Guerra en Irán: las armas de la nueva fase

16 de marzo, 2026 | 15.27

La guerra entre Estados Unidos e Israel con Irán está impactando fuertemente en la economía mundial. La reducción de un 90% del tráfico por el estrecho de Ormuz y el aumento del conflictividad en dicha zona, elevó el precio del crudo a niveles históricos, paralizó la exportación de insumos agropecuarios y disparó las proyecciones de inflación de las principales economías, obligando a países del G7 a utilizar sus reservas estratégicas para evitar un estancamiento industrial, convirtiendo al “cuello de botella” energético del país persa en una verdadera arma estratégica.

Pero elevar los costos del transporte y la energía y por lo tanto de todos los bienes de consumo es una de las estrategias de Irán en esta guerra. También apunta a desgastar las fuerzas enemigas y prolongar la guerra para obligar a sus enemigos a combatir en condiciones cada vez menos favorables. Lo que Teherán estaría desplegando sería una lógica de desgaste, saturación y prolongación del conflicto, destinada a transformar la superioridad militar occidental en un problema político, económico y estratégico a lo largo del tiempo.

Desde el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, estimaron que las primeras 100 horas de la guerra en Irán le costaron a Estados Unidos unos 3,7 billones de dólares, es decir unos 891,4 millones de dólares diarios. Cada ataque de Irán está apuntado a elevar los costos de la defensa, es decir los gastos operativos, los daños de infraestructura y pérdidas en combate y el reemplazo de municiones.  Por cada dron que Irán utiliza para atacar, Estados Unidos gasta hasta 100 veces más en frenarlo.  

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Al mismo tiempo, la guerra se vuelve un gran negocio para las empresas contratistas de la defensa. Así lo muestran las subidas históricas en los precios de las acciones de las principales compañías de armamento de Estados Unidos como Northrop Grumman , RTX (Raytheon), Lockheed Martin, y Boeing entre otras, principales proveedoras de tecnología armamentística usada contra Irán. 

Sobre esa base estratégica y tecnológica se despliega también un nuevo elemento que comienza a redefinir el conflicto: el uso creciente de inteligencia artificial y sistemas algorítmicos en la planificación y conducción de la guerra.

Diversos medios internacionales han señalado que en las operaciones militares lanzadas por Estados Unidos e Israel en Asia Occidental, se utilizaron sistemas de inteligencia artificial para acelerar la identificación, evaluación y priorización de objetivos militares. 

En un artículo publicado en The Guardian advierten que estas tecnologías permiten comprimir la llamada “cadena de muerte”, es decir el proceso que va desde la detección del objetivo hasta el lanzamiento del ataque, a una velocidad muy superior al análisis humano tradicional. The Washington Post describe cómo el modelo Claude, desarrollado por la empresa Anthropic, fue integrado al sistema Maven Smart System del Pentágono, operado junto con la compañía Palantir, para analizar información de inteligencia militar, proponer blancos y priorizar objetivos durante las operaciones en Irán. Este sistema permite generar paquetes de objetivos a “velocidad de máquina”, un cambio que varios especialistas consideran un punto de inflexión en la historia militar reciente. Por ejemplo, según Le Grand Continent, “se habrían atacado más de 1.200 objetivos iraníes en los primeros días del conflicto, coordinados en pocas horas y que requirieron cien veces menos soldados que en Irak”, pero además, mientras que la detección de objetivos en Irak requirió la movilización de alrededor de 2.000 analistas, en Irán este número fue de al menos 100 veces menos.

Claude, un asistente de inteligencia artificial de la empresa de investigación de Anthropic, es un chatbot de inteligencia artificial generativa y una familia de modelos de lenguaje grandes (LLM, por sus siglas en inglés). En estos días, la empresa se encuentra en el foco de la escena por su código de normas éticas, lo que le impidió renovar acuerdos con el Pentágono, que exigía su empleo para todos los usos legales, incluso en vigilancia ciudadana interna o sistemas de armas autónomas. Trump y su ministro de defensa fueron a fondo contra Anthropic y sellaron un acuerdo con su competencia, OpenAI, para avanzar en el uso de la IA para la guerra sin impedimentos éticos.

La importancia de este proceso va más allá de la tecnología militar. Carl von Clausewitz sostenía que la estrategia consiste, en última instancia, en tomar decisiones orientadas a alcanzar objetivos políticos. La guerra, en su formulación clásica, es la continuación de la política por otros medios. Pero esa definición partía de un supuesto fundamental, la decisión estratégica era una función humana, producto del cálculo político y militar.

La irrupción de la inteligencia artificial altera ese esquema. Cuando una tecnología puede procesar volúmenes gigantescos de información en tiempo real, detectar patrones invisibles para el análisis humano y sugerir cursos de acción en segundos, la arquitectura misma de la decisión estratégica comienza a desplazarse hacia sistemas algorítmicos. La guerra empieza a operar a velocidad de máquina.

Esto no significa que los humanos hayan dejado de tomar decisiones, pero sí que el tiempo disponible para la deliberación estratégica se reduce drásticamente. En ese escenario, la ventaja militar ya no depende solamente de la capacidad industrial o del número de misiles disponibles, sino también de la capacidad de procesar información más rápido que el adversario.

Brad Cooper, jefe del Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM), dijo: “Nuestros combatientes están aprovechando diversas herramientas avanzadas de IA. Estos sistemas nos ayudan a analizar grandes cantidades de datos en segundos para que nuestros líderes puedan distinguir entre el ruido y tomar decisiones más inteligentes antes de que el enemigo pueda reaccionar”, pero que  “los humanos siempre tomarán las decisiones finales sobre qué fotografiar, qué no fotografiar y cuándo fotografiar, pero las herramientas avanzadas de IA pueden convertir procesos que antes tomaban horas, e incluso días, en segundos”.

Del otro lado del conflicto, Irán también ha incorporado tecnologías características de esta nueva fase de la guerra. Uno de los ejemplos más visibles es el uso masivo de drones de ataque de bajo costo, como los Shahed-136, que Teherán utiliza para saturar las defensas aéreas adversarias. Estos drones kamikaze, relativamente baratos en comparación con los sistemas tradicionales de misiles, permiten lanzar ataques masivos destinados a desbordar los sistemas de defensa del adversario.

Irán también dispone de drones de combate más sofisticados, capaces de realizar vigilancia multiespectral y lanzar municiones guiadas con precisión. La lógica es clara, frente a una potencia militar tecnológicamente superior, la estrategia consiste en combinar sistemas de bajo costo, ataques masivos y presión sobre infraestructuras críticas para desgastar al adversario.

Al mismo tiempo, Estados Unidos e Israel despliegan tecnologías defensivas cada vez más sofisticadas, incluyendo sistemas de intercepción automatizados y drones diseñados para neutralizar drones enemigos mediante inteligencia artificial. El resultado es un escenario donde la guerra industrial del siglo XX convive y va mutando con la guerra digital del nuevo siglo. Misiles balísticos, drones autónomos, inteligencia artificial, satélites de observación y centros de datos forman parte de una misma arquitectura tecnológica.

Este cambio también modifica el escenario de la guerra y pone de manifiesto a actores que, si bien ya actuaban en los conflictos, operaban en las sombras. En los últimos días, drones iraníes impactaron centros de datos vinculados a Amazon Web Services en Emiratos Árabes Unidos, provocando interrupciones en servicios digitales regionales y encendiendo alarmas sobre la seguridad de la infraestructura que sostiene buena parte de la economía digital de la región. Analistas citados por The Guardian señalaron que estos ataques reflejan una nueva lógica en la que infraestructuras tecnológicas, como centros de datos, cables submarinos o plataformas digitales, comienzan a ser considerados objetivos estratégicos.

Esta transformación puede leerse también a la luz de algunos grandes pensadores de la estrategia y el poder. Si para Clausewitz  la guerra es la continuación de la política por otros medios, para Michel Foucault, la política puede entenderse también como la continuación de la guerra.

Así, las tecnologías contemporáneas parecen confirmar esta dialéctica. Los mismos sistemas de inteligencia artificial que se utilizan para analizar inteligencia militar, seleccionar objetivos o gestionar operaciones en el campo de batalla son también los que organizan plataformas digitales, administran infraestructuras críticas, procesan datos masivos y modelan comportamientos sociales en la economía digital. La inteligencia artificial es simultáneamente una tecnología de guerra y una tecnología de gobierno.

Antonio Gramsci observó que en las sociedades modernas el conflicto político había evolucionado desde la guerra de movimiento hacia la guerra de posiciones. En el siglo XXI, esa lógica parece evolucionar hacia algo distinto, una guerra multidimensional, que integra estrategias no convencionales con convencionales, donde los conflictos asumen dimensiones psicológicas, económicas, cognitivas, mediáticas, tecnológicas, y, por supuesto, armamentísticas. Los conflictos ya no se desarrollan únicamente en frentes territoriales definidos. También se libran a través de redes de infraestructura tecnológica, cadenas logísticas, sistemas satelitales, plataformas digitales y nodos energéticos que conectan economías enteras.

Lo que ocurre hoy en Asia Occidental puede leerse, en definitiva, como un laboratorio de las guerras del siglo XXI. La inteligencia artificial acelera las decisiones militares, los drones abaratan el acceso a la guerra, las infraestructuras digitales se convierten en objetivos estratégicos y la economía tecnológica aparece cada vez más integrada al complejo militar.

En ese contexto, la guerra contra Irán no es solamente un conflicto regional. También es una expresión de la nueva fase del capitalismo digital y financiero, donde la competencia entre potencias se libra tanto en el campo de batalla como en el control de las tecnologías estratégicas. La guerra del siglo XXI ya no se define solamente por la cantidad de tanques o misiles. También se define en el campo de los algoritmos.

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Matías Caciabue

Politólogo y Docente Universitario. Analista del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE). Secretario General de la Universidad de la Defensa Nacional.