La semana económica estuvo plagada de noticias fuertes. No son “datos” nuevos, sino “números” nuevos que confirman las tendencias. El dato principal fue el de la profundización del déficit de la cuenta corriente del Balance de Pagos, que ya es récord y que se notó especialmente en el balance de mercancías. La economía local es cada vez más incapaz de proveerse de los dólares propios suficientes y se desconoce cómo se financiará el rojo.

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También irrumpieron los primeros signos del comienzo de la gran recesión. La producción industrial cayó cortando su racha alcista de un año y el empleo en la construcción se desplomó regresando a los pisos de 2016. En mayo el consumo masivo continuó estancado y en los primeros cinco meses de 2018 perdió la escasa recuperación de la etapa preelectoral. Para los sectores de menores ingresos el saldo del consumo fue negativo. La inflación comenzó a dispararse. Para junio se estima que superará holgadamente los 3 puntos, aunque puede haber sorpresas. Para el resto del año la suba de precios no tiene metas, pero tampoco techo, ya que se desconoce cuál será el precio del dólar.

Luego vino el derrumbe de las acciones, tanto las locales como las que cotizan en Nueva York, lo que dejó en ridículo el marketing de la semana previa sobre los miles de millones de dólares que ingresarían por el sólo hecho de haber sido recategorizados a “mercado emergente” por MSCI. Aparentemente la recategorización logró que los números locales sean escrutados con mayor detenimiento. La caída también llegó a los bonos, los títulos de deuda, lo que disparó el riesgo país hasta niveles similares al peor momento del último gobierno kirchnerista, cuando, decían, la economía se encontraba en un “default selectivo” inducido por los fallos buitre estadounidenses. El dólar se apreció y terminó imparable rozando los 30 pesos. La disparada de toda la semana se produjo a pesar de que el Banco Central liquidó las porciones del préstamo del FMI destinado al efecto más allá de lo previsto y agregó también algo de reservas. No hace falta mucha imaginación para prever que sucederá cuando la plata del Fondo se acabe. El precio de la divisa dejó de depender de la voluntad gubernamental, dato que marca el carácter irreversible de la crisis iniciada a fines de abril.

El cambio de humor en la city porteña ya es total. Mientras duró la fiesta alimentada por los dólares del exterior, financieros y de deuda, todo eran sonrisas, buenos modales, ponderaciones a la nueva “normalidad” económica y al regreso a los manuales tradicionales. Pero con la crisis muchos comenzaron a perder plata. La devaluación se comió las ganancias de los inadvertidos que se quedaron en Lebac. Las acciones que en los últimos dos años crecieron desproporcionadamente en relación a la economía real, más del doble que en la bolsa de Nueva York, ya están en dólares en cerca de la mitad de su valor de principios de año. No es sólo volatilidad periférica, sino una muestra más de lo poco que el ánimo bursátil local refleja a la economía real. Como seguramente sabe el lector, existe una relación bastante directa entre bolsillo y estado de ánimo. Los rostros se volvieron adustos y los tonos duros. Si el marco no fuese trágico para las mayorías, resultaron graciosos los debates entre traders y economistas ortodoxos en las redes sociales y en los medios “especializados”. El dream team de la Champion League, que ya desde mayo era considerado con desconfianza, pasó sin mediaciones a ser “el peor del mundo y de la historia argentina”. Los comentarios se volvieron socarrones y la supuesta posesión de gran “solvencia técnica” desapareció.

El despiste conceptual es total. Los economistas oficialistas y paraoficialistas no pueden creer que el dogma no funcione, que lo que predicen sus manuales no ocurra. Sus caras parecen decir “hicimos todo bien y sale todo mal”. Las predicciones no alcanzan a durar una semana, como por ejemplo la confianza desproporcionada en que el crédito del FMI traería calma a “los mercados”. Los malos ya no están y quedaron demasiado lejos para culparlos. A falta de populismo propio se acusa al populismo de Donald Trump y su empeño por no seguir las reglas del libre comercio. Se combina la poca lluvia del campo, el bajo precio de la soja, el alto precio del petróleo, todo sirve, incluso la “mala suerte”. En cambio, no se dice una palabra sobre haber creado las condiciones para que estas cuestiones externas condicionen la economía interna.

Entre tanta alienación algunos viejos fundamentalistas del déficit fiscal comenzaron, tímidamente, a descubrir que existe la restricción externa. La ningunearon desde siempre, explicaron que era una consecuencia más de los problemas fiscales. Sin embargo, hace más de medio siglo que los grandes economistas argentinos la estudian. Los verdaderos “economistas serios” volvieron a ponerla en el centro del análisis a fines de la década pasada. Fue la causa del freno de la economía a partir de 2011. El gobierno que asumiera en diciembre de 2015 debía trabajar para resolverla, no para profundizarla aceleradamente como hizo la Alianza Cambiemos.

Notablemente también descubrieron, siempre a regañadientes, que la inflación no es un problema monetario, sino de precios relativos. Se asume como un hecho que el nuevo nivel del tipo de cambio se trasladará a precios. Se negocia para que no se lleve a fondo la dolarización de tarifas y combustibles. El ministro emblema de la reafirmación zonza “hacer lo que hay que hacer”, Juan José Aranguren, fue desplazado porque no se puede hacer. Ya se habla de la necesidad de frenar la baja de retenciones e incluso de subirlas. También se trata un “cepo” al turismo por la vía impositiva y de la necesidad de controlar precios. Todo lo que hasta ayer era sólido se desvanece en el aire. Como se hizo antes de las elecciones para impulsar la demanda, regresa la idea del kirchnerismo con buenos modales, esta vez para atacar los problemas externos y la inflación.

Pero estos debates ocurren entre técnicos. Su límite es que se hizo un acuerdo con el FMI, para quién el norte es la libre circulación de capitales y de mercancías, aunque cuando se trata de asegurar pagos externos el Fondo es menos dogmático que la ortodoxia local. En línea con el discurso del organismo, Mauricio Macri sigue rogándole al mercado que le crea, que va ajustar más. Para ello convoca al acompañamiento del peronismo racional, cartesiano, neoliberal. Ese peronismo de los gobernadores y el massismo en el Congreso que hasta hoy lo acompañó votando toda la legislación central del cambio de régimen económico. Miguel Pichetto y los mandatarios provinciales más conspicuos ya avisaron que seguirán apuntalando un poco más. La duda hoy es dónde queda exactamente la puerta del cementerio.

El agite, el cuco para el mercado, es que si el programa sigue sin funcionar y el panorama se agrava, regresará el populismo y las pérdidas podrían ser mayores. Sin embargo, no es eso lo que habita en la memoria del mercado, para quien, en realidad, no existe pasado y futuro. Sus acciones son siempre más instantáneas y, como inmortalizara John Maynard Keynes, guiadas por los animal spirits.-