El G20 nació a fines de los años noventa –en el marco de un mundo unipolar con una fuerte hegemonía neoliberal– y se reconfiguró en 2008 con la crisis de las hipotecas subprime. Entonces, el G20 fue el ámbito elegido para afrontar aquella emergencia. A partir de allí, la desigualdad y la especulación financiera a nivel global, que ya eran agudas, han crecido aún más y a un ritmo acelerado.

El G20 está integrado por 19 países de todos los continentes más una representación de la Unión Europea. Pero no se trata de un ámbito homogéneo. No todos los países que lo conforman tienen el mismo poder. Dentro del G20 hay un G3: China, Estados Unidos y Rusia, que concentran las negociaciones y las decisiones.

Las tres potencias protagonizan una sostenida partida de ajedrez sobre un tablero extendido por el mundo entero. Las movidas de cada una de ellas forman parte de una estrategia donde se mezclan la geopolítica y los negocios globales. La Cumbre del Grupo de los 20 es una instancia más de esas negociaciones dentro de un proceso planetario de avances y retrocesos de estas potencias en pugna.

Es interesante analizar, en ese escenario, la ofensiva judicial contra algunos grupos empresariales locales. ¿Cuánto tiene que ver la puesta en crisis de las empresas argentinas, a través de las denuncias que abarcan una gama de aspectos que van desde la cartelización de la obra pública hasta la posible corrupción consecuente, con el interés de las empresas norteamericanos de quedarse con sus áreas de negocios? En ese sentido, llama la atención la simultaneidad del procesamiento de Paolo Rocca, del Grupo Techint, y el anuncio de que la Agencia de Inversiones de Estados Unidos se prepara para invertir en obras de infraestructura en nuestro país. Incluso trascendió que capitales estadounidenses se estarían asociando con algunas de las empresas concesionarias de los contratos de Participación Público–Privada (PPP). Paralelamente, los Estados Unidos intentan frenar las inversiones chinas en África y América Latina porque tienen temor, entre otras razones, de perder su supremacía política en ambas zonas del planeta.

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Sin embargo, en simultáneo, China avanza en la región: en la Argentina habría acordado construir la central nuclear Atucha III con una inversión de 6.500 millones de dólares. Es decir: esta Cumbre del G20 se realiza en un escenario donde los capitales globales de las grandes potencias intentan avanzar sobre el resto de los países, incluso desplazando a los capitales locales.

En este marco, en el blog del FMI sobre temas económicos de América Latina, apareció en estos días una nota de su directora, Christine Lagarde, en donde afirma, refiriéndose a lo que ella considera la primera etapa de la globalización: “Entre 1870 y 1913, en muchas economías aumentó con fuerza la exportación como proporción del PIB, lo cual es un signo de creciente apertura". Todo esto generó gran riqueza que sin embargo no se distribuyó justa ni equitativamente. Fue la era de fábricas sombrías y peligrosas, y de los barones ladrones. Fue una era de desigualdad enorme y creciente. En 1910, en el Reino Unido, el uno por ciento más acaudalado de la población controlaba casi 70 por ciento de la riqueza nacional”.

La titular del FMI luego agrega: “Entonces, como ahora, la creciente desigualdad y la disparidad de los beneficios de la evolución tecnológica y la globalización produjeron una reacción”. Y continúa más adelante: “Hoy vemos notables parecidos con el período previo a la Gran Guerra, avances tecnológicos deslumbrantes, creciente integración mundial y prosperidad cada vez mayor, que ha arrancado a una enorme cantidad de personas de la pobreza, pero que también ha dejado a muchos a la zaga”. Y termina diciendo: “en algunos lugares vemos nuevamente creciente ira y frustración, sumadas a una reacción en contra de la globalización”.

Lagarde se destaca, de este modo, como una cronista inesperada de la crisis actual: un escenario donde las grandes potencias pujan por sus propios intereses y en el que los beneficios de las innovaciones tecnológicas se hiperconcentran aumentando los niveles de desigualdad en el mundo. Le agregamos a la directora del FMI el siguiente dato: el 82 por ciento de la riqueza generada en el mundo en 2017 fue apropiada por el 1 por ciento más rico del planeta, según un informe de la organización no gubernamental Oxfam.

Al mismo tiempo, el gobierno insiste con que las inversiones no vendrán a la Argentina hasta que no haya certezas de que no va a volver “el populismo” en 2019. En esa misma dirección, Marcelo Bonelli afirma en el diario Clarín: “Las «multis» van a esperar hasta las elecciones, antes de tomar cualquier decisión estratégica y económica fuerte sobre la Argentina (...) la decisión tiene amplio consenso: nadie va a arriesgar dinero hasta que se aclare el panorama electoral del 2019”.

Es decir: desde esa perspectiva, el gobierno anterior atentaría desde el pasado –con la “pesada herencia” que supuestamente dejó– y desde el futuro –impidiendo que lleguen ahora las inversiones ante la posibilidad de su retorno–. De ese modo, el oficialismo traslada el problema desde el orden internacional –como diagnostica Lagarde– a una amenaza interna: “el populismo” y su retorno al gobierno. Por supuesto, es un chantaje y una gran simplificación.

Mientras, el G20 reunido en Buenos Aires seguirá operando como parte del sistema económico mundial para ir sosteniendo la crisis crónica y de sustentabilidad que tiene el capitalismo globalizado en clave neoliberal.

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