Proyecto agrícola y social en la Argentina: la experiencia y la tecnología de Israel

12 de noviembre, 2020 | 08.30

Este 10 de noviembre, el presidente de la Nación Alberto Fernández formuló conceptos muy claros en un Zoom con cuadros técnicos del Partido Justicialista. “Quiero que las tierras improductivas del Estado vayan a manos que produzcan. Uno habla de estas cosas y aparece el idiota que dice que habla de reforma agraria. Yo no quiero la reforma agraria. Yo quiero que las tierras fiscales improductivas vayan a manos de los que trabajan. ¡Eso es todo lo que quiero!”, expuso. La iniciativa presidencial, plena de sentido práctico y con una finalidad clara de inclusión social y transformación productiva, ha sido demonizada desde algunos sectores que siguen viendo la realidad en blanco y negro y promueven la grieta agitando el fantasma de una generalizada expropiación, olvidando sin duda que la utilización de tierras ociosas fue uno de los pilares de las exitosísimas transformaciones agrarias que –a la caída del fascismo– se implementaron en Italia y Japón (país, este último, entonces bajo ocupación estadounidense).

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Nuestra tarea, por el contrario, es mantener firme el rumbo y contribuir a delinear y ejecutar planes que aporten al desarrollo de una nueva ruralidad. Esto es necesario para la reconversión productiva de inmensos sectores hoy marginados en los conurbanos de nuestras principales ciudades, en el marco del pleno respeto a la propiedad privada. 

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A miles de kilómetros de nuestro país, desde la Embajada Argentina en Israel, sigo con muchísima atención la evolución de este debate. En efecto, la necesidad de acercar propuestas en materia de producción agrícola y de generación de trabajo de calidad, que ayuden tanto a paliar la restricción externa como a fomentar mecanismos de inclusión social, nos obliga a buscar herramientas de utilidad para que sean analizadas por quienes toman decisiones y por quienes, desde la militancia cotidiana, contribuyen a los objetivos de nuestro movimiento. El siguiente es un aporte más a esa búsqueda de soluciones, con fundamento en la experiencia histórica y actual de Israel en proyectos sociales, cooperativos y productivos agroindustriales y en el desarrollo tecnológico de punta en materia agroindustrial. 

En estos cinco meses he recorrido numerosos kibutz en Israel y pude conversar tanto con dirigentes del Movimiento que nuclea a los 273 kibutz como con miembros que trabajan día a día en sus campos. En estas visitas aprendí muchísimo y pude constatar de manera directa que la experiencia israelí de desarrollo del mundo agrario es inspiradora. Kibutz, en hebreo, significa simplemente “agrupación”. Este nombre fue utilizado por primera vez para designar una comuna rural en 1909 (es decir, más de 38 años antes de la creación del Estado de Israel). El kibutz puede ser definido como un asentamiento rural de varias generaciones, caracterizado por su estilo de vida comunitario, colectivo y cooperativo, su gestión democrática, la responsabilidad grupal por el bienestar de cada miembro adulto y niño y la propiedad compartida de sus medios de producción y consumo.

Los kibutz israelíes fueron creados para cumplir una serie de objetivos estructurales y coyunturales propios del momento histórico en el que surgieron, algunos de los cuales eran similares y otros muy diferentes de los que motivan los proyectos hoy discutidos en la Argentina. Estos objetivos incluían realizar un proyecto de vida cooperativo; ocupar y poblar el territorio, en particular regiones especialmente adversas y hostiles climática y geográficamente; brindar trabajo y contención a nuevos inmigrantes, al comienzo de Europa Oriental, pero luego también de otras regiones del mundo y evitar la formación de una sociedad rural desigual y jerárquica, a lo que hubiera tendido el libre juego de las fuerzas del mercado.

Es innegable la centralidad del elemento ideológico en el momento de conformación de los kibutz. Desde el principio, los kibutz se veían a sí mismos como comprometidos por un deber nacional y social. Esto permitió que se establecieran en todo el país, particularmente en regiones previamente inestables desde el punto de vista militar, y que sus miembros aceptaran vivir condiciones extremas. No obstante, el compromiso nacionalista y socialista explica parcialmente el surgimiento, pero no la persistencia de los kibutz: su conservación a lo largo del tiempo solo puede entenderse teniendo en cuenta su éxito como proyecto socioeconómico, al otorgar al mismo tiempo garantías de un buen nivel material de vida y un invaluable sentido de comunidad y pertenencia. La permanente actualización tecnológica, la disposición a aceptar y adaptarse a la innovación, y la apertura a las nuevas prácticas del mercado, a su vez, son parte de la causa de ese éxito.

Para entender este éxito, bastan algunos números. El ingreso total de los kibutz de la industria alcanzaba en 2010 el equivalente a unos 10 mil millones de dólares actuales , es decir un 5,2% del producto bruto nacional y el 9,2% de la producción industrial de Israel. El sector de los kibutz poseía alrededor del 10% de las tierras del país, con la mayoría a lo largo de lo que en Israel se denomina “la periferia”, es decir, las zonas alejadas de las principales ciudades y cercanas a las fronteras. Según información adicional provista por el Movimiento de los Kibutzim, en 2016 los kibutz facturaban casi 13 mil millones de dólares y producían cerca de 9 mil millones de dólares en productos agropecuarios. Más de un 40% de los kibutz conseguía más de 30 millones de dólares de ganancia neta. Además, un 40% de la producción agrícola del país continuaba siendo producida por los kibutz, que concentran menos del 2% de la población (unas 160 mil personas).

Hoy la realidad de los kibutz es muy diferente a la de los comienzos, tras cambios sociales que comenzaron en la década del ‘80 y se profundizaron en la del ’90; esta transformación dio lugar a una variada gama de modelos cooperativos, en un espectro que va desde el socialismo pleno hasta simples cooperativas como las que son usuales en algunas provincias de nuestro país. Sin embargo, en todos ellos persiste tanto el espíritu cooperativo como el ímpetu innovador de los primeros tiempos.

Y esto nos lleva al segundo elemento que deseamos remarcar: la importancia de la innovación productiva como parte de un proyecto socialmente inclusivo. El uso de las innovaciones tecnológicas que el mercado agroindustrial requiere permite un mayor control del cultivo durante sus diferentes etapas, el aumento en la eficiencia de uso de los insumos y el mejoramiento de la calidad del producto final. Israel nos ofrece un ejemplo interesante también en este aspecto. 

Desde su creación, Israel introdujo constantemente soluciones inteligentes y eficientes en condiciones ambientales difíciles. La Big Data, la información tecnológica y el internet de las cosas están revolucionando el mundo de la agricultura. La inteligencia artificial, la robótica, los drones, satélites, sensores, algoritmos y los teléfonos inteligentes se han convertido en poderosas herramientas que ayudan a los agricultores a gestionar con precisión el crecimiento. A lo largo de los años, el liderazgo de Israel en materia de innovación y tecnología agrícolas introdujo, una y otra vez, soluciones de vanguardia para los desafíos mundiales actuales.

Los sensores y la robótica son hoy las dos áreas principales de la tecnología digital en la agricultura. Los sensores identifican el estado del suelo, los minerales, la madurez de los frutos, la población de plagas, la ubicación de las semillas, la intensidad solar y pueden automatizar la cosecha. Otra de las tendencias existentes en la industria es la tecnología biológica que surge por la necesidad generada con el aumento de la reglamentación sobre el uso de productos químicos, así como la concientización de los consumidores respecto del cuidado de la salud a la hora de consumir productos alimenticios, entre otros, que conlleva la demanda de productos limpios de agroquímicos al llegar al mercado, dando lugar a una gran demanda de productos biológicos. En todos estos campos, la agro-tecnología israelí es de punta y la asociación de actores argentinos con entidades y empresas israelíes podría aportar soluciones para el sector. 

Como hemos señalado, Israel se destaca por su importancia en el campo de la tecnología y la innovación, con rubros que van desde la informática avanzada hasta la “agritech”, o agro-tecnología. En este sentido, es importante tener en cuenta que hoy los kibutz juegan un papel importante en la escena israelí (y global) de alta tecnología. Su participación se extiende sobre una variedad de campos, desde la medicina a la energía solar, desde los cosméticos a la agricultura, y así sucesivamente.

Un caso especialmente importante es el del kibutz Hatzerim, de mayoría argentina. Hatzerim fue uno de los primeros en abandonar la agricultura tradicional y comenzar un negocio, cuando crearon la empresa Netafim, en 1965. Esta compañía diseña, fabrica y distribuye sistemas de riego, famosa mundialmente por el sistema de riego por goteo. Actualmente la empresa es llevada adelante en asociación con otros dos kibutz y posee fábricas y representaciones en todo el mundo, incluyendo la Argentina, Estados Unidos, Sudáfrica, Australia y más. Netafim pronto se convirtió en un líder mundial en su campo como una corporación multinacional que recauda más de US$ 300 millones al año.

El agricultor del futuro tendrá que cultivar más productos a menor costo, con menos insumos y menos tierras. Estos productores necesitarán una mayor ayuda de la investigación y la tecnología para producir con eficiencia, aumentar los rendimientos y crear nuevas oportunidades. La Argentina no escapa a estas tendencias. Como ejemplo, podemos mencionar el marcado cambio en la frecuencia e intensidad de lluvias el cual genera fuertes sequías y consecuentemente bajas importantes en los rendimientos de granos, descenso en la calidad de las pasturas, etc. Estas nuevas demandas exigen, por lo tanto, nuevas soluciones.

A esta problemática de alcance global se adiciona en nuestro país el drama social de un inmenso porcentaje de la población que sufre una situación de exclusión, con necesidades básicas insatisfechas, incluidas las de carácter alimentario y habitacional. El desempleo, la pobreza y el hacinamiento en áreas marginales del universo urbano son fenómenos que afectan a amplios sectores de nuestro pueblo. Esta problemática social no puede comprenderse sin enfocarse en su raíz material, vinculada con una estructura económica castigada por cuatro años de políticas adversas a la producción y –últimamente– por los efectos tan destructivos como imprevisibles de la pandemia global. 

Frente a esta aguda combinación de problemas a enfrentar, la apuesta por el desarrollo de una nueva ruralidad centrada en la doble premisa de la modernización tecnológica, de cara al incremento de la productividad y el aseguramiento de la salida exportadora, y los formatos innovadores de producción y ocupación del suelo, dirigidos a asegurar la inclusión social de sus protagonistas, aparece como una potencial solución que opera en múltiples planos.

En aras de ese objetivo, la cooperación con Israel y la sana imitación de sus estrategias positivas puede resultar de suma utilidad. Como mencionamos antes, el ecosistema emprendedor existente en Israel es desarrollado y exitoso. Es esta una alternativa con excelente predisposición para la profundización de las relaciones entre el sector agro-tecnológico israelí y el sector agropecuario argentino. Éste último, en los próximos años deberá embarcarse en un camino que permita al sector mantener su rol estratégico para el desarrollo económico del país, tarea en la cual la asociación con Israel podría revestir una importancia de primer orden.

Para finalizar, es necesario tener en cuenta que la tecnología no se genera en un vacío social. No es casual que uno de los mayores éxitos tecnológicos del mundo se haya dado en un país como Israel, un Estado reciente que se destaca por una cultura socialmente igualitaria, en la que los kibutz siguen jugando un rol social esencial. Es por este motivo que consideramos que el ejemplo social y técnico de los kibutz y del escenario agrotecnológico israelí puede resultar de suma utilidad para la coyuntura que atraviesa nuestro país.

 

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