En el contexto de guerra actual en Irán, no todo se explica en Medio Oriente y mucho menos en el corto plazo. Hace casi 47 años, en el soleado 20 de junio de 1979, el entonces presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, inauguró la instalación de paneles solares en uno de los techos de la Casa Blanca. La tecnología que instaló el demócrata iba a ser retirada por su sucesor republicano, Ronald Reagan. Por las vueltas de la historia, esas piezas terminaron descansando en un rincón del Museo de Ciencia y Tecnología de China, país que ahora lidera la producción de estos paneles de vidrio y silicio.
Este hecho anticipó, mejor que cualquier otro, la actual guerra fría entre las dos superpotencias. Carter había sugerido entonces que ese camino de la innovación podría ser una "aventura emocionante" hacia la independencia energética o podría terminar en algún museo. Reagan se quedó con la segunda opción. Casi cincuenta años después, la historia completa su círculo más irónico: mientras Estados Unidos, bajo el regreso de Donald Trump, redobla su apuesta por los hidrocarburos del siglo XX, China se electrifica y Xi Jinping convierte aquel "camino no tomado" por Washington en la base de su hegemonía industrial. Se trata de dos formas distintas de cubrirse en momentos críticos.
Hoy, mientras el mundo vive conflictos en todas partes del globo y con una potencial mega guerra con chances de estallar, las decisiones del pasado juegan en el presente, y particularmente en la disputa hegemónica entre Washington y Beijing.
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La semana pasada vimos una escalada en la guerra en Medio Oriente a partir de nuevos ataques contra infraestructura energética, provocando un aumento en los precios del petróleo. Irán acusó entonces a Israel de atacar sus instalaciones en el yacimiento de gas de South Pars, uno de los mayores del mundo, y en represalia, Teherán prometió ataques contra objetivos de petróleo y gas en todo el Golfo, lanzando misiles contra Qatar y Arabia Saudita. Las infraestructuras energéticas se vuelven, como dijo Irán, "objetivos legítimos". Una visión que se replicó en otros conflictos como el caso de Ucrania y que es contraria al derecho internacional.
La administración estadounidense no solo dice estar cubierta frente a esta coyuntura, sino también dice estar ganando con ella. "Estados Unidos es, con mucha diferencia, el mayor productor de petróleo del mundo, así que cuando suben los precios del petróleo, ganamos mucho dinero", dijo días atrás Trump en Truth Social.
En sus dos administraciones, Trump ha desestimado las energías renovables y puso su atención en los combustibles fósiles. Por eso, desde el inicio de la guerra sus medidas se centraron en esta área buscando morigerar el impacto de la guerra sobre los precios. En concreto, Estados Unidos ,11 de marzo, anunció que liberaría 172 millones de barriles de petróleo de su Reserva Estratégica. El mandatario también reiteró, el lunes 16 de marzo, su llamado a las naciones para que ayuden a desbloquear el estrecho de Ormuz y se quejó de que algunas no se mostraron muy dispuestas a brindar ayuda a Washington.
De su lado, China se muestra particularmente vulnerable porque a la inversa de EE.UU. es el mayor país importador mundial de petróleo y gas natural licuado (GNL). Y por ejemplo, el petróleo que pasa por el estrecho de Ormuz en gran parte se exporta a Asia. En particular, la mayor parte del petróleo iraní, e incluso hay que decir que el venezolano, eran importados por China. Dos países que ahora, por motivos distintos, no pueden sostener el mismo flujo.
Por eso, la estrategia de Beijing respecto a la guerra en Irán viene siendo la de llamar a desescalar, como expuso este mes -una vez más- la Cancillería. "La situación en Oriente Medio ha perturbado la seguridad energética mundial. Los países involucrados deben cesar de inmediato las operaciones militares para evitar que la inestabilidad regional tenga un mayor impacto en el desarrollo económico global", dijo hace dos semanas Lin Jian, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China.
Pero esa visión de que China está siendo golpeada de lleno es, cuanto menos, parcial, ya que especialistas señalan que Beijing se preparó de distintos modos para no estar completamente expuesta a crisis de este tipo.
Estados Unidos: la apuesta por la autosuficiencia mediante el fracking y la exportación masiva
La vuelta de Trump a la Casa Blanca no es solo un cambio de nombres o de un partido; es la restauración de la “coalición del carbón”, como la denominó en 2021 Mark Blyth, profesor de Economía Internacional en la Universidad de Brown, Estados Unidos. El especialista definió que ese pacto político y económico, que dominó EE.UU. entre 1932 y 1970, unía a los trabajadores industriales, los empresarios petroleros y el sector del agro en un modelo de crecimiento ampliamente dependiente e intensivo en combustibles fósiles.
La actualización de esa “coalición” es clara y hoy, la energía es una cuestión de supervivencia y dominación. Con el eslogan “Drill, baby, drill” (“Perfora, bebé, perfora”), la administración Trump, desde su primer mandato, busca aprovechar que el país del norte es el mayor productor mundial de petróleo para inundar el mercado internacional. Y en tiempos de guerra como el actual contra Irán, mientras parte de los principales países productores de “oro negro” en el golfo Pérsico están involucrados en la contienda que atasca los barcos en puntos cruciales como el estrecho de Ormuz -por donde pasa cerca del 20% del petroleo mundial-, y tras la captura de Nicolás Maduro de la nación con las mayores reservas de petroleo comprobadas, el escenario no puede ser más oportuno para Washington, al menos en el corto plazo.
Pero la lógica de Trump es bastante simple y sigue siendo la misma: si el petróleo es barato, la industria nacional revive. Aunque esta visión, como señaló Blyth, en la revista Foreign Policy, choca con la realidad de una economía estadounidense dividida en dos. 1) El Estados Unidos del carbón: que dependen del fracking, el acero y la minería, que ven en las renovables una amenaza a su existencia. 2) Y la nación del Norte del post-carbón: los centros tecnológicos y financieros que ven en el cambio climático un riesgo sistémico y en la electrificación una oportunidad de mercado que EE.UU. está perdiendo frente a Asia.
Y a nivel externo, Trump proyecta poder a partir del petróleo; siendo el mayor exportador puede usar esto como un arma de presión, a la vez que solo en este año quedó claro que está dispuesto a librar cualquier combate -literalmente hablando- para hacerse con reservas como la venezolana.
Pero en el largo plazo, el escenario de la guerra en Irán no luce tan claramente auspicioso. Los pronósticos que alertan a la administración Trump sobre posible destrucción de la demanda -esto es, países que hoy compran a EE.UU. podrían buscar otros proveedores o incluso otras fuentes de energía- se multiplican. Así lo expresaron esta semana diferentes diplomáticos internacionales y empresarios de la energía al medio Político, en la previa del CERAWeek, la mayor conferencia de energía del mundo.
Entonces, la coyuntura actual para Estados Unidos ¿es favorable o puede tener efectos negativos? Un escenario de recesión leve -o no tanto- es lo que mencionan algunos especialistas. Por ejemplo, Ken Medlock, director sénior del Centro de Estudios Energéticos de la Universidad de Rice, en Houston, Texas, señaló este mes en diálogo con la agencia Reuters: "Y esos consumidores se ven afectados negativamente por los altos precios. Esto repercutirá negativamente en el poder adquisitivo y el gasto de los consumidores. De hecho, retrasará ciertas inversiones en sectores industriales con alto consumo energético, lo que tendrá repercusiones negativas para el PBI”. Y agregó: “Por lo tanto, esto significa que Estados Unidos podría experimentar una recesión. Probablemente sería una recesión relativamente leve, si llegara a producirse, pero sin duda no se producirá un auge económico como resultado de la situación actual en Estados Unidos”.
Por su parte, el economista jefe de la calificadora de riesgo Moody’s Analytics, Mark Zandi, advirtió que Estados Unidos podría entrar en recesión en los próximos 12 meses, ya que los altos precios de la energía, vinculados a la guerra en Irán, podrían presionar aún más un mercado laboral ya debilitado. Y agregó textualmente que "todas las recesiones desde la Segunda Guerra Mundial, salvo la recesión pandémica, han estado precedidas por un repunte en los precios del petróleo".
China: La apuesta por la seguridad nacional con la diversificación y las renovables
Mientras Trump mira hacia el subsuelo, Xi Jinping mira hacia la red eléctrica. China entendió que una de sus vulnerabilidades geopolíticas es la dependencia del petróleo importado que cruza el estrecho de Ormuz, un cuello de botella propenso a crisis y bloqueos como la actual. Pero la estrategia de Beijing no es una sola; desde la guerra en Ucrania y las sanciones de las potencias occidentales contra Rusia, reforzó su alianza con Moscú en términos políticos pero también energéticos al punto de que en enero se convirtió en su principal comprador.
Por otro lado, convirtió la electrificación casi como una doctrina de seguridad nacional. Los académicos de la Universidad de Columbia, Erica Downs y Jason Bordoff, en la revista Foreign Policy, sostuvieron este mes que "el impacto inmediato de esta crisis pone de manifiesto la dependencia de China del petróleo y el gas de Oriente Medio. Pero también subraya la premeditación con la que Beijing se ha preparado para un mundo en el que la seguridad energética es inseparable de la geopolítica: electrificando su economía, asegurando fuentes energéticas nacionales, acumulando reservas y dominando las cadenas de suministro de tecnologías limpias".
Los especialistas aseguran en esa publicación que el núcleo de esta política china es la electrificación: alejar una mayor parte de la economía del consumo directo de petróleo y gas. Por ejemplo, más del 30% del consumo final de energía en China proviene ahora de la electricidad, en comparación con poco más del 20% que es el promedio a nivel mundial. Además, Beijing evita el crecimiento de su demanda de petróleo desde 2019 gracias a, por ejemplo, que más de la mitad de sus autos vendidos son eléctricos.
Y a la vez que se reconvierte, se posiciona como un proveedor clave en equipos de energías renovables, al punto que hoy China produce el 80% de los paneles solares del mundo. Otros puntos en los que trabaja el gigante asiático, según comentan los analistas, es en generar la mayor parte posible de su electricidad a partir de fuentes domésticas. El problema ahí es que además de las renovables, China todavía apuesta al carbón.
En tanto, el doctor en Relaciones Internacionales y coautor del libro La disputa por el poder global, centrado en China y Estados Unidos, explicó en la red social X que desde hace ocho años —un periodo que incluye la guerra comercial entre Washington y Beijing de 2018, la pandemia de COVID-19, la guerra en Ucrania y la segunda guerra comercial de Trump 2.0— los funcionarios chinos vienen imaginando cómo hacer funcionar la segunda economía del mundo mientras las principales cadenas de suministros se quiebran.
"La estrategia ha sido un mix de diversificación de mercados, máxima autosuficiencia posible (con la transición a renovables) y gran acumulación de stocks. En la era del 'shock tras shock', Beijing es cada vez menos vulnerable a los episodios disruptivos. Se sacrifica eficiencia por seguridad. Ese es el lema de la nueva globalización. La guerra de Ormuz actual es el gran ejemplo de los resultados", dijo Actis en X.
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Y agregó que, mientras gran parte de Occidente y países de Asia siguen con una lógica de continuar haciendo negocios sin cuestionamientos, y muchos de sus líderes se despiertan de la noche a la mañana percibiendo que su seguridad energética depende de una o unas pocas rutas logísticas, China continúa reduciendo riesgos globales.
De todas formas, así como Occidente sufre con los vaivenes de los precios del crudo por las guerras en Medio Oriente, China no sale indemne. Pero su diferencial es la diversificación con la que viene preparándose -otro ejemplo, construye el 50% de los reactores nucleares del mundo, como señalaron Downs y Bordoff- y de esta forma su economía puede seguir girando.
El abaratamiento tecnológico ¿cambia la pregunta?
El conflicto actual pasó de una competencia comercial a uno de seguridad (y hasta por momentos, ideológico). Chris Wright, el secretario de Energía de Trump, por estos días se mostró tajante: la prioridad es la "seguridad energética" frente a lo que llamó el "empobrecimiento energético" de las renovables. Esta postura de Washington es abiertamente un choque con organismos como la Agencia Internacional de la Energía (AIE), de la cual Trump amenaza con retirarse si no se vuelve a centrar en los combustibles fósiles.
En los últimos años, la AIE, con sede en París, creada en 1974 tras la crisis del petróleo, publicó varios informes que prevén el declive de las energías fósiles y el auge de las renovables, pero el año pasado señaló que Estados Unidos está en un camino distinto. Bajo la administración Trump, Washington alcanzaría un 35% menos de capacidad en energía renovable para 2035 comparado con las previsiones del informe de 2024. Es decir, baja la incidencia de las renovables en su cartera energética.
Hoy el panel solar de Carter en un museo chino es el recordatorio de una oportunidad perdida. Ahora Trump apuesta a que el "oro negro" lo mantendrá a flote a él y a la vieja coalición industrial, mientras Xi Jinping construye un futuro por momentos ambiguo; donde los electrones chinos dictan las reglas del juego sin terminar de desprenderse del milenario carbón.
El especialista en políticas climáticas Bill McKibben, que contribuye en la revista New Yorker, escribió la semana pasada que "la guerra de Irán es otra razón para abandonar el petróleo" y se preguntó: "¿Y si el dron es a la guerra lo que el panel solar es a la energía?", trazando un paralelo entre los drones, que son más accesibles económicamente que otros armamentos, y la tecnología para la transición energética que también ofrece opciones que denomina más económicas. Desde hace unos años la pregunta parece ya no ser qué país tiene más energía, sino cuál de ellos tiene la tecnología para dejar de depender de la geografía.
