Un paso para comprender la evolución de la economía, y por lo tanto de la plata que usted tendrá en el bolsillo en los próximos meses, tanto si vive de un salario como si es propietario de comercios o empresas vinculadas a la actividad interna, es tratar de comprender la lógica de quienes formulan las políticas económicas.

Sin entrar en el debate de si los sucesos financieros producidos a partir de abril fueron mala praxis, expresión cambiaria inevitable de la restricción externa o voluntad explícita, el resultado presente es que el Plan que conduce Christine Lagarde con colaboración local tiene como componente central la devaluación de la moneda. Luego, la historia enseña que las devaluaciones son siempre recesivas. Dicho de otra manera, la devaluación y la recesión constituyen las herramientas principales del plan económico formulado en Washington. El razonamiento que está por detrás, siempre bajo la lógica de los actuales hacedores de la política económica, tiene unos pocos puntos derivados. A saber:

* La caída de la actividad y el dólar más caro reducen las importaciones e incentivan las exportaciones y, con ello, el rojo comercial. Ahorran dólares.

* La devaluación reduce el turismo emisivo e incentiva el receptivo. Ahorra dólares.

* Ambos elementos reducen el déficit de la cuenta corriente y las presiones sobre el precio del dólar, lo que permite su estabilización.

* La recesión aumenta el desempleo, lo que disciplina las demandas salariales.

* La baja de los salarios aumenta la tasa de ganancia e incentiva las inversiones en los sectores tácitamente elegidos como estratégicos: agroindustria, minería, energía y turismo, todos “potencialmente” proveedores de divisas, proceso que antes de octubre de 2019 debería dar vuelta la dirección del ciclo económico, posibilitando un leve crecimiento preelectoral. Esta visión también explica la resistencia macrista –incluso contra el FMI– a interrumpir la baja de retenciones.

* En el camino, la reducción del gasto público y la caída del rojo fiscal disminuyen las necesidades de financiamiento del Tesoro con el exterior. Ahorra dólares. Y también disminuye las posibilidades de “monetización del déficit”, es decir de emitir dinero para afrontar los gastos que no se cubren con los impuestos, lo que reduce la inflación y la demanda de dólares.

* La reducción del gasto también posibilita, a futuro, la reducción de la presión impositiva sobre el sector privado, otro aliento adicional para la inversión.

En los siete puntos detallados no hay nada extraño. Son las secuencias que se enseñan y aprenden en las principales facultades de economía del planeta, incluidas las argentinas. Son también las cosas que repiten la mayoría de los consultores económicos y machacan para el público no especializado los medios de comunicación. El detalle, como siempre que se tratan estas cuestiones desde la teoría dominante, es que no es así como funciona la economía. Acerquemos la lupa a las relaciones causa-efecto.

Lo primero que debe decirse es que la devaluación no tiene mayores efectos sobre el resultado de las exportaciones de commodities, rubro mayoritario en el que la economía local no compite por precios, sino que los toma en el mercado internacional, por definición. Con la devaluación los productos que Argentina vende no se vuelven más competitivos para los compradores del exterior, solo bajan sus costos de producción en pesos. Las exportaciones de commodities dependen de la demanda externa o del aumento de las cantidades ofrecidas, no del tipo de cambio. Para muestra basta revisar la historia de las devaluaciones y su relación con las cantidades exportadas. Pero en el fondo el gobierno es realista. Apuesta al aumento de la oferta, a una cosecha récord el año que viene. No resulta muy exótico que la versión rediviva del modelo agroexportador vuelva a creer que la economía local se salva con una buena cosecha. Sin embargo la libertad otorgada a los exportadores para no liquidar sus ventas tampoco garantiza que una probable cosecha récord se traduzca en más dólares para la economía. Buena parte se quedarán en el exterior, más cuando se teme la posibilidad de un default de la deuda pública.

Lo que sí provoca la devaluación es una caída de las importaciones y del turismo emisivo, pero a un costo social enorme: la caída de salarios, la inflación y la recesión. Existen políticas económicas más eficientes para reducir el turismo al exterior sin castigar a toda la sociedad. Luego, las divisas que podrían ingresar por un potencial aumento del turismo receptivo son marginales para un programa macroeconómico.

Es muy probable que mientras se mantenga la mejora del tipo de cambio real el rojo de la cuenta corriente caiga desde los más de 5 puntos del PIB que había alcanzado, quizá hasta un punto y medio menos, pero no será suficiente para compensar el rojo por el aumento del pago de intereses de deuda, lo que quiere decir que no alcanzará ni remotamente a morigerar el problema de las necesidades de dólares.

En tanto las necesidades de dólares continúen superando el abastecimiento, tanto real como financiero, habrá problemas para estabilizar el tipo de cambio y bajar la tasa de interés de referencia. El precio de los bonos argentinos se mantiene en picada desde el pasado abril, es decir existe una tendencia firme a la continuidad del alza del “riesgo país”, lo que significa un mayor costo para el financiamiento tanto de las empresas como del sector público.

Si se exceptúa el turismo, los rubros elegidos por el gobierno no son demandantes de mano de obra, lo que explica el deterioro del mercado laboral desde diciembre de 2015. Las notas características hasta el presente son dos, una caída promedio del poder adquisitivo de los salarios en alrededor de 10 puntos porcentuales y una progresiva precarización, la pérdida de más de 80 mil empleos industriales parcialmente compensada por el aumentodel “monotributismo”. Con la recesión que ya se inició, como comenzaron a reflejarlo todos los indicadores, la tendencia se acelerará.

Los dichos de Mauricio Macri sobre el medio millón de empleos que se crearían en el área neuquina de Vaca Muerta son sencillamente delirantes. Se trata de cifras sin ningún sustento que sólo pueden repetirse en un marco de impunidad mediática. Vaca Muerta funcionando a pleno apenas podría producir el mismo número de empleos, entre directos e indirectos, que los directos que ya se perdieron en la industria, alrededor de 80 mil, un número que surge de los estudios más optimistas del Ministerio de Planificación del gobierno anterior, que son los único que existen. De todas maneras, debe distinguirse la propensión de la Alianza Cambiemos por los anuncios de futuros venturosos de la realidad efectiva. Los datos duros desde 2015 al presente muestran una continuidad en la caída de la producción de petróleo y un leve aumento en la producción de gas (explicado por la entrada en producción del yacimiento fueguino off shore de Vega Pléyade). La única señal que indica un potencial crecimiento futuro del área de Vaca Muerta es por ahora la voluntad estadounidense de establecer allí una base “humanitaria” para la protección de inversiones.

Finalmente, la reducción del gasto público, además de reducir las funciones básicas del Estado y el ingreso de trabajadores públicos y jubilados, sólo reforzará la caída del consumo profundizando la recesión y la desocupación, lo que efectivamente consolidará la baja tendencial de los salarios. Como esto ocurrirá en paralelo con la continuidad de los aumentos tarifarios y la devaluación, tampoco se contendrá la inflación. Al menos a primera vista no se vislumbran los motores de la recuperación 2019 que alegremente prevén todas las consultoras de la city porteña. Todo ello sin considerar lo que pueda suceder en el plano financiero externo si se corta o termina el sostenimiento estadounidense a través del FMI, situación que abriría una dinámica impredecible.