El bloqueo israelí contra la Franja de Gaza vigente desde 2023 impide la llegada de medicamentos, ayuda humanitaria y ahora también juguetes, forzando a miles de niños palestinos a jugar con escombros y restos materiales de la ciudad, según confirmó Maher al Taba’a, director de la Cámara de Comercio e Industria de Gaza. El único ingreso de material recreativo que pudo sortear con éxito a las exigencias de Israel, según explicó el funcionario, fue Unicef, que mandó útiles escolares y algunos pocos juegos para educación. Mientras tanto los niños gazatíes recurren a formas improvisadas de diversión, usando palos de madera, piedras, viejos faroles de luz y retales antiguos como juguetes caseros, muchos de ellos intervenidos por sus padres.
"Israel solo permite la entrada de alimentos y casi todo lo demás está completamente prohibido o entra en cantidades muy pequeñas a través del contrabando o por canales no oficiales", explica Al Taba’a. Incluso los precios de la carne congelada se duplicaron en comparación con los previos a la guerra, mientras otros tantos cuestan hoy hasta un 300% más de lo que hace tres años. Pero aparte de los alimentos, la escasez y el encarecimiento de los juguetes son la otra cara de la dramática situación de las infancias en Gaza.
La situación de las infancias en Gaza es crítica. De acuerdo a los datos que publicó la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas, de los 72.000 gazatíes muertos desde el comienzo de los ataques israelíes, más de 20.000 son niños. Unicef advierte desde hace meses que el hambre y la malnutrición afecta fundamentalmente al 60% de los niños de entre seis y 24 meses, a la par que el 100% de los niños de la Franja necesitan apoyo psicológico después de dos años de desplazamientos, bombas y miedo. En este punto, la falta de recreación sana es clave. Y los precios que demandan, aparte de impagables, empeoran la esperanza de padres y niños gazatíes.
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Amr Mahmoud, de cuatro años, es la prueba de estos datos. Residente de la región de Al Mawasi, al sur de la Franja. A Amr le gusta bailar y lo hace con un farol de Ramadán roto que su familia rescató de los escombros de su casa destruida en Jan Yunis, en el sur de la Franja de Gaza. Este farol decorativo, que se usa para iluminar calles y hogares durante el mes sagrado para los musulmanes, ya no prende ni emite música: apenas conserva la carcaza de plástico. Aun así, Amr lo usa para celebrar el Ramadán, que comenzó el 17 de febrero. Es el único juguete que tienen.
Mientras Amr y sus siete hermanos cantan canciones tradicionales, otros niños golpean latas de gaseosa vacías para marcar el ritmo, usan algunos retales para convertirlos en balones improvisados y se intercambian palos de madera como si fueran juguetes. Entre risas, giran y se persiguen, ajenos a la devastación que los rodea.
La crisis de los juguetes en los ojos de un comerciante
Hilmi Barbakh es el dueño de las tiendas de juguetes El Castillo, la cual contaba con varias sucursales en toda la Franja e importaba 30 camiones de juguetes provenientes de China al año, además de material educativo. Agotó todas sus reservas en el primer semestre del conflicto con Israel y no obtuvo el permiso de Tel Aviv para reponer sus productos.
"Los precios aumentaron un 20% dos meses después del inicio de la guerra, pero una vez que se agotaron las existencias de la mayoría de los comerciantes, los precios se multiplicaron por 10 o más", explicó Barbakh ante la prensa. El pequeño comerciante además alertó que una pequeña muñeca de tela que antes costaba tres dólares ahora se vende por 13 dólares.
"Si la situación fuera normal, el Ramadán y el Eid -la fiesta que marca el fin del Ramadán- representarían la temporada alta de ventas", sumó.
Juguetes o comida: el durísimo testimonio de las familias
Abu Abdel Rahman, de 42 años, cuenta que hasta antes del inicio de la ofensiva israelí trabajaba como profesor. Desde octubre de 2023 tuvo que abandonar las aulas para dedicarse exclusivamente a sobrevivir junto con su familia, que son su esposa y su hijo Amira Omar, que tiene cinco años. "Esto es el fin. Nuestros hijos antes vivían en sus casas, con sus juguetes, cómodos y felices. Ahora no encuentran nada con lo que jugar", declaró Abdel Rahman. "Hoy no tenemos dinero y lo poco que hay en los mercados es viejo y carísimo. Jugar es esencial para sus vidas, pero es insoportable verlos convertir madera, metal o ropa en algo que se parezca a un juguete", agregó.
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"¿Qué amenaza para la seguridad puede suponer un balón, una muñequita o un juguete electrónico?", sumó Rahman, a lo que concluyó: "Cuando pregunto a los vendedores, me dicen que no hay nada en los mercados porque Israel impide la entrada, y lo que entra llega a través de organizaciones internacionales que lo distribuyen a los niños en cantidades limitadas, y algunas familias los venden para comprar comida", explica.
Otro ejemplo es el de Rana Abu Jaradeh, de 37 años, que se vió obligado a improvisar juegos para sus tres hijas: Dima, de cuatro años; Dana, de dos años; y Laila, de siete meses. Jaradeh les inventa pelotas rellenando medias con papel y pintando cajas de cartón vacías para que parezcan muñecas. Jaradeh es licenciada en biología y vive en una tienda de campaña al norte de Al Mawasi con su marido desempleado, un herrero que no puede utilizar sus herramientas. Dependen de la ayuda ocasional y de un comedor social cercano.
"¿Cómo puedo comprar juguetes a un precio 10 veces superior cuando no puedo permitirme verduras, carne congelada o fruta?", se lamenta Abu Jaradeh. Su hija mayor, Dima, ve vídeos en YouTube de niños de países vecinos en el teléfono de su madre y memoriza las historias de familias árabes que publican el día a día de sus hijos. "Mi hija mayor es consciente de que nosotros vivimos en una guerra y no tenemos juguetes y de que ellos, fuera de Gaza, están mejor", dice Abu Jaradeh. "Si Dios quiere, esto terminará y te compraré todo lo que quieras", explica Jaradeh sobre lo que le responde a su hija mayor.
