al cambio, incluso de los que se resisten a ver lo evidente y siguen apostando a una gestión que sólo ha sido exitosa para unos pocos (familiares, amigos, socios o ideólogos) emparentados con el Mejor Equipo y su Director Técnico.

Se ha llevado al Estado a su mínima expresión institucional, degradando el rango de Ministerios ligados estrechamente a las posibilidades de un desarrollo argentino con capacidad productiva y tecnológica, con equidad y justicia social. No son producto de la casualidad los que resultaron nominados en el desguace estatal, son el resultado de una política de entrega y de la actitud mendicante frente a la usura internacional.

La palabra empeñada en promesas de campaña ningún interés despierta en respetarla, simplemente es sustituida por otras que van desde lo contradictorio a una vacuidad e inconsistencia que supera todo límite concebible, pero que en el fondo delata el verdadero pensamiento que las anima.

Interpretarlas con el afán de asignarles algún grado de veracidad o desde el escepticismo buscarles su real sentido bien vale un acertijo, como el de identificar cuál de las siguientes frases pertenece a Macri o a Micky Vainilla (el artista pop de Capusotto):

La madurez con que estamos recorriendo no la recuerdo antes en nuestro país.

Le doy Like a fotos de niños pobres y comparto frases del Papa y de Ghandi en Facebook.

Debemos seguir trabajando juntos para lograr un crecimiento más inclusivo.

¡Qué horror! Todavía hay pobres, niños hambrientos… ¿Cómo puede ser?

El cambio que hemos abrazado es mucho más que un resultado económico.

Que la alegría no te haga abrazar con cualquiera.

Así como Gabriela dijo que es el momento para que todos los argentinos nos pongamos de pie, yo creo que ha llegado la hora de hablar claro.

Si nos cuesta tanto convivir. ¿Por qué no nos separamos del todo?

El túnel y la luz

El empecinamiento en continuar con el mismo rumbo no es fruto de le necedad sino de un propósito planteado desde un principio, y de un mandato recibido no sólo dirigido a la Argentina, erradicar toda alternativa de reinstaurar un gobierno que responda a los intereses nacionales y populares.

En el campo político se reducen vertiginosamente las probabilidades de una reelección de Macri pero también las de cualquier otro candidato perteneciente a la Alianza Cambiemos, lo que explica algunos ejercicios alquimistas con ciertos componentes que conforman el Peronismo y que, como los ranchos, en su estructura no sólo tiene barro sino también bosta.

En previsión de un futuro escenario hostil para el desenvolvimiento del Capital concentrado, es que se vienen adoptando urgentes acciones depredatorias condicionantes del funcionamiento del Estado, acelerando el nivel de endeudamiento externo, la fuga de activos financieros y el intento de dolarizar la Economía.

Con igual sentido previsor se promueven aceleradamente cambios en la composición del Poder Judicial, tanto en los tribunales federales como en la Corte Suprema.

Emulando indignamente el éxodo jujeño, se pergeña una política de tierra arrasada que coloque en un absoluto condicionamiento al gobierno que surja de las elecciones del 2019.

Si bien dicen que hay luz al final del túnel, a diferencia de quienes afirman que hay otra vida, no nos aclaran que resultará carísima.

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