Cuidar sin atar: el cambio que revoluciona el tratamiento de la demencia y mejora la calidad de vida

Los especialistas subrayan los riesgos de inmovilizar a las personas con deterioro cognitivo y promueven un enfoque centrado en el paciente, que prioriza su autonomía y la comprensión de sus necesidades.

07 de abril, 2026 | 14.51

Aunque durante años fue considerada una práctica habitual en los centros de salud, el uso de sujeciones físicas en el cuidado de las personas con demencias comenzó ahora a ser cuestionado en profundidad. Este cambio de paradigma se da en un contexto en el que la violencia institucional, muchas veces invisibilizada, incluyen prácticas que limitan la libertad y afectan la dignidad de las personas.

Durante décadas, atar o inmovilizar pacientes fue entendido como una forma de protección frente a caídas o conductas difíciles de manejar. Sin embargo, en la actualidad existe un creciente consenso en que estas medidas no solo no resuelven los problemas de fondo sino que pueden agravarlos, generando mayor ansiedad, desorientación y riesgos físicos.

En los últimos años, desde la gerontología se impulsa una transformación hacia un modelo centrado en la persona. Este enfoque propone comprender la singularidad de cada individuo, su historia de vida, sus preferencias y capacidades, en vez de limitarse a controlar las conductas consideradas problemáticas. En ese marco, el cuidado sin ataduras surge como una consecuencia lógica de una nueva manera de entender el acompañamiento.

El entorno como clave del cuidado

Los especialistas coinciden en que el ambiente cumple un rol fundamental en la calidad de vida de las personas con demencia. Las condiciones físicas y sociales pueden funcionar como facilitadores o como desencadenantes de conductas asociadas a la desorientación o la ansiedad. Muchas de las conductas que suelen motivar el uso de sujeciones responden a necesidades no comprendidas: dolor, miedo, falta de estímulos o dificultades para interpretar el entorno pueden estar detrás de episodios de agitación o de resistencia.

En esa línea, adaptar los espacios resulta prioritario. Mejorar la iluminación, eliminar obstáculos, favorecer la movilidad segura y sostener rutinas conocidas son algunas de las estrategias que permiten reducir riesgos sin recurrir a la inmovilización.

Datos de la Sociedad Argentina de Gerontología y Geriatría indican que más del 80% de los residentes pueden mantener o incluso mejorar su nivel de autonomía cuando se implementan intervenciones adecuadas, incluso en enfermedades progresivas.

El caso de Residencia Manantial es un fiel reflejo de este nuevo enfoque más humano. Es la primera institución de América Latina en acreditarse como Centro Libre de Sujeciones por la Confederación Española de Organizaciones de Mayores (CEOMA), una organización referente a nivel internacional en este modelo. "Cuando uno se levanta constantemente, grita o se resiste a un cuidado, muchas veces estamos frente a una necesidad no comprendida: dolor, miedo, desorientación o simplemente falta de estímulos significativos", señaló el gerente institucional, Gastón Ríos.

Comprender antes que controlar

El nuevo enfoque también propone un cambio conceptual. Se trata de dejar de ver las conductas como problemas a erradicar y comenzar a interpretarlas como formas de comunicación. Desde esta perspectiva, cada reacción expresa una necesidad que debe ser comprendida.

“Cuando el entorno y las prácticas se adaptan a la persona, muchas de las conductas dejan de aparecer o disminuyen significativamente”, explican los especialistas. Esto implica respetar los tiempos individuales, anticipar las acciones en actividades cotidianas como el baño y promover propuestas que resulten significativas.

Además se priorizan las intervenciones no farmacológicas y se desalienta la idea de que inmovilizar garantiza mayor seguridad. El modelo también puede trasladarse a los hogares, donde familiares acompañan a personas con deterioro cognitivo. Con ajustes en el entorno y en las rutinas, es posible construir espacios más seguros y respetuosos sin necesidad de restringir el movimiento.

Este cambio de paradigma no depende únicamente de técnicas específicas, sino de una transformación más profunda en la forma de entender a los cuidados. Implica formación, trabajo en equipo y una mirada que coloque a la persona en el centro de las decisiones.