Un service para nuestra democracia

Pese a la profunda crisis, la sociedad no se volcó hacia opciones antisistema con discursos de odio. Llegó el momento de pagar la deuda con nosotros mismos. 

11 de septiembre, 2019 | 08.27

Las elecciones presidenciales de este año marcarán 36 años desde la votación que consagró a Raúl Alfonsín. El probable triunfo de Alberto Fernández permite ensayar algunas reflexiones sobre los desafíos que deberá enfrentar no sólo el futuro gobierno sino también probablemente todo el sistema que elegimos para vivir.

¿La Argentina ya atraviesa una de sus grandes crisis, está recién asomándose a ella o es posible aún evitarla? Lo cierto es que las escenas de gente frente a las pizarras de los bancos, la necesidad de declarar una emergencia alimentaria, un desempleo que sube y una producción industrial que no encuentra piso hacen recordar, al menos en el impacto psicológico sobre gran parte de la sociedad, a 1982, 1989 y 2001.

La economía latinoamericana muestra fallas serias desde que Estados Unidos comenzó a salir de su último “crash”. Brasil no termina de recuperarse de la recesión más profunda y larga de su Historia. El sistema productivo argentino no muestra empuje desde hace ocho años y la aventura neoliberal del macrismo lo echó barranca abajo.

Las tensiones políticas se acumulan. El gobierno de Jair Bolsonaro deja perplejo al mundo con sus actitudes híper-nacionalistas, xenófobas, homófobas, racistas y contrarias a los derechos de las mujeres. Lula Da Silva sigue preso y Rafael Correa prácticamente exiliado. No se ve aún salida al conflicto venezolano y la violencia avanza nuevamente en Colombia. No hay prácticamente presidente sudamericano que no muestre pisos en sus niveles de popularidad.

Es en ese contexto que el sistema político argentino produce una salida desde adentro al fallido experimento de gobierno de Mauricio Macri. Alberto Fernández es un insider. Un hombre del partido y de los partidos. Un dirigente que tiene como característica el diálogo y la negociación.

Podría haber pasado otra cosa. Con una nueva crisis asomando, ingresos que se achican y puestos de trabajo que se destruyen, la salida podría ser hacia la antipolítica, el miedo y los discursos de odio. La frustración de sentir que habrá que esforzarse más por menos sin garantía de una pronta mejora en los niveles de vida puede derivar en desafección y deslegitimación del sistema.

Como lo planteaba Maquiavelo, los ciclos políticos acelerados y recurrentes no son de lo mejor para el cuerpo político y social. Al igual que la fiebre, parecen un síntoma de algo más profundo, que ocurre sin que lo veamos, pero que puede convertirse en enormemente corrosivo.

Por ahora, los argentinos concurrimos masivamente a votar, nos movilizamos sin violencia -a favor o en contra del Gobierno-, nos encuadramos en organizaciones sindicales y sociales que priorizan la negociación a las medidas de acción directa a la espera de una política de concertación social por 180 días, como promete Fernández. Respondemos a la incapacidad de la política con más política. Pero ¿va a ser por siempre así?

En este breve texto partimos de una preocupación: el riesgo de que se deslegitime el propio sistema democrático en un entorno tan hostil como el que atraviesa el mundo, latinoamerica  y nuestro propio país. También esbozamos algunas preguntas: ¿nuestra democracia puede seguir “igual” en este contexto tan desafiante? ¿Es esta la última oportunidad del sistema político por relegitimarse? ¿La política necesita mostrar mejores resultados, más eficacia? ¿Y para eso qué necesita hacer, cuál es el camino?

La Argentina y sus ciudadanos contamos con algunas ventajas al respecto, conseguidas con un enorme sufrimiento social: el recuerdo de la última dictadura cívica-militar y sus estragos de todo tipo generaron mecanismos de defensa que aún, y a pesar de las décadas, continúan vigentes. Sin embargo, no convendría seguir dependiendo de aquel agujero negro político, social y económico para seguir validando de por sí a los resultados conseguidos por el sistema político en democracia.

Nuestra hipótesis es que habrá que generar algunos mecanismos y modalidades nuevas de vínculo entre la política y la sociedad. Que se necesitará salir de algunos lugares cómodos y de ciertas recetas ya recorridas. Que habrá que dar cuenta de nuevas demandas. Y de algunas muy viejas. Que la política deberá, a su vez, elevar su propia autoexigencia para también desde ahí poder ser exigentes con el resto de la dirigencia nacional. La empresaria, la sindical, la de las instituciones de la sociedad civil.

Así visto, el desafío es mucho más trascendente que ganar o perder una elección. Se trata de empezar a pagar la deuda que tenemos con nosotros mismos.

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