Según cifras del último informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos, la desocupación en Argentina alcanzó el 7,5% en el cuarto trimestre de 2025, lo que marca una suba interanual de 1,1 puntos porcentuales. En la realidad esos números se traducen en dos fenómenos concretos paralelos: por un lado, casi 1,7 millones de personas que no encuentran trabajo y, por otro lado, la profundización del cuentapropismo, tendencia que ha alcanzado un nuevo pico desde la pandemia llegando al 24,7% de los ocupados, tal como advierte un reciente estudio de Politikon Chaco en base a la EPH.
En contextos de crisis donde el trabajo formal se contrae, lo que emerge no es necesariamente el desempleo visible, sino una expansión de modelos laborales más inestables, con menos protección y salarios más bajos. Se puede entender como una señal de alerta, reflejando una adaptación forzada del mercado laboral ante la situación económica. La figura del “emprender”, que solía promocionarse como una elección vocacional, autónoma o sinónimo de éxito, se ha convertido para muchos en una estrategia de supervivencia.
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Pero además, al ser un hecho económico, social e histórico, lo que se vive en el plano laboral genera efectos en la subjetividad y termina moldeando a las personas, sus comportamientos, elecciones y vínculos. Como hace tiempo no pasaba, en la Argentina libertaria, ha irrumpido en la escena el miedo a quedarse sin trabajo. Una encuesta reciente de la consultora Argentina Opina indica que el 67% de los argentinos teme perder su empleo, el valor más alto desde la asunción de Javier Milei. Si bien esta emoción puede ser difusa y se presenta con matices, a escala colectiva empieza a mostrar efectos concretos en la forma en que se organiza la vida cotidiana y comunitaria. La amenaza de sumarse al ejercito de desocupados exalta el individualismo, la competencia y la hostilidad social en detrimento de la solidaridad.
El miedo como forma de gobierno
En este punto, el dato económico de desempleo se vuelve sociológico por su potencia relacional y social. El miedo a perder el trabajo no solo describe una situación, sino que produce efectos concretos en los comportamientos de quienes aún conservan su fuente de ingreso. La precariedad y la flexibilidad laboral exponen a las personas, las dejan indefensas y, por ende, funcionan como un mecanismo de disciplinamiento que no necesita imponerse de manera directa para ser eficaz. La sensación de amenaza constante, la posibilidad de quedar afuera, actúan como violencias que se ejercen contra los sujetos y producen una angustia traumática que organiza anticipadamente la conducta: reduce la disposición a cuestionar, a negociar condiciones o a sostener conflictos.
En términos concretos y materiales, este miedo se traduce en una mayor adaptación a las exigencias del entorno laboral, incluso cuando esas demandas implican retrocesos en derechos o condiciones, o el deterioro de la calidad de vida. El Dr. Nicolás Papalia, abogado y psicólogo, lo describe con precisión: “El miedo a perder el trabajo no sólo afecta lo que una persona siente sino cómo se comporta en su vida cotidiana. En el plano laboral tiende a aumentar la presencia y el cumplimiento pero a costa de reducir la creatividad, la iniciativa y la posibilidad de cuestionar decisiones. Se trabaja más desde la necesidad de no perder que desde el deseo de crecer”.
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Este desplazamiento implica una transformación en la relación con el trabajo: ya no se trata de un espacio de desarrollo o proyección, sino de un territorio que debe ser sostenido bajo condiciones adversos o cada vez más exigentes. Consecuentemente esto también afecta la relación con los compañeros, vistos como enemigos, sobre quienes recae un manto permanente de sospecha o desconfianza. Esta distancia, que se vive como protectora, es la cara visible del “sálvese quien pueda” o el famoso “no te metas”, que funcionó en la última dictadura cívico militar como forma de control social. Por miedo a perder el trabajo muchas personas tienden a ignorar o desentenderse de la suerte de los otros.
Autoexigencia, control y subjetividad
Al mismo tiempo las formas contemporáneas del trabajo, enmarcadas en el creciente cuentapropismo y el proceso generalizado de “uberización”, profundizan el proceso por el cual se traslada el control, la exigencia, la culpa o responsabilidad hacia el propio individuo. Como plantea Byung-Chul Han, en “La Sociedad del cansancio", la lógica actual de la autoexigencia permanente se ha naturalizado al punto que ya no se necesita de una imposición externa de rigor y disciplina. Como explica el especialista Papalia, “ese miedo se transforma en auto exigencia permanente. El control deja de venir de afuera y pasa a operar desde adentro como una voz que empuja a rendir más, a no fallar y a no mostrarse vulnerable. Las personas se adaptan más, se quejan menos y toleran situaciones que en otros contextos cuestionarían. Pero ese orden no está basado en el compromiso sino en la amenaza”.
La auto esclavitud se traduce en prácticas cada vez más extendidas y frecuentes: disponibilidad constante; dificultad para desconectar; culto al multitasking; reducción de los tiempos de descanso y disfrute; auto optimización constante con el fin "mejorar el perfil"; o construcción de una imagen de éxito válida que niega las vulnerabilidades y fracasos. El miedo, en este contexto, se internaliza, se hace carne y se vuelve un motor constante que empuja a cada persona a rendir al máximo de su potencial, más allá del programa social y económico, bajo la ilusión de que lo que sucede depende exclusivamente de nosotros, la capacidad de resiliencia y nuestra voluntad.
Mientras, ya no hay lugar ni posibilidad de diseñar o imaginar un cambio político o una mejora estructural de las condiciones, el foco recae en el cambio subjetivo y la retórica de que para alcanzar el éxito, el dinero, la salud y la felicidad solo debemos esforzarnos en cambiarnos a nosotros mismos. El sindicato, la Unidad básica, el centro comunitario o el comedor del barrio no tienen lugar ni sentido en un modelo que propone el sacrificio individual y la competencia como única forma posible de vida social. De ahí que, tal como se registra en la realidad local, los efectos socio políticos del desempleo y la precarización se trasladan a la trama colectiva en forma de desarticulación, desmovilización social, el quiebre de la organización colectiva, y el desguace de la base comunitaria.
De la oficina a la casa: cuando el miedo derrama en los vínculos y el cuerpo
El impacto del miedo a perder el trabajo, sin embargo, no se limita al ámbito laboral o lo que ocurre en las biografías personales, sino que reorganiza la vida cotidiana en múltiples dimensiones, algunas muy visibles y otras más profundas: afecta los vínculos, la gestión del tiempo, la relación con el propio cuerpo, el registro del otro, las expectativas, y el cuidado de la salud, entre otras cosas.
En términos sociales, ese miedo produce un cambio en la forma en que se perciben los otros. “En las relaciones sociales introduce desconfianza y retraimiento porque el otro deja de ser un compañero y empieza a ser percibido como alguien que también compite por sostener su lugar. Esto empobrece los vínculos dentro del trabajo y también fuera de él porque las personas llegan más agotadas y con menos disponibilidad emocional”, señala el director ejecutivo de la Asociación Civil Mujer y Gobierno. La enajenación termina atravesando los espacios e intercambios cotidianos, y destruye el germen de la humanidad, que es básicamente el lazo social.
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Al mismo tiempo, la vida personal empieza a organizarse en función de la estabilidad laboral y la exigencia. El sujeto del rendimiento activa defensas postergando actividades e hitos familiares como un acto escolar o cumpleaños; se descuida o pospone la salud; erosiona la calidad del tiempo compartido con los demás por la necesidad de conexión; pierde la noción del propio cuerpo y sus necesidades; renuncia a derechos ganados para no "generar lío"; y en ocasiones limita el consumo de agua, alimentos o necesidades básicas como ir al baño. La disponibilidad permanente desencadena una situación que ataca los proyectos vitales, mientras la dificultad para desconectar se vuelve una condición necesaria para mantener la estabilidad. La incertidumbre en lo laboral entonces se extiende capilarmente a las parejas, los hijos, los amigos, y las personas cercanas, lo que garantiza el éxito de la coacción física y simbólica ejercida desde el centro del poder económico con efectos de verdad en las vidas, cuerpos y relaciones sociales.
Uno de los impactos más visibles y, al mismo tiempo más invisibilizados, es el deterioro en la salud, tanto física como mental. “Se trata de un miedo sostenido en el tiempo que activa respuestas de estrés crónico. Se traduce en ansiedad, irritabilidad, dificultades para desconectar y agotamiento. En muchos casos aparece una sensación de estar siempre en alerta que impide descansar incluso fuera del horario laboral”, explica el Dr. Papalia. Ese estado de activación permanente tiene consecuencias físicas concretas: “problemas de sueño, tensión corporal, dolores persistentes y mayor riesgo de enfermedades asociadas al estrés. El cuerpo termina absorbiendo lo que no puede tramitarse a nivel emocional”, advierte.
