Los campeones morales no ganan elecciones

12 de junio, 2022 | 00.05

  En los últimos días hubo tres hitos políticos: el cambio de ministro de Producción y sus derivados sobre la demoradísima construcción del gasoducto, el brillante discurso del Presidente en la cumbre de la OEA y el cruce de los titulares del Poder Ejecutivo con el empresario Federico Braun, dueño de la cadena de supermercados “La Anónima”, nunca mejor rebautizada hace pocos años por la actual Vicepresidenta como “Ladrónima”, un mote de época que será difícil de olvidar, tanto como aquel “yo te conozco” de Néstor Kirchner a Alfredo Coto, que demolió en pocos segundos años de inversión publicitaria.

  Pero las disputas con el capital comercial no son cosas de este siglo, el mismo Juan Perón en su segundo gobierno la emprendió contra “especuladores y agiotistas”. 

  Setenta años atrás sucedían dos cosas, había aparecido la restricción externa luego de un período largo de expansión y, como consecuencia, la inflación comenzaba a dispararse en los términos de la época. Los controles de precios fueron parte del menú del plan de estabilización, pero lo que apareció entonces fue la clara conciencia de que la continuidad del crecimiento tenía como condición sine qua non la necesidad de aumentar las exportaciones y sustituir importaciones. Bien mirado el plan de entonces fue el de un peronismo de vacas flacas que no suele ser recordado por la liturgia, pero cuyas enseñanzas son bien claras: las restricciones materiales existen, sin divisas no hay continuidad del crecimiento y administrar la escasez puede ser muy conflictivo.

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  Pero volvamos a los precios y al capital comercial. Las palabras de Federico Braun, más allá de la limitación de leerlas fuera de su contexto, no fueron más que una expresión de la ominosa sorna de los satisfechos, una actitud que resulta particularmente irritante en tiempos de aceleración inflacionaria. Sin embargo, no es novedad que al capital comercial, sobre todo aquel que gracias a su poder de mercado se financia con sus proveedores, como es el caso del supermercadista, siempre le conviene los procesos inflacionarios. Cobra sus ingresos al instante y paga todos sus costos en diferido. Ganancia pura por donde se lo mire si, además, se suma la capacidad de intervenir en la formación de los precios finales.

  Algo parecido, pero a la inversa, ocurre con los trabajadores, es decir con quienes tienen ingresos fijos. Incluso en el “caso virtuoso” de que la tasa de variación salarial sea igual a la inflación, siempre habrá una pérdida los meses de no actualización. Mientras el empresario ve aumentar sus ingresos nominales constantemente, todos los días, sus costos salariales suben cada 3 o 6 meses, o incluso más. Siempre hay un “retardo” en el ajuste de los ingresos salariales cuya contrapartida es ganancia empresaria. Por eso la alta inflación siempre es dañina para los trabajadores.

  No obstante, no debe confundirse la puja distributiva y el poder de determinar “niveles” de precios con la inflación, que es una “variación constante” de los precios.

  Si se mira lo que sucede en el mundo, parte de la inflación global favoreció a sectores específicos a través de la recomposición de las tasas de ganancia tras los cortes en las cadenas de suministros a raíz de la pandemia, una recomposición que, acompañada por la escasez de alimentos y energía derivada de la guerra en el este de Europa, dio lugar a ganancias tan extraordinarias como “inesperadas”. Dicho de manera concreta: aumentaron las tasas de ganancia (y por lo tanto cayeron los salarios), cambiaron los niveles de precios, y ello provocó un salto inflacionario. La pregunta que debe hacerse es: “¿puede sostenerse la continuidad del aumento de la tasa de ganancia y la continuidad de la inflación mundial ya provocada o se trató solamente de un salto, o mejor dicho de “varios saltitos”, que cambiaron el nivel de precios de determinados sectores derramando luego al conjunto de la economía. Por ahora la persistencia del fenómeno indica que hay algo del proceso global que falta ver, lo que por cierto es una respuesta muy poco satisfactoria.

  Pero regresemos a la aldea y a los señores Braun. La pregunta de fondo es si aumentan sus precios porque hay inflación o hay inflación porque ellos aumentan sus precios. Acerquemos la lupa al fenómeno: si cuando los Braun remarcan precios aumenta su tasa de ganancia ¿puede esta tasa crecer para siempre? Por ejemplo ¿la tasa de ganancia del capital supermercadista crece constantemente, por poner un inicio arbitrario, desde 2003? La respuesta es claramente negativa, si así fuese los salarios habrían desaparecido, pero antes de que ello suceda seguramente hubiesen ingresado a la competencia sectorial nuevos capitales. Que el supermercadismo trabaje con márgenes altos no significa que estos márgenes crezcan permanentemente. No se trata de cuan antipáticos resulten los señores Braun, sino de entender los procesos de formación y de variación de precios. La política inflacionaria correcta es la que parte de diagnósticos correctos. Salvo que medie la casualidad no puede haber políticas efectivas con malos diagnósticos.

  Cuando se debate “off the record” con los economistas más razonables que defienden la teoría de la inflación oligopólica el intercambio suele terminar en la afirmación de que la teoría, aunque floja en lo económico, funciona políticamente, es decir encuentra un culpable, un malo, por fuera del gobierno. Sin embargo, los campeones morales no ganan elecciones. Las elecciones se ganan si se mejora la vida de las mayorías, lo que en el presente significa conseguir no solo alejar la restricción externa aportando a la base material, sino también una buena política antiinflacionaria.

  Al parecer la visión del Ministerio de Economía es que el salto en la inflación mundial derivado de la pandemia y la guerra es un fenómeno por definición transitorio. Dado que hoy la principal causa de la inflación local, si se excluye el componente inercial, son los precios internacionales, en los próximos meses debería asistirse a un freno progresivo del IPC, aun si se agrega el leve ajuste tarifario acordado con el FMI.

  Por la misma razón sólo se justificaba un mecanismo que le permita al Estado apropiarse de una porción del salto, el impuesto a la renta extraordinaria, y no un mecanismo más permanente y automático como las retenciones. Ahora bien, el problema es que enviar al Congreso, en el que se tienen minoría y una oposición furiosa, un proyecto que establece un impuesto a los más ricos es apenas un entretenimiento, pues la probabilidad de que el proyecto sea rechazado es casi total. Si se creía que las retenciones no pasarían, tampoco hay razones para creer que sí lo hará el impuesto a la renta extraordinaria.

  Al igual que durante el segundo gobierno de Perón, la clave de la economía que viene es seguir trabajando en alejar la restricción externa, lo que demanda, entre otras cosas, acciones para acelerar la construcción del gasoducto Néstor Kirchner y terminar con los boicots internos. Se trata también de no descuidar la estabilidad política para la continuidad administrativa lo que supone un programa antiinflacionario más agresivo y profundizar las políticas de ingresos.-

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Claudio Scaletta

Lic. en Economía (UBA). Autor de “La recaída neoliberal” (Capital Intelectual, 2017). 

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