Cuando el deporte es invisible

La "Corsa di Miguel” celebró el último domingo en la capital italiana su edición número 26. En Roma corriendo por una ciudad "más justa y bella". Miguel es un atleta tucumano desaparecido en dictadura y su memoria sigue vigente.

23 de enero, 2025 | 00.05

 “Esta carrera se celebra desde hace muchos años para recordar a Miguel y a los desaparecidos, y la necesidad de no aceptar ninguna forma de revisionismo hacia los crímenes de lesa humanidad”. El que habla es el alcalde de Roma, Roberto Gualtieri, músico e historiador, político del Partido Democrático (PD), opositor a la derecha dura de Giorgia Meloni, primera ministra de Italia. Y “Miguel” es Miguel Sánchez, el atleta tucumano desaparecido durante la dictadura en Argentina. La “Corsa di Miguel” celebró el último domingo en la capital italiana su edición número 26. Diez mil personas en el Foro Itálico. Corriendo “por una Roma más justa y bella que lucha con fuerza contra todo racismo y discriminación”, dice Gualtieri y cierra su discurso breve: “Viva Miguel, viva la paz, la democracia y los derechos humanos”. ¿Todos zurdos? ¿A todos ellos correrá el presidente argentino multipremiado por foros que no dicen una sola palabra sobre sus amenazas a la libertad y a la diversidad?  

El impulsor de la Corsa di Miguel es el periodista italiano del diario La Gazzetta dello Sport Valerio Piccione, que se enteró sobre la vida del atleta desaparecido en una visita a Buenos Aires en 1998, gracias al libro “El terror y la Gloria” que compró en la avenida Corrientes sobre el Mundial 78 y que tenía unas pocas líneas sobre Miguel. Lo conmovió saber que el atleta escribía poemas. En la web encontró más material sobre Miguel y al año siguiente, 1999, buscó teléfonos en la guía y llegó en micro hasta Bella Vista, a unos 25 kilómetros de San Miguel de Tucumán, la casa natal de Miguel Sánchez, cuarenta grados de calor, pero secundarios ante la emoción de conocer a Elvira Sánchez, que le preparó un mondongo y finalmente le facilitó el diario que escribía Miguel. Entrevistó más gente. Pensaba en un libro. Ya se había conmovido escribiendo en su viaje a Sarajevo de 1995 sobre la Yugoslavia explotada en guerra interna. Corriendo en Kosovo. Y acompañando al maratonista Pino Papaluca en una travesía entre Jordania e Irak para denunciar a Saddam Hussein. Valerio se dio cuenta que la mejor manera de recordar a Miguel no era un libro, sino correr. 

En 2000 organizó la primera Corsa di Miguel en Roma. Todo a pulmón. Con la policía en la puerta exigiendo permiso para realizar la carrera y apenas 353 inscriptos. Hay que ver imágenes de la carrera del domingo. Diez mil atletas. El alcalde de Roma. “Desde los dos a los noventa años”, tituló el lunes el diario La Repubblica, con una foto en la que Rigivan Ganeshamoorthi (conocido como Rigi), medalla dorada italiana en el disco de los últimos Juegos de París posa junto con Martín Sharples, rugbier del Club Porteño, atleta argentino que corre con prótesis o silla de ruedas, desde que en 1993 perdió su pierna izquierda cuando un camión lo atropelló con su moto en la Ruta 8, militante además por los derechos humanos.  

La Corsa di Miguel alcanzó una fuerza que supera hoy a La Carrera de Miguel en Buenos Aires, bajo alcaldes y ahora un gobierno nacional desinteresados en la memoria, en medio de discursos negacionistas y hasta proyectos para sacar de la cárcel a los genocidas. Además de los militantes del olvido, La Carrera de Miguel no es un negocio de zapatillas con logo. Es casi una carrera invisible. Como fue el secuestro de Miguel el 9 de enero de 1978 en su casa de Berazategui, días después de correr por tercera vez la tradicional prueba brasileña San Silvestre, siempre bajo la guía de Osvaldo Suárez, tricampeón de esa carrera, candidato a ganar oro olímpico en los Juegos de Melbourne 56, hasta que otra dictadura arruinó su sueño, porque cometió el pecado de ser campeón en tiempo de Perón.    

Casi ningún resumen del fin de semana deportivo nos habló estos días de la Corsa di Miguel. Los programas deportivos están ocupados con Boca, River, la Champions, Messi, Keylor Navas, Neymar. Y la gran escena está ocupada porque Donald Trump, un condenado por la justicia, asumió otra vez como presidente de Estados Unidos, en una ceremonia que tuvo como gran representante del deporte a Dana White, la cara del espectáculo de la lucha libre y su variante de las artes marciales mixtas que nos trasmite la TV de cable, los peleadores enjaulados que se golpean de modo salvaje, gran metáfora de estos tiempos modernos. Muchas veces la crónica no es lo que se dice sino lo que se omite. Se omite a Miguel como se omite en el acuerdo de alto el fuego a la Gaza devastada. No queda allí casi nada en pie, además de 46 mil muertes y más de cien mil heridos. Y a su deporte obviamente devastado.

Un total de 715 atletas muertos, sin contar los que puedan encontrarse de ahora en más bajo los escombros. De ellos, 315 eran jugadores de fútbol, desde alguna leyenda y un goleador record hasta un joven que prometía. La barbarie añade 286 instalaciones deportivas destruídas, estadios, gimnasios y clubes. Un mundo invisible. Y, peor aún, también amenazado. Un mundo en el que todos los que piensan distinto son “zurdos de mierda”.