Parece uno de los gestos más simples de la rutina diaria, pero hacerlo mal puede arruinar por completo la salud de tu piel. Lavarse la cara con agua muy fría es un error más común de lo que parece. Durante años se creyó que el frío "despertaba" la piel o cerraba los poros, pero las dermatólogas coinciden en que esta práctica no solo no ayuda, sino que hace menos eficaz la limpieza facial.
La doctora Andrea Combalia, dermatóloga y autora de Piel sana in corpore sano, lo explica claramente: "Lavar la cara con el agua muy fría desde el principio puede minimizar el efecto de la limpieza facial porque hace más difícil retirar los residuos". El frío contrae la piel y endurece la grasa, lo que impide que el limpiador actúe correctamente.
La temperatura ideal para lavarse la cara
Si el agua muy fría es un problema, el agua muy caliente tampoco es la solución. Los expertos advierten que el calor extremo retira los lípidos epidérmicos, que son parte esencial de la barrera cutánea. Esto puede dejar la piel desprotegida, irritable y más propensa a la sequedad.
Entonces, ¿cuál es la temperatura correcta? Los especialistas tienen la respuesta. Según el doctor Ricardo Ruiz Rodríguez, de la Clínica Dermatológica Internacional, la temperatura ideal del agua se sitúa entre los 28 y los 30 grados centígrados. Es el punto justo donde el agua está tibia, permite que el jabón o gel actúen eficazmente y facilita el enjuague completo sin causar enrojecimiento ni tirantez.
Más allá de la temperatura: los errores que dañan la piel
La temperatura del agua es solo una parte de la ecuación. Los expertos advierten que la limpieza facial sigue siendo el gran fallo en muchas rutinas. Uno de los problemas más comunes es no utilizar los productos adecuados en el momento preciso. Se estima que un 60% de las personas opta por soluciones rápidas como solo jabón o agua micelar, que resultan insuficientes si hay maquillaje o protector solar de por medio.
La doble limpieza: un paso clave
Los dermatólogos recomiendan adoptar la doble limpieza, un básico de la rutina coreana. La piel acumula dos tipos de impurezas: unas solubles en agua y otras en grasa. Por eso, lo ideal es:
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Primer paso con producto oleoso: para disolver el maquillaje, el protector solar y el exceso de sebo.
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Segundo paso con producto acuoso: para limpiar en profundidad y eliminar el resto de impurezas.
La experta Charlotte Cho, divulgadora de la cosmética coreana, señala que estos limpiadores oleosos están formulados para enjuagarse fácilmente con agua tibia, justo a la temperatura recomendada.
El secado: un detalle que importa
La forma en que te secás la cara también influye. Secar con fuerza y arrastrando la toalla rompe la barrera cutánea y puede generar irritación. Lo correcto es usar una toalla limpia y dar pequeños toques, sin frotar. Lo ideal es dejar la piel ligeramente húmeda para aplicar inmediatamente el siguiente producto de la rutina (tónico, esencia o sérum), aprovechando esa humedad para una mejor absorción.
Los hábitos que más envejecen la piel
No retirar bien la suciedad acumulada tiene consecuencias visibles. La farmacéutica Aina Salom advierte que no lavarse bien la cara envejece la piel y la deja opaca. La suciedad, el sudor y la contaminación generan estrés oxidativo y favorecen la aparición de arrugas y manchas.
Entre los errores más comunes están:
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No lavarse las manos antes de tocar el rostro: las bacterias se transfieren y pueden provocar brotes.
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Aplicar el limpiador directamente sobre la cara sin emulsionarlo antes: hay que transformarlo en espuma en las manos para evitar fricción.
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Dormir maquillada: es uno de los hábitos más dañinos, porque impide que la piel se regenere durante la noche y puede llevar a una inflamación crónica y pérdida de colágeno.
MÁS INFO
Paso a paso para una limpieza facial efectiva
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Empezá siempre con agua tibia (entre 30 y 35 grados) y mojá bien el rostro.
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Emulsioná el jabón en las manos hasta formar una ligera espuma y repartilo con movimientos suaves durante al menos 30 segundos.
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Aclará también con agua tibia, asegurándote de no dejar residuos.
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Secá con una toalla limpia dando pequeños toques, sin arrastrar.
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Con la piel aún húmeda, aplicá el siguiente paso de tu rutina.
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Si usás maquillaje o protector solar resistente, repetí el proceso con doble limpieza por la noche.
