Los fines de año son tiempos de balance y proyecciones. En la vida privada, por ejemplo, los balances son más fáciles de hacer durante períodos de bonanza. Cuando todo está mal y desordenado existe cierta tendencia a procrastinar y dejarse llevar por el espíritu de las fiestas, apurar el trago y disfrutar de la mesa y la compañía. Es mejor postergar la reflexión para pasado mañana, el año que viene.

A la sociedad podría pasarle lo mismo. Como siempre que se está dentro de una recesión dura las cifras que se conocen cotidianamente abruman. Los números son tantos y tan malos que el inconsciente colectivo establece una barrera. Quizá al lector le pasa lo mismo y lo último que desea luego de meses de recesión es sumergirse en las cataratas de números rojos. No está sólo, quien escribe también está abrumado.

Es preferible entonces hablar de procesos y no de números. La tarea es compleja, no porque lo sea intrínsecamente, sino porque a diferencia de los últimos fines de año macristas, en el presente la estrategia del oficialismo aparece difusa. Al mismo tiempo que se conocen las cifras del derrumbe de la actividad económica el gobierno vuelve a dar una vuelta de tuerca sobre sus políticas núcleo. Con Mauricio Macri disfrutando nuevamente de inmerecidas vacaciones, desde la Casa Rosada volvieron a anunciarse fuertes aumentos tarifarios, subas muy por encima de la inflación oficialmente proyectada. Estas medidas son a todas luces contradictorias con la búsqueda de estabilidad macroeconómica. En el incendio del presente equivalen a echarle nafta al fuego.

Las tarifas son uno de los tres principales precios relativos de la economía. Forman parte del precio de todas las cosas junto con los salarios y el tipo de cambio. Como volvió a demostrarlo la experiencia reciente, los aumentos tarifarios significarán alta inflación para 2019. Que en un contexto en el que todos los economistas, cualesquiera sean sus mandantes, pronostican la profundización de la recesión se decida aumentar un precio relativo clave resulta casi suicida. Significa asegurarse un combo de estanflación insoportable en un año electoral. Es en este sentido que cuesta comprender las decisiones oficiales salvo que se asuma abiertamente que el FMI gobierna hasta el último detalle de la economía y que el gobierno ya carece absolutamente de cualquier grado de libertad.

La consecuencia inmediata deteriora las proyecciones 2019. Predecir la tendencia de la evolución de cualquier economía es una tarea bastante sencilla. Nótese que hablamos de “tendencia” y no de los números finos. La base de la tarea consiste en analizar el comportamiento esperado de los principales componentes de la demanda agregada que traccionan el PIB, es decir la oferta de productos, siguiendo la llamada ecuación macroeconómica básica, es decir ver qué ocurrirá con el consumo, la inversión, el gasto del sector público y el neto de las exportaciones.

Lo que se tiene en una primera aproximación en base a los números del Presupuesto 2019 y a los de la evolución esperada de los ingresos de los asalariados, es que tanto el consumo como la inversión seguirán deteriorándose. En 2018 los ingresos promedio de los trabajadores perdieron cerca de 20 puntos y para 2019 se descarta que las paritarias quedarán nuevamente por debajo de la inflación. Esta contracción de ingresos será la principal causa de la caída del consumo, componente que representa dos tercios de la demanda. Luego la inversión, que es una función que sobrerreacciona a la evolución del producto, ni siquiera se verá compensada en 2019 por la obra pública, esa que pretendía hacerse vía los suspendidos (y ruinosos para el erario) programas PPP, de Participación Público Privada, un mecanismo de financiamiento impulsado por organismos como el Banco Mundial, aunque transfiriendo todos los riesgos privados al sector público.

Consumo, Inversión y Gasto jugarán decididamente en contra de una recuperación.

Este breve resumen indica que los principales componentes de la demanda: Consumo, Inversión y Gasto, jugarán decididamente en contra de una recuperación. Queda el cuarto elemento, las exportaciones. Aunque sean un componente menor de la demanda agregada, para el discurso oficial serían la base de la recuperación. El argumento base es el de siempre: la mejora del tipo de cambio. Sin embargo, el resultado también será el de siempre, una bajísima correlación entre aumento de las ventas al exterior y suba del precio del dólar. Ello es así porque las exportaciones locales no compiten por precio en los mercados internacionales, sino que son tomadoras de estos precios y, en consecuencia, dependen del ciclo económico global, ciclo que además será desfavorable por tres razones centrales que afectarán a los principales destinos de las ventas externas.

Si Brasil concreta las promesas electorales de profundizar el modelo neoliberal caerá su demanda de importaciones, si la guerra comercial entre Estados Unidos y China continúa afectará los precios efectivos de las commodities, es decir de la ventas argentinas, y si la suba de tasas de referencia en Estados Unidos continúa, como se descarta, también afectará los precios de las commodities y otra cosa más, lo que lleva al último punto, afectará el margen para la refinanciación de la deuda externa: reforzará y acelerará el factor default.

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Argentina ya entró en default “técnico” a comienzos de año cuando se le cerraron los mercados voluntarios de crédito. Era lo esperable para una economía que en vez de reducir su déficit de Cuenta Corriente lo llevó a un récord histórico multiplicando en el camino su endeudamiento en divisas. El dato del presente es que no habrá default completo mientras dure la plata del FMI, lo que significa que es una cuestión de tiempo.

“El factor CFK” es un factor de estabilidad, no de riesgo.

El proceso podrá ser suave o violento. La primera opción es un megacanje de deuda, algo que la historia enseña que no funciona muy bien, o algún otro tipo de renegociación. La segunda es la cesación de pagos lisa y llana. Cuando cualquiera de las dos opciones se concrete se producirá un nuevo shock devaluatorio, pero esta vez sin la red del FMI, nuevamente expuesto a la situación argentina y al borde de un nuevo papelón histórico. Puede preverse una aceleración de los tiempos por el año electoral, momento en el que en la economía local siempre se dispara la salida estructural de capitales, es decir de dólares. El imparable regreso del aumento del “riesgo país” de las últimas semanas, un número que depende del precio de los títulos de la deuda, no es más que un indicador de la proximidad relativa de los sucesos que se predicen.

Para las mentes más afiebradas del oficialismo, en tanto, los factores citados, especialmente la inestabilidad macroeconómica, la previsión de una mayor fuga de divisas y el aumento del riesgo país, no se deberían al fracaso del modelo, sino a “la amenaza” del potencial triunfo electoral de un gobierno nacional popular. Sin embargo, si se observa la experiencia histórica, esta posibilidad funciona en un sentido absolutamente contrario. Si un modelo con los terribles resultados del actual no estalla por los aires en medio de una revuelta popular como ocurrió en 2001, no se debe sólo al colchón de ingresos de la etapa anterior o a la contención social “por abajo”, sino a que al final del túnel se vislumbra una salida política, salida que no estaba presente sobre el fin de la convertibilidad. Por más que otro año de estanflación aparezca como un tiempo infinito, “el factor CFK” es un factor de estabilidad, no de riesgo.