Milei, la Selección y los clubes de barrio: los logros de un sistema que desprecia y del que quiere apropiarse

El mandatario intentó apropiarse de la idea victoriosa de la "Selección Argentina" y busca enfrenarlo con la oposición. Lionel Messi como ídolo de todos y los clubes de barrio como resistencia.

09 de julio, 2026 | 00.05

Después del triunfo agónico de la Selección Argentina ante Egipto en los octavos del Mundial, Javier Milei salió por diversos medios para opinar de fútbol. Con la voz tomada,  el presidente alabó a Messi y comenzó el montaje de una supuesta antipatía contra la Selección Argentina y Lionel Messi por parte de la oposición. Desde allí, si bien ofreció la Casa Rosada e irse del lugar, también lanzó una diatriba en la que buscó tomar por asalto la camiseta celeste y blanca para separar a los ídolos de su pueblo. Pero los ídolos son de todos y, como dijo el Negro Fontanarrosa, "qué importa lo que hicieron con su vida, importa lo que hicieron con la mía". 

La Selección Argentina de fútbol está plagada de futbolistas que son el orgullo de un sistema de clubes único y sin igual en el mundo. Desde Dibu Martínez, quién empezó a jugar a la pelota en el Club Atlético General Urquiza de Mar del Plata, hasta Lisandro Martínez que tuvo sus primeros pasos en el Club Libertad de Gualeguay. Así como ellos, la gran mayoría de los jugadores de la Selección salieron de clubes de barrio que no solo sirvieron para jugar al fútbol, sino también como punta de referencia para hacer amistades y crecer en sociedad. La elección de nombrar a ambos Martínez no es caprichosa. El arquero, quien fue figura en el Mundial de Qatar, ha enviado públicamente saludos a su amigo Guillermo Montenegro, intendente del PRO en Mar del Plata mientras que el defensor -que metió un gol sumamamente gritado ante Cabo Verde- ha manifestado sus pensamientos políticos como, por ejemplo, contra la represión a los jubilados. Sin embargo, a nadie que realmente le interesa el fútbol eso le hace ruido: lo importante son los goles y la alegría popular. 

Todos festejamos el gol de Licha a Cabo Verde y las atajada de Dibu frente a Francia. Y, en esta Selección, siempre se ha festejado lo mejor que tiene: Lionel Messi. El Diez de la Selección es el mejor jugador de la historia. Ese título, por la magnitud del fútbol, lo eleva a ser una persona que conoce a mucha gente y lo pone, desde ya, en cientos de lugares con mandatarios y personalidades de diversos colores políticos. Así como eligió sacarse una foto con Donald Trump, también eligió sacarse una foto con Cristina Kirchner, otra con Mauricio Macri, también con Evo Morales y Estela de Carlotto. Messi siempre eligió porque siempre se puso por encima de la discusión política. El actual 10 y capitán de la Selección es, en definitiva, un jugador de fútbol que eligió dar un paso a la popularidad. Quien lo quiera oponer contra un sector, se equivoca. 

Sin embargo, quien diga que la políica y el deporte no se mezclan está profundamente equivocado. El fútbol es sumamente político: en sus expresiones, en ser una caja de resonancia, en como las decisiones políticas influyen en el desarrollo del deporte, en la idea de la coptación de ídolos y en el negocio, por supuesto. Pero nada de eso influye en el amor por los colores. Nadie que esté en sus cabales dirá que dejó de ser hincha de un club porque hay un presidente o un jugador que no le gusta vistiendo la camiseta. Eso no es futbolero, es perfomático. Lo político, en el deporte, influye más en lo macro: en las decisiones que se pueden tomar para que la actividad sea de elite o amplia, para todos.

Cómo se mete la política en el fútbol 

En los últimos días, se supo que Donald Trump llamó por teléfono a la FIFA para pedir que Folarin Balogun no tenga sanción para su selección luego de haber sido expulsado. La FIFA lo concedió. La intermediación política ahí es clara. También lo es cuando abrimos el lente y aparece Landon Donovan. El exjugador de la Selección de Estados Unidos y uno de los más grandes delanteros que tuvo aquel país y que es el ídolo máximo del fútbol en USA. En una reciente entrevista contó que allá "solo el 2% de los chicos que juegan al fútbol organizado provenían de hogares que ganaban menos de 50.000 dólares. Es decir, si no ganás 50.000 dólares, tu hijo no puede jugar al fútbol organizado".  En este sentido, agregó: "Mi mamá ganaba 34.000 dólares al año, madre soltera, criando a tres hijos. No podía pagar 4.000 dólares para que yo jugara al fútbol de club. ¿Estás cargando? No podía pagar ni 400 dólares. Así que habría tenido cero posibilidades, pero alguien me dejó entrar al equipo y pagó por mí; de lo contrario, no habría podido". 

En Argentina, cuna del buen fútbol, por el contrario esa red de clubes de barrio está expandida. Enzo Fernández aprendió la técnica del cabezazo de abrir los ojos, expandir los brazos y "decirle que si" a la pelota en el club de barrio La Recova de San Martín. Facundo Medina se tira al piso con la fiereza que lo hace porque lo hacía en el club Los Gauchitos y Leandro Paredes metió el corte increíble ante Mashmour porque, alguna vez, lo hizo en el club de su barrio La Justina o en Brisas del Sud en Liniers.  
En los últimos años, los clubes de barrio comenzaron a tener problemas con tarifas (más allá de que existe un sistema de subsidios, por el momento) y con el recorte de los planes de infraestructura para la instituciones. Muchos de esos planes desaparecieron y esa red de clubes argentinos está cada vez más golpeada. A eso se le suma el impulso que el Gobierno de Javier Milei le busca dar a las Sociedades Anónimas Deportivas, una situación que puede generarle un golpe mortal al fútbol argentino y sus potreros.