Hablemos de peronismo. A esta altura del partido nadie discute que la candidatura de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner logró encolumnar detrás de sí a la enorme mayoría de los dirigentes y organizaciones que forman parte del movimiento justicialista, desde La Cámpora hasta la CGT, desde Sergio Massa hasta Juan Grabois, además de los aliados que habían participado del ciclo kirchnerista y un puñado de nuevos actores que confluyen por primera vez en este armado, cuya eficacia electoral ya quedó comprobada. Sin embargo, hasta hace dos meses muchos dudaban del éxito de la jugada de CFK y hasta hace dos semanas casi nadie se animaba a anticipar un triunfo contundente.

El triunfo de una coalición robusta, encabezada por el peronismo, con coincidencias básicas en los principales lineamientos políticos y estratégicos no puede, empero, sorprender a nadie, si se toman en cuenta los antecedentes históricos. La adhesión electoral masiva a una boleta con el nombre y el rostro de la ex Presidenta sí puede asombrar, después de cuatro años en los que se repitió hasta el hartazgo que era impopular y su caudal electoral tenía, en teoría, un piso bajo. Aunque la única verdad es la realidad: Fernández de Kirchner se encamina a su tercer triunfo en primera rueda de una elección presidencial en igual cantidad de elecciones. Y siempre por márgenes millonarios.

El resultado del 11 de agosto a lo largo y a lo ancho del país no fue un pleno en una apuesta desesperada sino el resultado de una serie de decisiones de varios actores que trabajaron en ese sentido. Tirar del hilo para remontarse en la historia del Frente de Todos puede ayudar a entender ese proceso y también a anticipar lo que puede suceder en el futuro, de acá a octubre, entre octubre y diciembre e incluso más allá. Una cosa queda clara: no hay aún una misión cumplida sino que a partir de ahora se viene lo más difícil y para afrontarlo es necesario seguir sumando voluntades. Como dice una frase que le gusta citar a alguien que trabaja cerca del candidato: esta es una historia en desarrollo.

Mirando hacia atrás, es posible ubicar el minuto cero en la tarde que Alberto Fernández y Sergio Massa se tomaron un café en las oficinas de la calle México. Es justo reconocer que sin el aporte del Frente Renovador la historia sería muy otra. También es cierto que la mañana del 18 de mayo, cuando CFK anunció la fórmula, se pasó un punto de no retorno. A partir de entonces comenzaron a caer, como fichas de dominó, de acuerdo a lo planeado, las piezas que desembocaron en el resultado de las primarias. Cabe recordar que desde antes, incluso, cuando la senadora aún era la candidata más probable, ya se apuntaba a la necesidad estratégica de ganar en primera vuelta.

Muchos señalan, con razón, que en diciembre de 2017, durante la discusión por la reforma previsional, cuando la oposición articuló sus acciones afuera y adentro del Congreso y pudo resistir la avanzada del gobierno, algo hizo clic. Macri venía de triunfar ampliamente en los comicios de medio mandato y su popularidad alcanzaba el punto más alto; luego todo fue en caída. En esos días de calor y violencia, por primera vez se vislumbró la posibilidad de que no hubiera reelección en el horizonte. Esa inseguridad se trasladó a los mercados, que poco después le advirtieron que se cerraba la canilla. No es casual tampoco que ese mes, después de casi una década, Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner volvieran a hablar, después de una década.

Pero todavía queda hilo en el carretel: hubo otro momento, anterior, que fue fundacional. O tres, mejor dicho. Un fue el acto que encabezó Fernández de Kirchner frente a los tribunales de Comodoro Py, cuando tuvo que declarar por primera vez ante el juez Claudio Bonadio. Esa mañana fría y encapotada de abril de 2016, que coincidía con los primeros meses de invierno económico en la gestión de Cambiemos, la ex mandataria planteó la creación de un frente ciudadano “en el cual no se le pregunte a nadie a quién votó, ni de qué partido es, ni en qué sindicato está, o si es trabajador informal, o formal, jubilado, no jubilado, si paga ganancias o no paga ganancias, que no se le pregunte nada de eso.”

Ese día, acusada de integrar una asociación ilícita, CFK recordó que la única organización de la que forma parte es el Partido Justicialista y sostuvo que “el punto de unidad de los argentinos” es “reclamar por los derechos que les han arrebatado”. Llamó a incorporar “a los jóvenes trabajadores, a los científicos, a los docentes, a los estudiantes, a los profesionales, a los empresarios, a los productores” (cualquier semejanza con la campaña del Frente de Todos no es coincidencia) y concluyó pidiendo “amplitud y saber también que estamos en épocas de nuevos tiempos”. Muchos no quisieron entenderlo así, pero en esa autocrítica al final de su gobierno hay una llave a la construcción del Frente de Todos.

Dieciséis días más tarde, todavía hacía frío pero el centro de la ciudad de Buenos Aires estaba bañado por el sol. Más de trescientas mil personas ocuparon la avenida Paseo Colón, entre la Casa Rosada y el Monumento al Trabajo. Muchas de ellas, trabajadores formales en sindicatos organizados para proteger sus derechos, meses antes habían marchado contra CFK por el impuesto a las ganancias. Muchos, también, con seguridad, habían votado a Macri, en primera vuelta o ballotage. Pero ese mediodía estaban protestando contra las primeras consecuencias de su gobierno. Era la primera manifestación conjunta de todas las centrales obreras en muchísimos años.

El orador central ese día fue Hugo Moyano. “Lo importante es que los que queremos defender los derechos de los trabajadores estemos todos juntos. No somos enemigos del gobierno sino de las políticas que lleva a cabo este gobierno en contra de los trabajadores”, dijo. Sobre el escenario lo acompañaban Hugo Yasky, Pablo Micheli, Antonio Caló y Juan Carlos Schmid, entre otros. Debajo se mezclaban dirigentes que iban desde Daniel Scioli hasta Wado De Pedro, pasando por Fernando Espinoza y Gustavo Menéndez. La asistencia no difería mucho de la de la marcha en Comodoro Py: sindicatos, intendentes, partidos de centroizquierda, organizaciones sociales. 

El tercer evento, apenas cuatro días más tarde, fue la asunción de las nuevas autoridades del PJ, en un teatro del centro porteño. El escenario estaba adornado con un logo de Gestar, la escuela de cuadros que encabezaba Diego Bossio. La Cámpora brillaba por su ausencia y la deriva histórica de la época parecía alejar a la estructura partidaria del kirchnerismo, al que culpaban por la derrota del año anterior. Sin embargo, al asumir como presidente, José Luis Gioja advirtió: “No hay una máquina de medir quién es más y quién es menos peronista. Puertas abiertas, sin excluir a nadie. Nadie tiene el derecho a decir quién sí y quién no, todos están convocados”.

Lo más sorprendente esa tarde fue, de todas formas, ver sobre el escenario a figuras como Bossio, el gobernador salteño Juan Manuel Urtubey ¡y hasta la senadora puntana Liliana Negre de Alonso! entonando ‘ohhh vamos a volver’ cuando todo el teatro comenzó espontáneamente a cantar ese mantra de optimismo kirchnerista. Y un rato después, al finalizar el acto, la marchita estuvo coronada de forma casi unánime, en las plateas y en los palcos, por la coda incorporada esta década, que remata: “junto a Néstor y Cristina / la gloriosa JP”. La lista de invitados, vale aclarar, no había sido confeccionada en el Instituto Patria.

En retrospectiva, resulta evidente que un semestre de macrismo ya había comenzado a despertar en la dirigencia opositora que terminaron de plasmarse otro mayo, tres años más tarde. Es cierto que hizo falta una derrota dura en el interín, y que esos tres años estuvieron marcados por el sufrimiento de la sociedad argentina. Esa es otra lección de la que el peronismo deberá tomar nota en el futuro. Lo importante es que esa voluntad preexistente, esas ideas que marcaron el camino antes de que aparecieran los nombres, son la garantía de la continuidad del proceso político, al menos hasta que las urgencias que le dieron razón de ser hayan sido resueltas. Y para eso todavía falta mucho.

El desafío del Frente de Todos es tener éxito allí donde Cambiemos fracasó rotundamente: constituir una coalición de gobierno más que una alianza electoral. La clave de la jugada de CFK, que logró desarmar las resistencias que aún existían a confluir en un armado común es que no buscó insuflar aliento al ciclo que había concluido en diciembre de 2015 sino que dio a luz una nueva etapa histórica para el peronismo. Resuelta, prematuramente, la cuestión electoral, el trabajo por delante es consolidar la unidad. Sólo así, el gobierno entrante tendrá la fuerza necesaria para sacar a la sociedad argentina del pozo y construir las barreras necesarias para prevenir que la historia vuelva a repetirse.