La casa de paja y barro que construyó una mujer en Córdoba: los secretos de la bioconstrucción

Jésica dejó el conurbano bonaerense para vivir con su hijo en una vivienda sustentable hecha a mano con materiales naturales.

26 de abril, 2026 | 18.40

En las tranquilas sierras de Córdoba, lejos del ruido y la prisa de la ciudad, Jésica Belletti decidió transformar su vida radicalmente. Abandonó el ajetreo del conurbano bonaerense y se propuso construir con sus propias manos una casa de barro, paja y madera, donde vivir junto a su hijo en plena armonía con la naturaleza.

Durante años, Jésica residió en Berazategui, en el sur del Gran Buenos Aires, enfrentando la rutina monótona y los tiempos ajustados que imponen las grandes ciudades. Sin embargo, el deseo de una existencia más simple y consciente, conectada con el entorno natural, la impulsó a buscar un cambio profundo.

 

Su destino fue Traslasierra, una región cordobesa reconocida por quienes apuestan a estilos de vida alternativos. Allí, rodeada de montes nativos y caminos de tierra, Jésica comenzó desde cero el proyecto de su hogar, sin experiencia previa en construcción tradicional, pero con una fuerte determinación.

Cómo es la bioconstrucción

Eligió la bioconstrucción, una técnica que privilegia materiales naturales, locales y de bajo impacto ambiental. En lugar de cemento y ladrillos industriales, empleó barro, paja, madera, arena y cal, combinados a través de métodos artesanales como el quincha y el cob, que entrelazan barro y fibras vegetales para asegurar resistencia y aislamiento térmico.

El proceso fue lento y consciente, respetando los tiempos de secado y las condiciones climáticas propias del lugar. Como explica Jésica, “no se trata de levantar rápido, sino de entender cada etapa, escuchar al entorno y adaptarse a él”. Su casa no solo se construyó sobre la tierra, sino con la tierra misma.

El resultado es una vivienda sencilla y funcional, con paredes gruesas de barro que mantienen una temperatura estable todo el año, techos de madera y aberturas ubicadas para aprovechar al máximo la luz natural. No cuenta con lujos tradicionales, pero ofrece silencio, aire puro y autonomía, con sistemas para reducir el consumo energético y recolectar agua de lluvia.

Más que una construcción, la casa refleja el esfuerzo y aprendizaje de Jésica, donde cada decisión tuvo un sentido profundo. “Era la vida que estaba buscando”, afirmó, destacando que la bioconstrucción le permitió no solo levantar un hogar, sino también redefinir prioridades y educar a su hijo en contacto directo con el trabajo manual y el tiempo natural.

La experiencia de Jésica se está replicando en distintos rincones del país, donde cada vez más personas abandonan la ciudad para apostar por una vida más simple, sustentable y alineada con sus valores. 

La bioconstrucción permite ahorrar dinero y hacer una vivienda de manera más sencilla.