Las sombras de la IA

La aceleración del desarrollo de la Inteligencia Artificial plantea interrogantes inéditos sobre el trabajo, la economía y el futuro de las sociedades. Entre promesas de progreso y temores de reemplazo, el desafío consiste en comprender una transformación tecnológica que avanza más rápido que nuestra capacidad para interpretarla.

14 de junio, 2026 | 00.05

Existe un imperativo existencial: el desafío de “ser contemporáneo de uno mismo”. La expresión parece contradictoria; al fin y al cabo, todos vivimos en nuestro tiempo, en nuestro presente. Pero la cuestión es más profunda. Ser contemporáneo de uno mismo implica no solo reconocerse parte de la época que se habita, sino comprenderla, entender sus transformaciones. O, como decía el filósofo italiano Giorgio Agamben, “contemporáneo” es quien percibe “las sombras de su época, aquello que la mayoría no ve”.

Si hasta ayer, cuando lo nuevo era la revolución de la información y la globalización, creíamos vivir en una etapa de aceleración evolutiva comparada con cualquier otro momento de la historia, el naciente boom de la Inteligencia Artificial (IA) supone un salto de nivel. En la nueva contemporaneidad, por llamarla de alguna manera, es muy difícil no experimentar la sensación de que las transformaciones suceden a mayor velocidad que nuestra capacidad para interpretarlas. También es casi imposible no sentir que, posiblemente, nuestras categorías de análisis podrían haberse vuelto obsoletas y que los cambios se nos escapan de entre las manos.

La aceleración de la historia

Este contenido se hizo gracias al apoyo de la comunidad de El Destape. Sumate. Sigamos haciendo historia.

SUSCRIBITE A EL DESTAPE

Velocidad e interpretación son, para el caso, dos ideas fundamentales. Cuando las ciencias sociales hablan de revoluciones tecnológicas, comienzan con la agricultura y siguen con la industria y sus sucesivas subrevoluciones. Sin embargo, la agricultura dominó la historia humana durante unos 9.000 años y las revoluciones industriales llevan menos de tres siglos, desde mediados del siglo XVIII. En términos históricos, son todavía un fenómeno nuevo. La revolución de la informática y las telecomunicaciones ronda apenas medio siglo. Internet, que comenzó su masificación a mediados de los años noventa, suma tres décadas. Y una fecha para el comienzo de la masificación de la IA puede ser 2022, cuando se lanzó públicamente ChatGPT. Finalmente, el último salto, el de las IA conversacionales a las IA agentes, apenas comienza a extenderse.

En la secuencia, desde los inicios de la revolución industrial, aparece una constante: el temor de que las máquinas reemplacen el trabajo humano. La historia es riquísima. Ya en 1589, la corona inglesa rechazó inscribir la primera patente de una máquina tejedora de medias por temor a la pérdida de sustento para las tejedoras. En aquel entonces todavía no se imaginaban mecanismos como un salario universal. Más conocidas son las historias de los seguidores del “Rey Ludd” y del “Capitán Swing”, los famosos “destructores de máquinas”, quienes tienen su correlato contemporáneo en los neoluditas, los teóricos del decrecimiento y, probablemente, también en los partidarios de las regulaciones extremas sobre el desarrollo de la IA.

Trabajo humano y máquinas inteligentes

Una primera observación es que, efectivamente, todas las revoluciones tecnológicas destruyeron los viejos empleos, pero también crearon otros nuevos en tareas que ni siquiera se imaginaban antes de su aparición. Un obrero textil del Lancashire, por ejemplo, difícilmente podía representarse los trabajos que varios siglos después desarrollarían un programador, un diseñador gráfico o un profesor de yoga. ¿Cuáles serán, en las próximas décadas, los empleos que hoy no se imaginan?

Luego, si lo primero que salta a la vista cuando se observa el cambio técnico es la aceleración exponencial de los tiempos, lo menos evidente es el salto cualitativo. Incluso hasta la tercera revolución industrial persistía la certeza de que una parte del trabajo humano jamás podría ser reemplazada por las máquinas. El economista del MIT, David Autor, describió al trabajo humano como “inteligencia y fuerza, dominio técnico y juicio intuitivo, transpiración e inspiración”. Hasta antes de la IA existía la certeza de que automatizar un grupo de tareas realizadas por este trabajo humano no implicaba el abandono de las otras. En términos económicos, además, mientras bajaba el valor del trabajo que podía ser estandarizado y reemplazado, aumentaba el de las tareas que no podían ser realizadas por las máquinas, diferenciación que, dicho sea de paso, se cuenta entre las raíces del crecimiento de la desigualdad. En el presente, en cambio, no existe la misma certeza respecto de que incluso dimensiones como la intuición y la inspiración puedan resistir el avance de la IA.

Sin llegar a esos extremos, en el mejor de los casos lo que se reduce cada vez más es el margen de lo “estrictamente humano”. El temor que despierta la IA en relación con los cambios tecnológicos precedentes es que las máquinas ya comenzaron a avanzar sobre los trabajos cognitivos, no solo sobre los rutinarios y estandarizados, sino también sobre aquellos que requieren elaboración intelectual. ¿Cuánto falta para que el trabajo de un abogado o de cualquier profesión liberal pueda ser completamente automatizado? O algo más complejo: el artículo que usted lee en este momento todavía depende de una voz singular, sin embargo, la IA ya podría generar gran parte de los contenidos que lo componen. ¿Cuánto falta para que una IA agente pueda crear voces, y cuánto para que esas voces puedan también aprender? Siguiendo la definición de Autor, la pregunta de fondo es: ¿cuánto trabajo exclusivamente humano, no reemplazable, quedará?

La economía política de la Inteligencia Artificial

Es aquí donde entra la economía política. Las decisiones de producción son conducidas por la demanda. Si el grueso del trabajo es realizado por las máquinas, ¿con qué recursos demandarán los “humanos excedentes”? Luego, si no hay demanda, ¿para qué producir?

Una alternativa de largo plazo es la reducción del número de humanos, aunque, al margen de la ética, parece poco viable, ya que siempre habrá algún lugar del planeta donde se empeñarán en reproducirse. Otra alternativa, la imaginada por algunos de los popes de la IA, es un mundo de película de ciencia ficción donde los humanos no trabajan, pero reciben un salario universal, mientras ellos, la élite, conservan la propiedad de las máquinas y el control de la toma de decisiones. Se trataría de una suerte de nuevo fin de la historia.

Quienes imaginan semejante orden estable entienden muy poco sobre la naturaleza de los monitos parlantes que inventan historias para cooperar entre sí.

MÁS INFO
Claudio Scaletta

Lic. en Economía (UBA). Autor de “La recaída neoliberal” (Capital Intelectual, 2017).