El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, se someterá a las urnas este domingo como el último sobreviviente de una época que parece prehistórica. No solo porque su primer intento por llegar a la Presidencia fue en 1989, sino porque la América Latina de su época de oro no existe más: una región progresista y a la vanguardia con instituciones del Sur Global como los BRICS o la UNASUR. Sobrevivió a las cárceles de la dictadura, al lawfare democrático, estuvo preso tras ser dos veces presidente y, cuando la corte suprema anuló su condena, salió y volvió a ganar las elecciones. Hoy, con más de 80 años, todavía le queda peleas por dar y se lanza a su segunda reelección.
Aunque su rival es una versión deslucida del líder de la extrema derecha y ex mandatario Jair Bolsonaro, esa pertenencia a otra época del líder del Partido de los Trabajadores (PT) es tanto su mayor fortaleza como también un posible talón de Aquiles. Desde hace por lo menos un mes, los sondeos de opinión muestran un escenario parejo entre Lula y Flavio Bolsonaro, además de una alta probabilidad de que la contienda se defina en un balotaje, como pasó en 2022. Hace cuatro años, cuando Lula ganó y frenó un intento de golpe de Estado en su contra, había hecho campaña con la promesa de recuperar la bonanza económica de los primeros años 2000. “Volveremos a comer picanha”, celebraba por entonces en una contienda de alta intensidad y con la épica propia de quien vuelve de la cárcel después de demostrar que había sido víctima de lawfare. Pero su tercera gestión no tuvo la envergadura de aquellos dos primeros mandatos de 2003 a 2010. Brasil no era el mismo y el mundo tampoco.
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Lula hizo un esfuerzo denodado por sacar a Brasil del mapa del hambre, donde terminó por la presidencia de Bolsonaro. Logró recuperar a más de 8 millones de personas de la pobreza y llevar el desempleo a mínimos históricos. Pero, de todas maneras, hoy la principal preocupación de los brasileños sigue siendo la economía. En julio, números oficiales indicaron que el 82% de las familias brasileñas estaban endeudadas, por lo que recientemente el Gobierno anunció una nueva etapa del programa Desenrola Brasil, que ofrece importantes descuentos a los morosos. Brasil no escapa a una realidad extendida en muchas latitudes: una tasa de desempleo baja pero con grandes dificultades económicas.
“Lula es el último de los mohicanos de la lucha de izquierda de principios del siglo XXI, y creo que todavía su visión de las cosas está muy basada en aquel mundo de la izquierda latinoamericana de hace 20 años, cuando fue presidente por primera vez”, analizó el diálogo con El Destape el politólogo brasileño Mauricio Santoro.
A modo de contraste, el politólogo comparó cómo cambió la actividad económica desde aquella primera época hasta ahora. “Cuando Lula daba sus primeros pasos como obrero metalúrgico, la industria era responsable del 30% de la economía brasileña. Hoy, en cambio, sólo lo es del 10%; el sector agro también creció muchísimo en los últimos años”, puntualizó.
Con el pasado como espejo, Lula empezó la que probablemente será su última campaña electoral en el mismo lugar en el que torció su destino: en el estadio Vila Euclídes, en el cordón industrial de San Pablo, donde en agosto pasado juntó a una multitud. Allí fue donde habló por primera vez como dirigente, subido a la mesa de un bar y sin micrófono en medio de las intensas huelgas para poner contra las cuerdas a la dictadura. Unas cuantas décadas más adelante levantó en el mismo sitio esas mismas banderas: un Estado activo que interviene en salud y educación, y la industrialización de minerales críticos.
A diferencia de Lula, Flavio Bolsonaro armó su campaña con el mismo libreto de los candidatos de extrema derecha de toda América: motosierra al gasto público y una alineación total con Estados Unidos.
Para el politólogo Santoro, la campaña de Lula hace agua a la hora de reconocer los “problemas cotidianos”, principalmente de los jóvenes y las familias endeudadas, a pesar de las postales nostálgicas. A eso se suma una ciudadanía mucho más desmovilizada que en los últimos comicios. “Esta es una elección basada más en el rechazo que una elección por entusiasmo y sentimientos positivos. Es muy distinto a lo que tuvimos en Brasil los últimos 10 años. Esto hace difícil entender el voto y creo que mucha gente lo va a decidir a último momento”, opinó.
A eso se suma que, para este turno electoral, no está claro aún si el mensaje de Lula y el slogan de campaña de la defensa de la democracia y la soberanía impactaron como se esperaba. En la elección anterior, la narrativa del líder del PT si había sido clara y diferenciada, apuntó Santoro: para las clases populares, volver a comer picanha; y para las clases medias y altas, la defensa democrática frente al proyecto autoritario de Bolsonaro. “Algunas veces Lula habla de la defensa de la soberanía frente a Estados Unidos, pero hay una gran cantidad de brasileños para quienes no está mal la intervención de Estados Unidos en seguridad pública”, sumó Santoro.
Del “No al Alca” a Donald Trump
El mismo Lula que hoy batalla en soledad contra la política económica agresiva de Donald Trump fue el protagonista, junto a los fallecidos ex presidentes Néstor Kirchner y Hugo Chávez, del momento de mayor autodeterminación de la región en este siglo. En 2005, los tres se reunieron en la Cumbre de los Pueblos de Mar del Plata, un lado B de la IV Cumbre de las Américas, en la que también estuvo Diego Maradona, Emir Kusturika y un Evo Morales que todavía no había alcanzado la Presidencia.
Mientras en la Cumbre de las Américas el entonces presidente de Estados Unidos George Bush presionaba para que el Mercosur se sumara al Área de Libre Comercio de las América (ALCA), el presidente de Venezuela habló por más de dos horas y pronunció la frase que pasaría a la historia: "ALCA, ALCA, ALCA, al carajo. ¿Quién enterró el ALCA? Los pueblos de América".
Ese día, Kirchner, Chávez y Lula pusieron un freno al avance arrollador de Estados Unidos sobre la región y gestaron una alianza de unidad que después tomaría forma en instituciones como la Unasur y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), en la que no participan Canadá ni Estados Unidos y a la que, por el contrario, se sumó a Cuba.
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Solo dos años antes, Lula le había dicho a su canciller Celso Amorim que Brasil y la región tenían las “condiciones” para cambiar la geopolítica comercial y política del mundo. “No es posible que en el mundo, con tantos países, solo se oiga hablar de Europa, de India, de China y de Estados Unidos. No es posible", recordó Lula en una entrevista con Emir Sader y Pablo Gentili en 2013.
Es evidente que a más de 20 años de aquella cumbre la relación de fuerzas es totalmente inversa. Ahora Lula está solo en la región y tiene en Argentina al principal aliado de Trump en el Cono Sur, a lo que se suma que uno de los hijos de Bolsonaro está viviendo en Estados Unidos. Durante su último gobierno, el líder del PT fue asediado por Trump en todos los frentes: le impuso aranceles a productos brasileños que llegaron al 50%; le canceló la visa a la embajadora en Washington, Maria Luiza Ribeiro Viotti; y designó como organizaciones terroristas al Comando Vermelho y al Primer Comando de la Capital.
Lula, de todos modos, se sube al ring cada vez que lo invitan. Mientras inunda las redes sociales con videos de sus rutinas de entrenamiento, aprovecha los actos públicos para denunciar la injerencia de Estados Unidos en las elecciones y afirma que él es el “único”, junto al uruguayo Yamandú Orsi, que queda por fuera de la égida de Trump.
"Después de mi discurso en la ONU, Trump se reunió con 14 presidentes de América del Sur porque ahora solo resto yo y el presidente de Uruguay. Solo nosotros", dijo en septiembre pasado, días después de su mensaje en la Asamblea General, donde también afirmó que “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”.
Sobre este nuevo rediseño del mapa, Santoro advirtió que Lula quedó en un lugar incómodo respecto a los históricos amigos y aliados: en una entrevista en agosto pasado se refirió al presidente ruso Vladimir Putin como "mi amigo" y también fue cuestionado en 2024 por su postura poco firme respecto a las elecciones en Venezuela, en las que el presidente Nicolás Maduro (poco después secuestrado por Estados Unidos) nunca entregó las actas oficiales. Con quien si tuvo un quiebre fue con el matrimonio de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua. En los últimos años, criticó que no haya "alternancia en el Gobierno" y en su último discurso frente a la ONU dijo que Nicaragua "no va a resolver sus problemas excluyedo a la oposición".
Al quedarse sin aliados regionales y condicionado por la política proteccionista de Estados Unidos, en este tercer mandato Lula se vio obligado a buscar nuevos mercados: apalancado en el Mercosur, firmó un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea y también junto con el bloque empezaron a negociar un TLC con Canadá.
Del globalismo al estallido de guerras
La tercera presidencia del líder del PT también se caracterizó por tener que responder a un mundo más hostil. Estados Unidos y China se declararon la guerra comercial y cada ficha que mueven hace temblar la economía mundial. Pero gracias a su postura de poner en el centro al Sur Global, Lula pudo ver los frutos del crecimiento que logró la asociación de los BRICS, creada en 2006 a instancias suyas y de los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, de China, Xi Jinping, el primer ministro indio, Manmohan Singh, y el presidente sudafricano Jacob Zuma, y que en los últimos años sumó a Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Irán, Egipto y Etiopía.
A Lula siempre le importó y se movió bien en el terreno internacional y en este mandato su país fue sede de la Cumbre del G-20, de los BRICS y de la Conferencia de la ONU sobre el clima (COP30). En el plano regional, ni bien asumió, hizo que Brasil volviera a la CELAC y trató de reactivar la UNASUR con una cumbre celebrada en Brasilia. La política exterior volvió a ser un eje central de su tercer gobierno con una apuesta clara por el multilateralismo y la búsqueda de nuevos socios, pero en una coyuntura internacional poco favorable para las posiciones de neutralidad y paz como lo habían sido décadas atrás.
A la rivalidad entre China y Estados Unidos, se sumó la guerra de Rusia contra Ucrania, el asedio israelí y norteamericano en la Franja de Gaza y la disputa por el estrecho de Ormuz. Por sus socios y aliados, Lula lleva la voz disidente en la región. Mientras apoya iniciativas como la denuncia contra Israel en la Corte Internacional de Justicia, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu celebra que nunca tuvo tantos apoyos en América Latina como ahora. Lo mismo pasa con la Estados Unidos de Donald Trump que reactualizó la doctrina Monroe y volvió a disponer de su "patio trasero" con una alianza amplia como lo es "Escudo de las Américas".
Un veterano para un mundo nuevo
Lula llega a la elección de este domingo con varios récords alcanzados: es el primer presidente de origen obrero y sindicalista del país, es quien más veces compitió por la presidencia y quien también tuvo más mandatos. Lula es un auténtico veterano de la política brasileña. Vio irrumpir el nuevo siglo y transformarse; fue fundante de la experiencia de gobiernos progresistas en la región y es también el último que sigue en pie.
Gobernó con índices de popularidad que superaban el 60% mientras que hoy ningún presidente supera el 40%. Se formó en una época donde las derechas tenían una aspiración democrática y republicana y ahora se enfrenta a ultraderechas golpistas y populistas. No usa celular en la época más hiperconactada de todas y apuesta por la paz y convivencia cuando la moda es la polarización. A partir de este fin de semana se verá si esa apuesta le garantiza una victoria en su último baile.
