Desde hace algunas semanas se asiste a una fuerte campaña de los medios de comunicación tradicionales para instalar la candidatura presidencial del economista Roberto Lavagna. La razón es clara. La imagen de Mauricio Macri se derrumba al ritmo de la recesión y arrastra, con distintas velocidades, a todos los candidatos cambiemitas. Un síntoma es que comenzaron a adelantarse elecciones en las provincias y el color amarillo desapareció de las boletas. Cambiemos devino simplemente en peste electoral.

En este nuevo escenario los extremos de impostación del discurso de apertura de sesiones legislativas profundizaron el rechazo social al candidato que, tras las elecciones intermedias de 2017, se decía que ganaría su reelección “caminando”. Al mismo tiempo el crecimiento de la imagen de CFK no se detiene y perfora los techos imaginarios. Se consolida por su propio peso y atrae incluso a viejos astros errabundos.

La tercera posición que alguna vez representó el Frente Renovador quedó diluida por las acciones sinuosas de su referente principal junto al raleo de dirigentes que regresaron a sus rediles. Los tirios ven a Sergio Massa muy troyano y los troyanos muy tirio. Tampoco hay garantías de que la gobernadora bonaerense, aunque todavía mida mejor que su jefe, esté en condiciones de competir por la elección nacional. El “plan V” está atado con alambre.

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Para colmo salió a la luz la metodología extorsiva subyacente en toda la operación de inteligencia-judicial-mediática de “las fotocopias de los cuadernos”, situación que derribó la ya escasa legitimidad de la persecución desde el aparato de Estado a los principales líderes opositores. El modelo de proscripción brasileño encuentra límites en Argentina, aunque todavía no se descarte la aparición de “un Bolsonaro”, aunque no en los términos de un extremista de derecha, como creyeron leer desde el diputado salteño de las camperas amarillas al árido José Luis Espert, sino como un outsider que se pueda meter en medio de la llamada grieta. Más o menos en esta figura encaja la promoción mediática de Lavagna, quien le habla de crecimiento conducido desde el Estado a los kirchneristas y de reforma previsional y laboral a los macristas. Sin embargo no debe escaparse el detalle de que si bien el ex ministro critica a Macri, pondera positivamente a los gobernadores de la CABA y Buenos Aires.

Cada vez es más claro que los verdaderos bandos en pugna son dos: una continuidad neoliberal maquillada o un modelo de desarrollo con inclusión

El panorama muestra que están abiertas todas las alquimias, desde meter segunda en el balotaje, detrás de CFK, a una tercera fórmula, una jugada muy arriesgada que podría darle un triunfo en primera vuelta a la principal oposición, hasta consolidar candidatos para luego construir una nueva Unión Democrática siglo XXI, una gran “tercera Alianza” que sume al autodenominado peronismo federal, blanquee la posición de algunos gobernadores y sume a todas las pymes de la política, como el “progresismo” de Margarita Stolbizer y el socialimo santafesino, más los siempre disponibles partidos provinciales. Con el correr de las semanas las encuestas y el dinero determinarán quién es quién y cuál será la alternativa. Sin embargo, cada vez es más claro que los verdaderos bandos en pugna son dos: una continuidad neoliberal maquillada o un modelo de desarrollo con inclusión. Esta es la verdadera grieta.

No es la intención de estas líneas cargar contra la figura de quien fuera ministro de Economía de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner. Sí en cambio tratar de comprender cuál fue su rol durante la recuperación poscrisis de 2001-2002. El dato importa especialmente mirando hacia 2020, porque la economía local está nuevamente en una crisis muy similar a la de aquellos tiempos, todavía sin estallidos y con menos años de recesión a cuestas, pero casi seis veces más endeudada con el FMI que por entonces y con más restricciones para salir del pozo.

Una cosa que suele ensalzarse de la gestión pos 2001 es la idea de los superávits gemelos, como si estos dos fenómenos relacionados y transitorios pudiesen ser un fin en sí mismos y desconociendo la estructura económica argentina. Lo que estas miradas ocultan es que ven el superávit fiscal como un objetivo en sí mismo. Olvidan que el superávit público interno tiene como contrapartida el déficit privado, y por lo tanto ninguna razón de ser. Una opción B es que exista un superávit externo tan grande que permita un excedente privado que habilite a pagar muchos impuestos, algo que sucedió en aquellos años vía las retenciones a las exportaciones. Pero son siempre situaciones transitorias, que no pueden sostenerse en el tiempo. Los países no se desarrollan en base a superávits gemelos.

Los países no se desarrollan en base a superávits gemelos.

Lo que se necesita comprender es el punto de arranque del modelo kirchnerista. A fines de 2002 y hasta al menos 2005 existieron algunos factores que pueden denominarse extraordinarios. Primero la economía disponía de abundantes factores productivos disponibles. Por el lado del capital, la capacidad instalada ociosa luego de una recesión que se extendió desde 1998 hasta avanzado 2001 y por el lado del trabajo el elevado desempleo, con salarios deprimidos en dólares luego de la fuerte devaluación, con una mano de obra con nulo poder de negociación y trabajadores cuya principal preocupación era evitar la exclusión. A ello se sumó un contexto externo muy positivo, con precios de las commodities que el país exportaba en aumento durante todo el comienzo de la década y hasta la crisis estadounidense de 2008-2009. Adicionalmente la imposibilidad de hacer frente a los compromisos externos a partir de diciembre de 2001 forzó un default de hecho, es decir con prescindencia de su declaración formal, lo que significó no realizar pagos de deuda hasta la reestructuración con quita de 2005. La provisión de dólares era abundante. La oferta superaba a la demanda y se acumulaban reservas.

Este contexto posibilitó que simplemente expandiendo la demanda poniendo plata en el bolsillo de los trabajadores la economía comenzara a crecer. Luego, el crecimiento exportador con buenos precios internacionales evitó las tensiones asociadas a la restricción externa. Por eso el dólar se mantuvo durante años apenas por arriba de los tres pesos por unidad. En el camino, el lento crecimiento de la masa salarial fue haciendo crecer el consumo y con ello el producto. Dado que no hubo un programa de desarrollo que transformara la estructura productiva, a partir de un determinado punto las importaciones comenzaron a crecer mucho más rápido que las exportaciones hasta que se llegó a en una situación externa deficitaria a partir de 2011-2012 y luego del cambio de las condiciones internacionales de 2008-2009.

Lo expuesto es una síntesis a gran escala, pero describe el ciclo económico de un período que incluye, pero excede temporalmente, a la gestión Lavagna. El punto clave es que no fue Lavagna quien consiguió ni determinó las condiciones iniciales de la expansión del ciclo, tampoco la zoncera de los superávits gemelos, que fueron efecto de una etapa y no causa, sino la decisión política de expandir la demanda en un contexto externo e interno que posibilitaba una ventana temporal más larga antes de que aparezca el fenómeno de la restricción externa, el determinante central del ciclo económico local. Si no se entiende esto se entiende muy poco.

Lo que importa mirando hacia 2020 también excede al personaje Lavagna. La pregunta de fondo es cuáles serán las condiciones de inicio de un gobierno popular. Ciertamente volverán a estar presentes la capacidad ociosa del trabajo y el capital. ¿Sucederá lo mismo con los precios internacionales y la situación de la deuda? ¿Están dadas las condiciones de un salto exportador para financiar la expansión? ¿Qué peso tendrán las obligaciones de deuda externa? ¿Podrá el Estado apropiarse, por ejemplo vía retenciones, de una porción de la expansión? ¿Fue Lavagna en su momento quien determinó estas variables? ¿Alcanza con buscar reproducir las condiciones de entonces? ¿Podrá lograrse todo lo señalado sin fuertes “rupturas” con el orden reconstruido desde diciembre de 2015?

El comienzo de la respuesta a todas estas preguntas remite nuevamente a 2002-2003. Si se repasa en la prensa el debate político del 2002 se encontrará a las sociedades civil y política discutiendo como reconstruir el orden neoliberal que estalló junto con el régimen de convertibilidad. Hasta llegó a hablarse de entregar el manejo de la economía a un consejo de notables extranjeros. Fue la “anomalía” que surgió en 2003, con un fuerte cambio de voluntad política y algunas rupturas, la que logró torcer el rumbo y sostener durante más de una década un modelo de crecimiento con inclusión. En 2019 son muchos quienes discuten como recuperar una normalidad neoliberal poscrisis. También son demasiados quienes ven en 2020 sólo las restricciones y consideran imposibles las rupturas.-