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El Destape Extra: el lavadero de Macri

El contrato social y el Nunca Más

La obsesiva repetición del Nunca Más en el discurso inaugural del presidente es una clave del tiempo en el que entramos. El “contrato social” es la forma de ese Nunca Más.

15 de diciembre, 2019 | 00.05
El contrato social y el Nunca Más | Alberto presidente

El fracaso de Macri es un lugar común. Lo sostienen hasta los que festejaron entusiasmados durante casi todo su mandato. Es necesario que el fracaso sea de Macri. Está excluido cualquier intento de pensar por qué lo apoyaron el establishment global, las grandes cadenas informativas, las mafias judiciales y serviciales, los intelectuales bien pensantes y, en general, los agentes del odio clasista del país. Clarín y Comodoro Py no tienen nada que ver, el que fracasó fue Macri. 

Pero la trampa no está solamente en el silencio respecto de la experiencia de estos años. La trampa está en la palabra fracaso. Que significa que la misma idea, el mismo proyecto puede alcanzar resultados diferentes. Es la reducción tecnocrática de la experiencia argentina. Todo el aire mediático está saturado de esa mentira.

Sin embargo, es cierto que Macri fracasó. El problema está en las preguntas que ese fracaso propone. Porque en otros sitios el mismo proyecto tuvo “éxito”. El más glamoroso de esos éxitos es la experiencia chilena. Pero, claro, esa no es una buena referencia en estos tiempos. Si millones de chilenos no hubieran ocupado las calles de las ciudades más importantes de ese país, hoy estaríamos leyendo y oyendo todo tipo de alusiones al éxito del neoliberalismo chileno y de explicaciones sobre la diferencia de la experiencia argentina con ese país: en Argentina queremos vivir por encima de nuestras posibilidades, creemos en los cantos de sirena estatistas, populistas, somos, en fin, peronistas. Sin embargo, también es cierto que el neoliberalismo chileno todavía “no fracasó”. Es decir, todavía el pueblo chileno no encontró la expresión política, la voluntad hegemónica capaz de enfrentarlo no solamente en las calles sino también en el terreno de la democracia liberal, que es el terreno en el que se está librando esta batalla. No es el caso de Bolivia, pero aún después del golpe y de la barbarie represiva, en el país hermano todavía se habla de una “salida electoral-constitucional”. En fin, el tiempo dirá…

No casualmente Alberto Fernández organizó el relato de su discurso inaugural sobre la base de nuestra recuperación democrática y de la figura de Raúl Alfonsín. Para algunos se trata de una seducción hacia el radicalismo disidente de los cómplices del macrismo, algunos de los cuales –Morales en Jujuy, nada más que como ejemplo- superaron largamente la crueldad manifiesta de su líder, Macri. Puede ser que haya algo de esto. Pero más bien parece que hay una inflexión en el relato del presidente que conviene atender y comprender. Nuestro país eligió un presidente neoliberal en 2015. Ya lo había hecho con el Menem reconvertido en 1995. Pero la crisis del neoliberalismo que hoy vive Chile (y Ecuador y Colombia y Perú…) ya había estallado en Argentina en 2001. Desde ese momento el terreno en el que se mueve el neocolonialismo entre nosotros es de difícil tránsito. Y nuestro país encontró en las reglas de juego recuperadas en 1983 el terreno en el cual dirimir el antagonismo que entre algunos de nuestros países hermanos se resuelve en otros territorios. La rebelión argentina contra el neoliberalismo –que eso es lo que acaba de ocurrir entre nosotros- se apoya en un tipo de experiencia política diferente. Una experiencia que nació del honroso rechazo de Alfonsín a convalidar la barbarie dictatorial por medio de una ley de autoamnistía y su decisión de juzgar a los jefes militares del terrorismo de estado. Que, desde la presidencia de Néstor, juzgó y condenó a los criminales de estado. Que dentro del proceso legal democrático recuperó las identidades plebeyas en las que forjó su identidad nacional. 

Los últimos cuatro años son especialmente significativos en este curso histórico. El triunfo electoral de Macri estremeció a nuestra política, acaso tanto como la experiencia kirchnerista. Así como el ave fénix peronista había renacido de sus cenizas con la crisis de 2001, el mundo político oligárquico se había reencontrado con sus viejas ilusiones y sus viejos mitos. Era el tiempo de terminar contra el malentendido peronista, insólitamente resucitado por un grupo de corruptos y aventureros, y reconstruir a la Argentina desde sus pilares constitutivos: su pertenencia al mundo civilizado que hoy encabeza Estados Unidos y la centralidad de los negocios de la oligarquía de la tierra y de las finanzas para el horizonte futuro de la patria. La pátina de derecha “moderna y democrática” fue un decorado perverso para vestir la vieja añoranza del país previo al peronismo. 

Pero el final de la catástrofe macrista no fue sangriento ni anárquico. El pueblo argentino encontró en su caja de herramientas dos recursos de extraordinario valor: el primero, la tradición peronista, con su legado de sindicalismos rebeldes, de ideologías “malditas” y de saberes “normales” de la política, -como la rosca, el silencio inteligente y hasta la complacencia con itinerarios recientes poco defendibles-, el otro, el mito democrático. Ese gran contrato social que firmamos en 1983 que dice Nunca Más a las dictaduras, a la persecución política, a la prepotencia violenta de las clases dominantes. La obsesiva repetición del Nunca Más en el discurso inaugural del presidente es una clave del tiempo en el que entramos. El “contrato social” es la forma de ese Nunca Más. Y se sostiene en una verdad que muchas teorías afirmaban, pero que ahora la práctica de los pueblos de esta región (y de otras) están experimentando: en la violencia despótica, la manipulación ideológica, el control y la persecución de las disidencias de clase, de  género y de raza está la marca de una dominación. Que no es fatal, que no está marcada por un ADN inmodificable de los seres humanos. Que es contingente. Que se puede discutir y combatir. 

En esta nueva etapa argentina dialogan las más diversas tradiciones y combaten las más antiguas querellas. En el discurso oficial actual, el viejo liberalismo democrático y el nacionalismo popular pueden encontrar un lenguaje común y un interesante temario para discutir.

 

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