Menos de dos meses después de invadir Venezuela y secuestrar a Nicolás Maduro y su esposa, Estados Unidos bombardeó Irán -junto a su aliado Israel-, mató al máximo líder del país, el ayatolá Ali Jamenei, dejó claro que espera se genere un vacío de poder y llamó a la oposición iraní a aprovechar una "oportunidad que solo se da una vez en la vida". La primera pregunta que surge es: ¿quiere un cambio de régimen a la vieja usanza o se conforma con el formato que inauguró en Caracas y negociará con quien quede a cargo de la República Islámica y acepte poner fin -al menos en los hechos- a la histórica enemistad con Washington? Entonces, surge la segunda pregunta: ¿la estructura de poder de Irán se convertirá en un socio amigable como sucedió con Delcy Rodriguez -quien recibió a los jefes de la CIA y del Comando Sur, cambió la ley de hidrocarburos y aprobó una amnistía para los presos opositores en apenas semanas- o dará pelea hasta que la guerra se vuelva muy costosa al gobierno de Donald Trump en este año electoral?
De entrada y por las obvias diferencias de capacidades militares y realidades sociales entre Venezuela e Irán, Trump eligió una estrategia distinta este fin de semana: no fue una operación limitada y rápida ni buscó secuestrar a la cabeza política del país. Lanzó una ola masiva de bombardeos, apuntó directamente contra la oficina del ayatolá Jamenei para matarlo y no actuó sólo, sino con Israel. Asumió bajas propias -según el Comando Central estadounidense murieron tres militares y cinco fueron heridos- e Irán respondió no sólo contra sus bases militares en Medio Oriente sino contra objetivos civiles de sus aliados regionales: Israel, Jordania, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Qatar, Kuwait y, este domingo, sumó a Omán. Mientras Irán denunció cientos de muertos en su territorio, las víctimas de sus represalias ya suman decenas.
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¿EE.UU. puede decapitar y derrocar la República Islámica?
En su mensaje en Mar-a-Lago, cuando anunció los ataques, el presidente de Estados Unidos dijo que iban a "destruir los misiles y la industria misilística" de Irán, "aniquilar su fuerza naval", "garantizar que sus aliados terroristas regionales no puedan seguir desestabilizando la región o el mundo" y "asegurar que Irán no obtenga un arma nuclear". A diferencia de la llamada guerra de 12 días en junio pasado, cuando Israel atacó objetivos explícitamente vinculados al programa nuclear iraní, por ahora no se sabe si los bombardeos dañaron significativamente el sistema de misiles, la Marina o las instalaciones nucleares.
La única información disponible es que la ofensiva fue efectiva en destruir en gran parte la residencia y oficina de Jamenei, donde no sólo murió el líder supremo sino también parte de su familia. Además, Trump afirmó en diálogo con la cadena Fox News que ya mataron a casi 50 dirigentes iraníes. “Está avanzando rápidamente. Nadie puede creer el éxito que estamos teniendo; 48 líderes se han ido de golpe. Y avanza rápidamente”, contó la periodista Jacqui Heinrich que le dijo.
De lo que no hay duda es que la República Islámica no pudo rearmar sus defensas después de los ataques de junio pasado ni los duros golpes que Israel le asestó en los últimos años a sus aliados regionales. Hezbollah en Líbano aún no se recuperó, Hamas quedó diezmado en la Franja de Gaza, Siria sigue sumido en conflictos internos tras el derrocamiento de la familia Al Assad, los hutíes quedaron muy debilitados tras el asesinato de la primera línea de su gobierno en Yemen y ya el año pasado las milicias chiitas de Irak eligieron su supervivencia a salir en apoyo de Teherán y atacar bases estadounidenses en ese país.
Irán fue perdiendo uno de sus principales activos: amenazar creíblemente con desestabilizar la región en un abrir y cerrar de ojos. Pero eso no significa que la República Islámica perdió todo su poder para sobrevivir. En primer lugar, demostró que no lograron destruir su sistema de misiles y aún tiene capacidad de golpear a sus vecinos y provocar daños, tantos humanos como materiales. Incluso, puede afectar a la economía global.
El mismo sábado, operadores de buques petroleros denunciaron que la Guardia Revolucionaria, fuerza de élite de Irán, los amenazó para que no utilizaran el Estrecho de Ormuz, la vía comercial que conecta el Golfo Pérsico con el Mar Arábigo. En otras palabras, la principal salida para el petróleo de Medio Oriente que utiliza el 20% del crudo mundial. Este domingo un primer buque fue atacado cuando intentaba atravesarlo. El canciller iraní Abbas Araghchi negó en una entrevista con Al Jazeera que su gobierno quiera cerrar el paso y nadie reivindicó el ataque, pero la agresión sirvió para frenar por ahora el comercio en la zona y forzar un primer aumento del 10% del precio internacional del barril de crudo.
En una entrevista con el portal Axios el sábado, Trump dio a entender que no tiene un único plan ni un único objetivo: "Puedo ir a largo plazo y tomar el control de todo, o terminarlo en dos o tres días y decirles a los iraníes: ‘Nos vemos de nuevo en unos años si empiezan a reconstruir su programa nuclear'". ¿Cuál es entonces el verdadero objetivo: eliminar el programa nuclear o cambiar el régimen?
Si es lo primero, una negociación con el liderazgo que quede a cargo después del asesinato de Jamenei podría alcanzar. Esta opción parece poco probable, de todas maneras, por dos razones. Primero, fue Trump el que destruyó en 2017 el acuerdo firmado por Barack Obama que congeló el programa nuclear iraní. En segundo lugar, el gobierno de Omán, el mediador en las negociaciones entre Washington y Teherán hasta hace solo unos días, contó el sábado que la República Islámica ya había aceptado las condiciones de la Casa Blanca. "El principal logro había sido que Irán aceptó que nunca tendría el material nuclear necesario para construir una bomba. Esto es muy importante, no estaba en el acuerdo anterior", explicó el canciller omaní Badr bin Hamad Al Busaidi en una entrevista con CNN.
Si es lo segundo y el objetivo es un cambio de régimen, parece muy difícil conseguirlo sin una operación militar terrestre. Pese a las descripciones que suelen aparecer en los medios occidentales y aún si en los últimos meses el país fue testigo de una nueva ola de masivas protestas opositoras, lejos está el Gobierno de haber perdido el monopolio de la fuerza dentro del territorio. De hecho, este domingo, cientos de miles de simpatizantes del régimen teocrático salieron a las calles en Teherán y varias ciudades para honrar la memoria de Jamenei y prometer venganza contra Estados Unidos e Israel. Su asesinato, en sus ojos, lo convirtió en un héroe, un mártir.
Además, la estructura de poder de la República Islámica tiene varios liderazgos fuertes, ubicados en distintos poderes del Estado. Este mismo domingo, el presidente Masud Pezeshkian, el dirigente reformista que ganó en las últimas elecciones de 2024, anunció la activación de un órgano colegiado para asumir la transición hasta que se elija un nuevo líder supremo. El llamado Consejo de Liderazgo está compuesto por él, el jefe del poder Judicial, Gholamhosein Mohseni-Ejei, y el ayatolá Alireza Arafi como representante del poderoso clero.
Pero no es el único peso pesado. Una de las amenazas más duras que se escucharon contra Estados Unidos e Israel en las últimas horas desde Teherán fue la de Ari Larijani, un veterano dirigente de 67 años que en agosto pasado fue designado al frente del estratégico Consejo Supremo de Seguridad Nacional y al que muchas veces en la prensa occidental se describe como un pragmático. "Hoy los vamos a golpear con una fuerza como la que no sintieron antes", sentenció en sus redes el hombre al que hace sólo una semana el diario The New York Times señaló como el posible sucesor de Jamenei.
Aunque aún es muy temprano para hacer pronósticos, por ahora la estructura de poder iraní no muestra grietas ni quedó teñida por las sospechas de una traición, como sucedió con el secuestro de Maduro en Venezuela.
El frente interno de Trump
Todos los gestos de las autoridades en Teherán indican (por ahora) que continuarán atacando a los aliados de Estados Unidos en Medio Oriente mientras Washington e Israel continúen bombardeando su territorio. De hecho, analistas militares coinciden en que esta es la mejor estrategia que tiene hoy la República Islámica para sobrevivir. Mientras la apuesta de Trump suele ser someter por las fuerza a sus enemigos hasta que se quiebren y acepten sus condiciones, la única opción que tiene la teocracia iraní en este escenario es resistir, prolongar el conflicto lo más posible hasta que el costo -político y económico- sea demasiado para una Casa Blanca que no transita su mejor momento puertas adentro.
En la teoría política, se pueden dividir en dos las guerras: guerras por necesidad o guerras por elección. En las primeras, un líder o un régimen político lucha para sobrevivir, no tiene opción, pelea o es derrotada y deja de existir; en las segundas, un líder o un gobierno elige combatir, sin que sus intereses vitales estén en juego, es decir, si es derrotado no desaparece ni mucho menos. Un ejemplo clásico es Vietnam: mientras Estados Unidos decidió ingresar a la guerra para ayudar a un aliado en la otra punta del mundo, para los vietnamitas del Norte se jugaba su posibilidad de mantenerse en el poder e instalar el régimen comunista en todo el territorio. Si perdían, Vietnam del Sur ganaba y ellos, como régimen político, desaparecían. Cuando Estados Unidos fue derrotado y se retiró, ningún interés vital de Washington fue afectado.
No es una calificación teórica vacía. Los gobiernos, las fuerzas militares y policiales no pelean de la misma manera cuando se juega la supervivencia de su poder que cuando lo que está en disputa son los intereses y el futuro de otros, por más aliados o socios comerciales que sean. Llevado al Medio Oriente actual, según el manual tradicional de cambio de régimen, todos los sectores de poder de la República Islámica se juegan su supervivencia, ya que por ahora no han dado señales de estar dispuestos a seguir el nuevo manual venezolano.
Trump, en cambio, decidió lanzar una guerra que la mayoría de los estadounidenses no apoyan y que muchos ven más como una concesión a los intereses del gobierno israelí de Benjamin Netanyahu. El mes pasado, una encuesta publicada por el portal Politico reveló que un tercio de los que en 2024 votaron a Trump no estaban de acuerdo con atacar a Irán. A esto se suma un rechazo casi total de los que en la última elección presidencial votaron por la candidata demócrata, Kamala Harris. El mismo medio estadounidense, en enero había publicado un sondeo en el que sólo el 45% de los votantes norteamericanos decían estar en contra de una guerra contra Irán, lo que evidencia que tras dos meses de amenazas belicistas de la Casa Blanca, el rechazo fue creciendo.
Y no es el único problema que desnudan las encuestas después del primer año de este segundo mandato de Trump. Tras su discurso del Estado de la Unión, el martes pasado, casi un 70% de los estadounidenses aseguraron que no le creyeron al mandatario cuando dijo que la economía "estaba creciendo", según un sondeo de Reuters/Ipsos publicado el viernes pasado. La desconfianza fue aún mayor para uno de los temas más sensibles para la sociedad norteamericana: la inflación. Un 82% aseguró que no estaba de acuerdo con que "casi no había inflación en Estados Unidos", como celebró el presidente en su mensaje en el Congreso.
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Ya antes del discurso, una encuesta publicada por la cadena Fox, muy cercana a la derecha estadounidense, había alertado sobre la creciente desaprobación que sufría Trump y que la gente, incluso en su base electoral, quería que redirigiera sus "prioridades del gobierno". Ninguna ciencia: más mejoras reales para el bolsillo de los estadounidenses, luego que su lluvia de aranceles disparara los precios de bienes básicos importados.
En el gobierno en Teherán parecen saber que la clave está en el frente interno estadounidense, especialmente a ocho meses de las elecciones de medio mandato que redefinirán el Congreso y varios estados. Por eso dirigentes iraníes dieron entrevistas a medios de ese país e, incluso, Larijani hizo hincapié en un dato clave: Irán no tiene la capacidad para atacar el territorio de Estados Unidos. En otras palabras, la supervivencia de Estados Unidos no está en juego en esta guerra. "Por supuesto que no podemos golpear cualquier objetivo en el territorio de Estados Unidos, por eso tenemos que hacerlo con sus bases en la región y con las instalaciones y edificios que usan en los países de la región", sostuvo el canciller Araghchi este domingo.
Los países del Golfo: ¿se mantendrán como simples observadores o actuarán?
Irán defendió la decisión de atacar no solo bases militares estadounidenses, como hicieron en el pasado para responder a bombardeos norteamericanos, sino también objetivos civiles y hasta famosos como el único hotel de siete estrellas del mundo y el más icónico de Dubai, Jumeirah Burj Al Arab, o lugares muy concurridos como los aeropuertos de Kuwait.
"Empezamos atacando sus bases militares. Ellos evacuaron las bases militares y se fueron a hoteles y tomaron escudos humanos para protegerse...así que estamos en realidad tratando de atacar sólo a personal militar y a las instalaciones que ayudan a los militares estadounidenses en su operación contra Irán", sostuvo Araghchi.
Está claro que el derecho humanitario defiende los objetivos civiles en una guerra y nada justifica los ataques de Irán a hoteles, aeropuertos o puertos comerciales. Pero más allá de la cuestión legal, está claro que Teherán decidió dejar de hacer la distinción entre bases estadounidenses y el resto del territorio en los países del Golfo. El interrogante que surge ahora es cómo responderán estos países, especialmente los gobiernos de la región del Golfo Pérsico que hasta ahora parecían haber quedado afuera, al menos sus zonas civiles, turísticas y comerciales, de la convulsión político-militar de la región.
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El Concejo de Cooperación del Golfo -integrado por Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahrein, Omán y Kuwait- tendrá una reunión virtual este domingo para discutir cómo responderán. Se trata de un bloque regional con sede en la capital saudita y creada en 1981, es decir, apenas dos años después de la creación de la República Islámica en Irán, para garantizar un muro contra la posible expansión de la influencia chiita de la entonces flamante teocracia. Hasta ahora, su principal herramienta había sido la integración económica, pero por primera vez todos enfrentan un mismo desafío militar.
Es muy temprano para pronosticar si será posible un giro en Irán como el que dio el chavismo con el gobierno actual de Delcy Rodríguez, si Trump no aceptará nada menos que el fin de la República Islámica o si el mundo se encamina a una guerra que incluya a todo Medio Oriente, sin excepciones, y hasta incluso el mundo islámico como se vio este domingo en Pakistán con protestas y violencia frente a sedes diplomáticas estadounidenses. Lo único cierto hoy es que, a menos de 48 horas de esta última guerra lanzada por Estados Unidos e Israel, la posibilidad de una escalada militar regional aún peor, que se convierta en un baño de sangre y bloquee más vías comerciales claves para las economías de todos los países del mundo, incluida una Argentina cada vez más vulnerable a los vaivenes de los mercados internacionales, es muy real.
