El FdT debe poner las discusiones al servicio de una estrategia electoral de cara al 2023

Más que la suerte de un espacio político, hoy está en juego el futuro de los sectores populares ante la amenaza cierta de un retorno neoliberal con consecuencias todavía insospechadas.

17 de mayo, 2022 | 07.38

La pandemia comienza a desplazarse lentamente del centro de la escena, en una combinación compleja de dudas y certezas, pero es claro que las sociedades y los gobiernos están ya en otra etapa. Con ese cambio emergen, desde luego, otras cuestiones que estaban contenidas por esa situación tan extraordinaria que nos tocó vivir. Sin embargo, el inicio de este nuevo momento no sucede en el vació ni lleva la pandemia al olvido: las marcas dejadas en el conjunto de la sociedad son notables en todos los planos, desde experiencias personales a colectivas, desde la salud a la economía.

Si esto ya es una profunda mella, la guerra en tierras ucranianas abrió otro escenario crítico en particular sobre los precios internacionales, nada menos que sobre los alimentos. Pero a la hora de buscar soluciones o caminos posibles para resolver estos desafíos, el Frente de Todos (FdT) sabe que pandemia y guerra no le proveerán argumentos para encarar la conducción política de la situación nacional actual, o al menos no serán suficientes.

El FdT se encamina a cumplir 10 meses de convivencia con una crisis interna evidente y de cierta magnitud. Ello que es sin dudas una situación compleja y de cierto desgaste, también no deja de llamar la atención que parece haberse detenido en un nivel cuando muchos, en particular los opositores, apostaron a una ruptura inevitable del oficialismo. No sucedió, y comienza a percibirse cierta rutinización del mismo conflicto que si bien genera inconvenientes en la gestión, no implicó una inmovilización de la misma; incluso permitió la posibilidad de generar iniciativas que unificaron, paradójicamente, al espacio como es el caso de la propuesta en torno al Consejo de la Magistratura en el Senado. Lo que si ha ocurrido, es un proceso que hizo más transparente las posiciones centradas en la política económica que el gobierno lleva adelante.

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En el medio y en los costados subsisten, si, enfrentamientos de algunos actores respecto a los espacios de poder que en el gobierno de una coalición permanecen como flotando en los pasillos. ¿Cuál es la piedra fundamental, la de apoyo de esta situación? ¿Las diferencias sobre la política económica o los espacios de poder que definen esas políticas económicas? No es una cuestión menor este aspecto, pero sin duda ocupa el segundo lugar ya que en el podio está la cuestión de una crisis interna ya de mediana data. 

El debate está en la cuestión respecto de la estrategia a seguir de cara a pensar la reconstrucción de un modelo económico con capacidad productiva e inclusiva; esto es, si apoyarse en incrementar el consumo interno como fuente del crecimiento, lo que implica inyectar más dinero en el mercado vía suba de ingresos, protecciones arancelarias, etc. O si en cambio la apuesta debe dirigirse hacia fortalecer la capacidad exportadora, para generar mayor volumen de divisas y promover la inversión, ambas políticas para generar a la vez mayor demanda de trabajo.

Desde hace unas semanas pueden leerse buenas notas aquí en El Destape y en otros medios donde se exponen in extenso ambas posiciones. Ahí allí una disputa conceptual con sus argumentos de teoría económica y datos empíricos e históricos que pueden avalar cada una de las posiciones. Pero en ambos casos la discusión que alienta esas posiciones persigue el fin último de mejorar la calidad de vida de los sectores populares, luego del ahogo que les produjo las políticas neoliberales del macrismo, para luego ser castigados por una pandemia y sus consecuencias.

Son propuestas diferenciadas para llegar al mismo destino, un país con cierto desarrollo productivo y con inclusión. Y aquí radica la necesidad de encauzar un debate que puede, aunque no lo busque, modificar la cuestión fundamental. Las diferencias presentadas entre estas dos estrategias económicas sobre cómo generar crecimientos e inclusión, chocan de frente contra el modelo que acecha de la mano del macrismo opositor. No solo recordar los números del período 2015 – 2019 que arrojaron negativos en cuanto a pobreza, desempleo en general, desempleo industrial en particular, PIB, endeudamiento…la lista de derrotas para las mayorías argentinas es trágica; pero, decía, no solo recordar esos números sino observar al macrismo que se propone como opción electoral para el año próximo afirmar que llevará adelante esas mismas políticas, pero de manera mucho mas profunda y veloz.

El mismo Horacio Rodríguez Larreta, una de las opciones posibles, afirmó que implementará medidas de flexibilización laboral y ajuste no en 100 días sino en 100 horas. Con la amenaza discursiva de Milei, Mauricio Macri, Patricia Bullrich y el ya mencionado quieren dejar en claro que ellos pueden llevar adelante ataques contra quienes trabajan y producen sin necesidad de caer en nuevas expresiones políticas. Esta situación, hace que la política sea quien pueda orientar, contener y conducir el debate económico acerca de las estrategias a llevar adelante.

Ambos espacios de política económica pueden tener y de hecho las tienen, sus razones y argumentaciones comprensibles, pero es imprescindible que la política pueda conducirlas en el contexto que estamos atravesando. Si bien no es lo mismo desplegar una política económica que otra de las dos mencionadas (aunque no parece imposible pensar articulaciones) solo es posible acoplar esas decisiones con las estrategias electorales de 2023, si la política logra fijar un rumbo mas o menos definido. Es allí centralmente donde se definirá la suerte del FdT de cara al 2023. Pero más que la suerte de un espacio político, está en juego el futuro de los sectores populares, ante la amenaza cierta de un retorno neoliberal con consecuencias hoy, insospechadas.

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Sergio De Piero

Politólogo y docente universitario UBA, UNAJ, UNLP.

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