La historia se repite: Memoria y coronavirus

21 de marzo, 2020 | 17.01

El superviviente tiene la vocación de la memoria, no puede no recordar.

QUÉ LA DEVUELVAN

Primo Levi

 

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Fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.

 

Rodolfo Walsh

(Carta abierta de un escritor a la junta militar, 24 de marzo de 1977)

 

El ciclo que viene repitiéndose en la región, la alternancia entre gobiernos neoliberales y proyectos populares, ¿es un destino latinoamericano similar al mito de Sísifo, cuya vida consistía en empujar una piedra gigante hasta la cima de una montaña para que volviese a caer y así indefinidamente?

 La cíclica repetición que pendula una y otra vez en la Argentina entre la destrucción neoliberal y la reconstrucción popular ¿consiste en una fatalidad histórica sin escapatoria, o es posible desarticularla?

Con Marx, Freud, Lacan, Kierkegaard y otros pensadores, sabemos que el sujeto y los pueblos se encuentran atrapados en demoníacas repeticiones, “la historia vuelve a repetirse”, afirmó Enrique Cadícamo en el tango Por la vuelta.  La repetición no vuelve del pasado como algunos creen, sino que es un poder que conserva una fuerza compulsiva que no cesa y pretende apoderarse de todo.

En la Argentina, el thanático neoliberalismo tuvo su desembarco durante el terror golpista del 76 y, a pesar de haber sido derrotado políticamente durante el Kirchnerismo, nunca se fue del todo. Hoy sabemos que el neoliberalismo no es solo un modelo económico que se cambia por otro, ni un partido que perdió las elecciones: no es un poder exterior, sino un virus que se entramó en la subjetividad. Lo neoliberal se recrea a sí mismo en lo económico, pero también y fundamentalmente como un dispositivo que estructura la vida social cotidiana. Su mayor triunfo es haber logrado penetrar en el corazón de la subjetividad, imponiendo valores empresariales, normalizando afectos, insuflando odio, atentando contra los lazos y la solidaridad.

De ahí la importancia que tiene la memoria, puesto que una de sus funciones es operar como un dique que intenta recordar para no repetir las atrocidades de la historia. Sin embargo, siendo imprescindible, el recuerdo no resulta suficiente para impedir que acontezcan las traumáticas repeticiones en el sujeto y en la vida de los pueblos.

A partir del nuevo gobierno se constata un cambio de rumbo, de valores y prioridades en relación a la lógica neoliberal. Al predominio de la especulación financiera Alberto Fernández opuso que primero está la deuda interna, esto es, la gente más vulnerable; luego vendrá el cumplimiento con los acreedores y el mundo financiero. En contraposición a la cínica ideología neoliberal, el nuevo presidente revalorizó la palabra, la ética de la verdad, la memoria y la justicia, desarmando la perversa articulación entre espías y jueces.

Sin embargo, para cortar definitivamente las repeticiones cíclicas entre gobiernos populares y neoliberalismo -falsamente denominadas “alternancia democrática”-, será necesario cambiar la forma de vida neoliberal, dar la batalla cultural contra aquello que, en mayor o menor medida, se hizo carne en toda la subjetividad.

En las últimas semanas se desencadenó una pandemia, el coronavirus que de un día para otro cambió la escena del mundo. Sociedades enteras en cuarentena, aislamiento, reclusión en las casas y suspensión casi total de las actividades.

La irrupción del coronavirus constituye un acontecimiento que grita verdades, por ejemplo que la desinversión en salud pública propia del neoliberalismo trae como efecto necesario sistemas de salud precarios, que no dan abasto para atender a todxs.  Que la salud pública no es un gasto ni una inversión, sino un derecho. Que las sociedades organizadas por la lógica del mercado no cuidan a su gente, sino que la dejan a la intemperie y solo los estados fuertes son los que amparan. 

Esta tragedia permitió que se caigan de un plumazo muchos slogans neoliberales que funcionaron como certezas ideológicas, tales como el estado burocrático, la libertad individual, el ideal privatizador, la meritocracia, etc. 

 En el tiempo de la urgencia, se entendió que el Otro no es ni mi enemigo ni el culpable, sino mi prójimo. Que la suerte y el cuidado de él también es el mío, ya que es imposible salvarse sólo porque la patria es el Otro. Que el amor es político y que el aislamiento nada tiene que ver con el individualismo neoliberal en el que cada uno, indiferente al prójimo, se enfrasca en su tribu mientras se mira el ombligo. Hay un aislamiento que no es exclusión ni identificación al resto, sino un acto de amor político, de cuidado de sí y de la comunidad, porque la solidaridad no es caridad, sino la base de lo colectivo.

Sabíamos que haber ganado las elecciones no significaba resolver las fijaciones neoliberales sedimentadas y que era necesario, para derrotar definitivamente al neoliberalismo, dar la batalla cultural. También sabíamos que con las argumentaciones racionales no iba a ser suficiente, que había que involucrar afectos, cuerpos para lograr un despertar. Pero, ¿cómo realizar esa experiencia pedagógica? ¿Cómo transformar el odio al otro en amor y en conflicto político?

El coronavirus es una pesadilla, pero es posible que permita el despertar del sueño neoliberal. Se rompió el pacto entre capitalismo y democracia, hay que reinventar la democracia. 

Será desde la política conjunta entre pueblo y estado que se encontrarán las fuerzas colectivas, los vínculos comunitarios y las acciones que produzcan y reproduzcan nuevas formas de vida no neoliberales, capaces de limitar los dispositivos del poder.

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