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En un experimento local, encuentran que las redes sociales alteran la ansiedad de los jóvenes en minutos

Basta con que imaginen una situación negativa, como ser ignorado, recibir comentarios hostiles o compararse con un cuerpo idealizado; observaron mayor impacto en varones

10 de agosto, 2026 | 19.40

Hace algo más de un año, el psicólogo social de la Universidad de Nueva York, Jonathan Haidt, creó un revuelo con su libro La generación ansiosa, en el que postula que la masificación de teléfonos “inteligentes” es el combustible que impulsa el preocupante aumento de los síntomas de ansiedad entre adolescentes y jóvenes. La tesis tuvo una enorme repercusión y dio lugar a no pocas controversias, algunas de las cuales se tradujeron en políticas concretas, como prohibiciones de redes sociales para menores. Sin embargo,  descansaba en gran medida sobre correlaciones no concluyentes. 

Para verificar la consistencia de sus argumentos y tratar de echar luz sobre este problema que preocupa, un equipo de investigadoras del Cedlas (Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales) de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), integrado por María Laura Alzúa, Azul Menduiña y Milagros Onofri, diseñó un experimento que aplicaron en 506 estudiantes de primer año de la Facultad de Ciencias Económicas durante el curso de ingreso de este año. El estudio se difunde como “documento de trabajo” en el sitio del Cedlas mientras está siendo evaluado para su publicación en una revista internacional. 

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“Lo ideal hubiera sido ‘aleatorizar’ el uso de redes sociales en dos grupos (uno que las usara y otro que no) y comparar los niveles de ansiedad al final. Pero eso resultaba muy difícil de implementar en la práctica. Es casi imposible obligar a un joven a no usar redes sociales para hacer un estudio", confiesa Alzúa, autora del trabajo que explora la economía del comportamiento y vicedirectora del Cedlas.

Por eso, decidieron recurrir a un diseño alternativo, inspirado en trabajos previos de esta área: expusieron a los participantes a escenarios hipotéticos, pero realistas. A los que incluyeron como “en tratamiento” les presentaron cinco situaciones construidas a partir de un focus group con adolescentes sobre qué interacciones en redes les generaban malestar. Por ejemplo, publicar algo y no recibir ninguna reacción, recibir comentarios negativos en una publicación personal, ver una imagen corporal idealizada con muchos "me gusta”, encontrarse con un video generado con inteligencia artificial de uno mismo subido por una cuenta anónima y ser ignorado por amigos después de proponer un plan.

El grupo de control recibió, en cambio, un estímulo neutro (un tutorial de cocina, un aviso publicitario) sin ninguna carga de comparación social o rechazo.

Inmediatamente después, todos los participantes completaron un test que arroja una puntuación de ansiedad, un cuestionario validado conocido como STAI (State-Trait Anxiety Inventory). "Pregunta cómo te sentís, si estás conforme con tu vida, si podés dormir –detalla Alzúa–. Ese índice sube o baja, y se asocia con más o menos síntomas de ese estado mental".

Los resultados

Los números mostraron que exponerse a esos escenarios negativos aumentó la ansiedad en 1,7 puntos del STAI respecto del grupo de control (con una significatividad estadística que equivale a un incremento de 0,09 desvíos standard). “Un efecto pequeño en términos absolutos –aclara Alzúa–, pero según destaca el propio trabajo, no trivial si se considera que se trata de una exposición de apenas unos minutos a una situación imaginada, no vivida. Es chiquito, pero también es chiquita la situación, porque es puramente hipotética.¿Qué pasa en un escenario real? Esto da pie a especular que el efecto sería mayor".

Un dato inesperado contradice buena parte de la literatura previa: el efecto fue mayor entre los varones que entre las mujeres. Las autoras ofrecen dos hipótesis posibles. Una es que las mujeres ya partan de niveles basales de ansiedad más altos (hay evidencia consistente de una brecha de género en la muestra, de casi 4 puntos del STAI a favor de mayor ansiedad femenina), lo que dejaría menos margen para que un estímulo adicional las mueva. La otra es que los escenarios planteados representen situaciones más novedosas o menos habituales para los varones, y por eso generen una reacción más marcada.

El hallazgo va en la línea de trabajos internacionales. Investigaciones en los Estados Unidos encontraron que reducir el uso de redes sociales mejora el bienestar subjetivo de los usuarios y hasta reduce después la demanda de esas mismas plataformas. También sugieren que el uso de redes sociales responde a problemas de autocontrol de los propios usuarios más que a una elección deliberada. Y hay evidencia sobre políticas de restricción: la prohibición de celulares en las escuelas genera, en un primer momento, más sanciones disciplinarias aunque ese efecto se diluye con el tiempo, mientras mejoran las notas y bajan las ausencias injustificadas. En Australia, impedirles el uso de las redes a menores mostró que este tipo de políticas fracasan si el porcentaje de jóvenes que efectivamente las cumple no alcanza un umbral mínimo: por debajo de cierto punto, la prohibición deja de ser sostenible sea cual sea la norma.

Pero la gran mayoría de esas evaluaciones proviene de países del hemisferio Norte, mientras que en los que están por debajo del Ecuador la evidencia es muy escasa. En esto reside uno de los aspectos más destacados del trabajo de Alzúa, Menduiña y Onofri, a juicio de Andrea Goldin, bióloga, doctora en fisiología e investigadora del Conicet en el Laboratorio de Neurociencias de la Universidad Torcuato Di Tella, que no participó en el estudio. 

De acuerdo con la científica, si bien ”falta cierta información sobre el diseño experimental: cuánto dura la tarea, cuántos trials son, cuán realista es, qué tipo de red social simulan, es súper interesante. Aunque tienen un universo bastante considerable, de más de 500 personas, la diferencia entre el grupo experimental y el control no llega a ser significativa, el aumento de la ansiedad en el grupo tratado (con un valor de 0,056) está apenas por encima del umbral que suele usarse como standard de significatividad", opina. Para Goldin, eso puede deberse a que el efecto está “diluido”; es decir, que aparece con fuerza solo en algunos subgrupos y no en el conjunto de participantes.

También observa que el momento en que se toma la medición (al final de las cinco situaciones simuladas) homogeniza un poco el resultado", ya que impide saber si alguna de ellas (el rechazo, la comparación corporal, el video con IA) pesa más que las otras.

Más allá de esas decisiones metodológicas, Goldin encuentra una base biológica sólida para el fenómeno que este documento intenta capturar. "La ansiedad es una reacción desproporcionada a una amenaza, pero se basa en estímulos muy primarios –dice–. Hace 100.000 años, sentirse rechazado por el propio grupo podía implicar morirse de hambre, o que te dejaran afuera de la cueva y te comiera un predador. Nuestra base fisiológica no sabe que hoy esa sensación se dispara por una catarata de comentarios negativos". En sentido inverso, agrega, recibir "me gusta" activa en el cerebro circuitos de recompensa similares a los que se verifican ante una ganancia de dinero, por ejemplo.

También subraya que "El hecho de que las mujeres tengan mayor ansiedad en ambos grupos, control y tratamiento, significa de alguna forma que ser mujer está más relacionado con tener ansiedad que la exposición negativa en redes sociales". Y lamenta que el estudio no haya medido la ansiedad también antes de la tarea: "Eso quita la posibilidad de saber si las mujeres generaron más ansiedad por el uso de las redes o si ya venían con mayor ansiedad de base”, agrega. ¿Usan más redes sociales los chicos y chicas más ansiosos, o son las redes sociales las que los vuelven más ansiosos? Esta es una pregunta todavía sin respuesta

Concluye Goldin: “Está buenísimo tener datos locales, con nuestras costumbres y nuestros propios usos del celular, y causales, porque realmente faltan todavía experimentos de este tipo".

Para la investigadora, el eje del debate no debería ser el tiempo de pantalla en sí, sino el tipo de contenido y de interacción al que están expuestos los jóvenes. Algo que también Alzúa menciona como aspectos que la discusión pública suele pasar por alto. Y cita conversaciones con la científica británica Sonia Livingstone, que trabaja sobre comunidades vulnerables o marginalizadas (como personas LGBT en pueblos chicos, grupos que comparten una enfermedad, adultos mayores aislados) para quienes las redes sociales cumplen una función de conexión difícil de reemplazar. "Para esos contextos, poder vincularse con gente lejana que entiende lo que te pasa es positivo", dice.

Entre sus conclusiones, el trabajo destaca que la calidad del contenido y de las experiencias puntuales resulta tan crítica para el bienestar psicológico como la cantidad de tiempo que los jóvenes pasan conectados. “Comprender estos mecanismos específicos resulta fundamental para el diseño de mejores políticas públicas, intervenciones educativas eficaces y herramientas de bienestar que trasciendan la simple reducción del tiempo de pantalla”, subraya.

El estudio completo, Scrolling into Anxiety: Experimental Evidence from University Students, de María Laura Alzúa, Azul Menduiña y Milagros Onofri, está disponible en la página del CEDLAS-UNLP.