¿Hay una campaña contra Argentina en las redes?

La mentira como siempre adquiere potencia cuando se sostiene en medias verdades y anida en prejuicios ya instalados en el público objetivo. El mito de que la selección argentina es la única que no tiene jugadores de ascendencia africana cumple esas condiciones pero es doblemente falso.

11 de julio, 2026 | 18.00

A lo largo de toda la Copa del Mundo, de manera más intensa con el correr de las semanas, las redes sociales en general y X, la plataforma de Elon Musk, en particular, se saturaron de narrativas contra la Argentina, como país, contra la selección nacional y contra Leonel Messi en particular. Aunque la opacidad del algoritmo de Musk hace difícil encontrar evidencia concreta, es un fenómeno que puede percibirse a simple vista a partir del uso de bots que repiten mensajes, cuentas con cientos de miles o millones de seguidores, conocidas por hacer campañas pagas, que adoptan esa agenda, y el crecimiento de un día para el otro de la exposición y la cantidad de interacciones que genera el contenido sobre este tema.

El 4 de julio se viralizó la captura de un supuesto mail de una agencia de relaciones públicas que ofrecía dinero para instalar conversaciones contra la Argentina. Aunque la captura era falsa y la agencia no existe, el contenido se replicó rápidamente, lo que confirma la facilidad con la que se esparcen esa clase de narrativas en un ecosistema propicio como son las redes. No existe una conspiración global anti-argentina pero sí campañas complementarias y confluyentes, cuyas motivaciones desconocemos (en algunos casos aparecen casas de apuestas, que se benefician con la viralización; no pueden descartarse razones políticas detrás de otras) y que se benefician de una lógica algorítmica que no necesita autor para tener efectos devastadores.

La mentira como siempre adquiere potencia cuando se sostiene en medias verdades y anida en prejuicios ya instalados en el público objetivo. El mito de que la selección argentina es la única que no tiene jugadores de ascendencia africana cumple esas condiciones pero es doblemente falso. Por un lado, hay planteles, como el de Uzbekistán y el de Corea del Sur, donde no hay rastros afro, por razones totalmente lógicas. En el actual equipo argentino, en cambio, la ascendencia negra de algunos jugadores se diluyó en generaciones del mestizaje propio de estas tierras, que echa por tierra la hipótesis de un genocidio ancestral que se echó a rodar en el mundial pasado y adquirió aún más repercusión en las redes sociales en esta competición.

Eso no significa que en la Argentina no sea un problema el racismo ni haya racistas, como los hay en todo el mundo. Algunos, incluso, están en el poder. El asesor presidencial Santiago Caputo, tras la eliminación de Brasil, posteó: “Qué piedra se volvió ser negro”. Experto en comunicación digital como dice ser, entiende perfectamente las implicancias de ese mensaje en ese contexto. La vicegobernadora de Mendoza, Hebe Casado, alineada con la Casa Rosada, escribió tras el partido entre Francia y Paraguay: "Muy bien Paraguay. El equipo africano flojo de modales. No lo aguanto a Mbappé". Esas formas, sin embargo, son infrecuentes comparadas con un tipo de racismo más arraigado y cruzado por la clase que es común en la Argentina.

(Es necesario, llegado este punto, recordar algunos aspectos de la historia nacional. El puerto de Buenos Aires no dejó nunca que amarraran barcos portugueses con esclavos. Los negros que vivían en la ciudad, algunos esclavos, otros libres, fueron cruciales en la resistencia ante las invasiones inglesas que forjó nuestra identidad nacional una década antes de la independencia. En 1813 se declaró la libertad de vientre. La población afrodescendiente, que era un tercio de una población de pocos miles, fue diluyéndose junto con las oleadas de millones de inmigrantes de América Latina, Europa, Medio Oriente y Asia que el país siempre recibió con los brazos abiertos y asimiló de manera absolutamente ejemplar).

De dónde vienen y a quién sirven las campañas para instalar es imposible saberlo desde que Musk cerró la API de su plataforma, evitando cualquier auditoría. La opacidad es estructural y ya sabemos que los dueños del algoritmo tienen capacidad para intervenir. El propio Musk la utilizó para mejorar el alcance de su cuenta cuando compró X. Existen la capacidad y la voluntad de usarlas, y el mundial es un inmenso campo de pruebas. Tal como escribió la politóloga María Esperanza Casullo, “ver como tres billonarios dueños de redes sociales están arruinando la reputación del futbolista más popular del mundo, cuya camiseta usan decenas de millones de chicos en todos los continentes, te hace apreciar que poner un presidente es cosa chica”.

En diciembre de 2024 la Corte Constitucional rumana anuló la primera vuelta de las elecciones presidenciales dos días antes del balotaje, luego de recibir informes que demostraban una operación de influencia extranjera masiva a través de Tik Tok y Telegram. Călin Georgescu, candidato de extrema derecha, pasó de medir menos del cinco por ciento en las encuestas a ganar la primera vuelta con alrededor del 23 por ciento. México recientemente modificó su Constitución para incluir la interferencia extranjera como causal de nulidad en elecciones locales y federales. A una década de que saltara el escándalo de Cambridge Analytica, las capacidades de manipulación algorítmica crecieron exponencialmente pero la reacción de los Estados aún es tenue.

La pregunta, entonces, no es quién dirige una conspiración contra la Argentina, porque no existe tal cosa. En todo caso, debemos preguntarnos por qué el gobierno que debería denunciar estas campañas, que tienen perjuicio real para el país, se encarga de alimentarlas, y qué va a pasar cuando estos mecanismos empiecen a jugar en el marco de la campaña presidencial del año que viene. Otra polémica mundialista, el caso del jugador norteamericano Folarin Balogun, habilitado de manera irregular a pedido de Donald Trump, demuestra que para la extrema derecha las reglas no son universales sino tan solo otro instrumento de poder más.