Por qué Argentina vs. Inglaterra no es un simple partido de fútbol

La emoción colectiva que despertó el próximo rival de la Selección expuso que el enfrentamiento con Inglaterra moviliza mucho más que cuestiones futbolísticas. Memoria, identidad, política y soberanía se entrelazan en una rivalidad que atraviesa generaciones.

14 de julio, 2026 | 15.46

El pitazo final del árbitro portugués João Pinheiro en la madrugada del domingo desató el festejo popular en las calles y casas argentinas. El equipo de Messi le ganó a Suecia 3-1 en tiempo suplementario y se metió entre los cuatro mejores del Mundial.  Durante unos instantes, tal vez unas horas, toda la atención estuvo puesta en la clasificación, en el gol épico de Julián Álvarez,  el abrazo de los jugadores, la emoción de Messi, y en la ilusión de volver a disputar una final a cuatro años de Qatar. Pero el foco de la escena cambió rápidamente al caer en la cuenta de quién sería el próximo rival: Inglaterra. Bastó ese nombre, con su peso y su significado, para que la conversación dejara de girar exclusivamente alrededor del rendimiento de la Selección, la estrategia de juego o los posibles cambios de Lionel Scaloni, para enfocarse en otra cosa. Es que antes de los análisis técnicos y futbolísticos ya se había presentado, de forma intempestiva e ineludible, una emoción difícil de explicar, una sensación individual y colectiva al mismo tiempo, una reacción casi instintiva que millones de argentinos parecieron experimentar al mismo tiempo.

Un partido que vale la pena

El intento por desarmarla llegó con las primeras palabras e imágenes: el Diego, las Malvinas, los veteranos, el trapo con la poesía “Inglaterra la concha de tu madre”, las canciones en la tribuna, el Gol del Siglo, La Mano de Dios, el Cementerio de Darwin en las Islas, el ingenio popular que se activa en momentos como estos. Lo que sentimos se puede ilustrar de alguna manera en las redes sociales, con memes, tuits y contenidos emotivos que, por su poder de interpelación al hueso, suelen ser altamente efectivos para transmitir mensajes y emociones . El debate pasó a los medios, de ahí a la conferencia del DT Argentino y se hizo eco en las conversaciones cotidianas: ¿por qué es imposible vivir un Argentina-Inglaterra como si fuera un partido de fútbol?

La discusión es inabarcable y dice mucho más sobre la sociedad argentina que sobre el deporte. Quienes dicen que “es solo fútbol” recuerdan, con razón, que los jugadores no combatieron en Malvinas ni habían nacido en 1982, que una semifinal no es una revancha bélica, que un partido no es la guerra, y que el deporte no debería hacerse cargo de conflictos geopolíticos. Todo eso es cierto. Sin embargo, esa explicación racional choca rápidamente con dos cosas: una euforia conmovedora y movilizante imposible de ignorar; y la actualidad de un territorio que sigue ocupado y un conflicto en una disputa diplomática abierta. Podemos pasarnos horas tratando de poner paños fríos al asunto, pero la emoción colectiva apareció, y antes que los argumentos.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu sostenía, en su texto clásico La distinción que ningún juego o deporte se explica únicamente por sus reglas, sino que deben entenderse también en clave afectiva. Para comprender por qué una práctica social como el fútbol moviliza a millones de personas, dinero, inversiones, emociones, y vida, desarrolló el concepto de illusio, es decir, la creencia compartida de que aquello que está en juego realmente importa, vale la pena. Un concepto que se contrapone a las nociones contemporáneas de utilidad, provecho y beneficio, propias de las doctrinas económico neoliberal.

La illusio no consiste solamente en querer ganar un partido, sino en aceptar que, durante noventa minutos, una comunidad deposita sobre ese acontecimiento una enorme cantidad de expectativas, afectos, identidades y significados. En esa inversión simbólica se convierte al deporte en un fenómeno social y no un simple entretenimiento. Vista desde esa perspectiva, la semifinal de mañana permite comprender por qué no todos los torneos, encuentros ni rivales ocupan el mismo lugar en el imaginario colectivo.

El fútbol como puente para malvinizar

Que esa tensión no sea una especulación teórica sino un hecho social quedó demostrado el lunes cuando la Federación de Veteranos de Guerra de Malvinas “2 de Abril” consideró necesario intervenir públicamente a través de un comunicado dirigido a la sociedad, a los medios y a la dirigencia política. El texto comienza reconociendo la emoción que despierta ver a la Selección entre los cuatro mejores del mundo, pero inmediatamente introduce una reflexión que trasciende el resultado deportivo: “El deporte no es la guerra”. A partir de esa premisa, los veteranos rechazan la idea de convertir el partido frente a Inglaterra en una revancha bélica y sostienen que el reclamo por la soberanía de las Islas Malvinas debe exigirse por la vía diplomática, como establece la Constitución Nacional.

Al mismo tiempo, más adelante, el documento reivindica la necesidad de que el fútbol siga siendo un espacio donde la causa Malvinas permanezca viva. En ese sentido pide a los hinchas que el grito de “Malvinas Argentinas” siga escuchándose en los estadios, invita a que el partido sirva para “malvinizar” y mantener viva la memoria de los 649 caídos y recuerda que la historia no queda suspendida mientras dura un partido. La posición de los veteranos resulta particularmente paradigmática porque rompe una falsa dicotomía que domina buena parte de la conversación: no propone vivir la semifinal como una prolongación simbólica de la guerra, pero tampoco acepta la idea del espectáculo despojado de historia. Entre ambos extremos, la tercera posición sugiere separar el deporte de la guerra, sin separarlo de la memoria colectiva.

La memoria en disputa

Maurice Halbwachs sostenía que la memoria nunca pertenece exclusivamente a los individuos. Recordamos cómo miembros de una comunidad que selecciona determinados acontecimientos o momentos, los vuelve significativos, los relaciona y los transmite de generación en generación a través de relatos, símbolos, rituales y conmemoraciones. La memoria colectiva funciona como una reconstrucción permanente del pasado desde las preguntas, inquietudes y necesidades del presente. Por eso algunos acontecimientos permanecen vivos, y se convierten en parte de la identidad, mientras otros se desvanecen. En ese ejercicio reside una de las razones fundamentales por las que Argentina - Inglaterra ocupa un lugar singular en el imaginario nacional.

El miércoles a las 16 empezará en el  Mercedes-Benz Stadium de Atlanta un partido de fútbol. Eso es indiscutible. Pero también será el despertar de un acontecimiento cuya historia empezó mucho antes de que estos jugadores nacieran y que probablemente siga produciendo debates mucho después del silbato final, sea el resultado que sea.  Cuando se mueva la pelota, junto con la Mano de Dios, el Gol del Siglo y la infancia de quienes fueron testigos de aquellas maravillas, también aparecerán, inevitablemente, los recuerdos de Malvinas, el reclamo por la soberanía, los nombres de los soldados que murieron en las islas, los que murieron luego, el hundimiento del Belgrano, la relación conflictiva con el estado nunca a la altura, la situación actual de los veteranos, y una discusión inconclusa que sigue atravesando nuestra identidad. Ninguno de esos puntos estará físicamente en la cancha, pero todos forman parte del significado que millones de personas le atribuyen al partido.

Si las memorias colectivas se construyen socialmente, también son objeto de disputa política. Cada época redefine qué acontecimientos recuerda, cuáles deja en segundo plano y de qué manera interpreta su pasado. La causa Malvinas es un buen ejemplo de esa dinámica ya que, desde la recuperación democrática, el reclamo por la soberanía de las Islas constituyó uno de los pocos consensos transversales de la política argentina, sostenido, aunque con matices partidarios, por gobiernos de distinto signo y respaldado por el derecho internacional. Todo eso hasta la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada.

La admiración que el Presidente expresó públicamente por Margaret Thatcher y el lugar cada vez más marginal que el reclamo ocupa en la agenda del Gobierno introdujeron un cambio de clima y un problema de soberanía. No modificaron la posición jurídica de la Argentina ni el consenso internacional que reconoce la existencia de una disputa, pero sí alteraron el modo en que el Poder Ejecutivo se vincula simbólicamente con una de las causas más arraigadas y defendidas de la identidad nacional. Las memorias nunca son un patrimonio inmóvil, son un terreno de disputa política y cultural. Tal vez por eso resulte tan significativo que, apenas se confirmó la semi frente a Inglaterra, el debate reapareciera con tanta intensidad en la conversación pública.

Muchas son la forma en que una comunidad organiza su experiencia del pasado y la proyecta sobre el presente. No aparece solo escrita en libros, archivos, diarios, manuales de historia, o discursos oficiales. También se inscribe en los cuerpos, en la identidad, y se manifiesta de formas misteriosas como una aceleración del pulso, una tensión difícil de explicar, ansiedad y nerviosismo extremo, una emoción que irrumpe y nos lleva puestos. Tal vez por todo esto es que Argentina - Inglaterra nunca será solamente un partido de fútbol, y de alguna manera, nos permite corroborar que en una época que nos invita permanentemente a consumir acontecimientos de forma individual sin contexto, sin pasado, sin conflicto y sin memoria, todavía hay pequeños refugios espacio-temporales que nos recuerdan que tenemos una historia en común, que las identidades nos atraviesan y que los relatos colectivos siguen organizando lo que sentimos.