Un informe sobre más de 100 mil publicaciones revela que el debate por el caso de la periodista Luciana Geuna y el cierre de la Sala de Periodistas no fue lo que pareció. Mucho volumen, demasiada artificialidad y un problema que ya no es solo político: es de confianza.
La discusión pública alrededor del caso Geuna y el cierre de la Sala de Periodistas en Casa Rosada dejó una escena conocida en la Argentina reciente: ruido, polarización y una sensación de conflicto permanente. Pero cuando se corre el velo de la superficie y se miran los datos, lo que aparece es otra cosa. Menos épica, más incómoda.
Un informe de Reputación Digital Argentina, basado en el análisis de 102.990 publicaciones en redes sociales, permite ordenar ese caos. El primer dato es contundente: casi la mitad del debate se concentró en un solo día. El 23 de abril se registraron 49.944 publicaciones, cuatro veces más que la jornada anterior. No fue una conversación sostenida en el tiempo: fue un estallido.
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Ese tipo de picos rara vez es espontáneo. Y ahí aparece el segundo dato, el más relevante para entender el clima real: uno de cada tres mensajes no fue genuino. El 33,2 por ciento del debate estuvo impulsado por bots, trolls o cuentas sospechosas. No se trata de una anomalía menor, sino de un componente estructural de la conversación digital.
Más aún: el relato que más circuló dentro de ese universo artificial fue el que defendía al Gobierno. El 31,9 por ciento de ese contenido favorable no fue orgánico. Es decir, la defensa más visible no necesariamente fue la más real.
Cuando se limpia ese ruido, el termómetro cambia. El rechazo existe, pero no es masivo. El índice de opinión se ubica en −1,26 sobre 100. No hay una condena social contundente, pero tampoco hay respaldo. Hay algo más difuso: incomodidad, duda, una controversia amplificada por mecanismos que no representan del todo a la ciudadanía.
Ese punto rompe con la lógica binaria que domina el discurso político. Ni el Gobierno tiene un respaldo sólido que legitime sus decisiones en este caso, ni la oposición logró instalar un rechazo categórico. Lo que aparece en el medio es una sociedad que observa, que cuestiona y que no termina de encontrar una narrativa que la contenga.
Dentro de esa conversación, además, se evidencia una tensión clara. Mientras los trolls empujaron el termómetro hacia abajo, amplificando el conflicto, la militancia oficialista lo sostuvo hacia arriba. El resultado es una distorsión. El debate real, el que no está mediado por operaciones, queda atrapado en el medio.
Y ahí aparece el dato más incómodo para el Gobierno. La narrativa más orgánica, la que menos intervención artificial tuvo, es también la más difícil de desactivar: la idea de que hubo censura. Con apenas un 23,7 por ciento de contenido no genuino, es la interpretación que surge con mayor naturalidad entre usuarios reales. No es una campaña: es una percepción.
Ese tipo de percepciones no se corrige con más volumen ni con más intervención digital. Se corrige con hechos, con claridad y con una política comunicacional que entienda que la credibilidad no se construye a fuerza de repetición.
Porque el problema de fondo no es el trending topic de un día. Son las consecuencias que deja. El informe de Reputación Digital Argentina marca dos riesgos en nivel crítico: la credibilidad institucional del Gobierno y su relación con los medios. No es un dato menor en un contexto donde la desconfianza ya es alta y cualquier señal de opacidad acelera el desgaste.
Si el caso escala en el plano judicial, ese desgaste puede reactivarse con más fuerza. Y en ese escenario, el Gobierno no va a estar discutiendo solo un hecho puntual, sino algo más profundo: su vínculo con la opinión pública.
La política argentina hace tiempo que juega en el terreno de la percepción. Pero hay un límite. Cuando el ruido tapa la realidad, el problema no desaparece. Se acumula. Y a veces, cuando finalmente aparece, ya es tarde para explicarlo.
