Se comprende que el problema del dólar agote a quienes no están metidos en la vorágine de las cotizaciones. Es comprensible estar harto, pero ello no anula que lo que sucede con su numerito, el llamado “nivel del tipo de cambio” o, en criollo, el precio del dólar, afecte fuertemente la vida cotidiana de todos y cada uno de los argentinos por una razón esencial y evidente: es un “precio básico”, lo que significa, para decirlo de manera rápida, que forma parte del precio de todas las cosas.

  Para colmo, la política macrista agravó la dependencia con la cotización de la divisa porque dolarizó los precios de las tarifas de los servicios públicos, incluidos los combustibles, que constituyen el segundo precio básico. El tercero son los salarios. Hay quienes también hablan de un cuarto precio básico, la tasa de interés, pero ello implica poner en un mismo plano de relevancia a un factor subordinado.

  Estos tres precios básicos sirven para entender dos problemas centrales de la economía, la inflación y la distribución del ingreso.

 

  Contra la vulgata de quienes aparecen en los medios de comunicación como “los economistas”, la inflación no es un fenómeno ni monetario ni de demanda, es primero un problema de costos. Las dimensiones monetaria y de demanda representan a lo sumo casos especiales, no lo estructural. Como los precios básicos son costos de producción, cuando cambian, cambian todos los precios de la economía. Si aumenta el dólar los precios aumentan de manera casi automática. Si el lector fue al supermercado antes de las PASO y después reconocerá el fenómeno fácilmente. Y en el medio no hubo ni emisión monetaria ni aumento de la demanda. Tampoco maldad alguna de los formadores de precios.

  Por razones electorales el gobierno postergó la suba de tarifas para después de octubre. Luego, la disparada del dólar post PASO lo llevó a congelar también los precios de los combustibles. Si se hubiesen dejado correr las tarifas dolarizadas el automatismo del traslado a precios de la suba del dólar se hubiese acelerado y potenciado. Si gobernase la actual oposición, el actual oficialismo estaría hablando de que planchar tarifas genera “inflación reprimida”, una creatividad lingüística indicativa de que los economistas del poder efectivamente vislumbran la relación entre “precios básicos” y formación de precios, pero que la usan en función de las necesidades de la hora. Como botón de muestra puede citarse nada menos que a Luis “Toto” Caputo, el gran colocador serial de la deuda externa del macrismo y presidente del BCRA en los primeros meses de la crisis de 2018, quien en su reciente reaparición pública en la Bolsa de Comercio reconoció que, efectivamente, la inflación local no tenía su origen ni en cuestiones de emisión monetaria ni de déficit fiscal, sino en los costos de producción. No está claro si Caputo se transformó en “el heterodoxo menos pensado” o si fue arrastrado por la fuerza abrumadora de la evidencia, pero es lo que dijo.

  Los precios básicos explican también la distribución del ingreso porque son variables distributivas, el nivel de cada uno construye ganadores y perdedores, tema que no se aborda aquí, pero que es clave si se quiere comprender la dinámica económica a partir de las pujas distributivas que desatan sus variaciones.

  Regresando al presente más acuciante, el nuevo salto del dólar más que la voluntad de castigo del macrismo hacia los votantes opositores, expresa la debacle económica oficialista. Si la devaluación de 20 a 40 fue el modelo FMI para estabilizar las cuentas externas frente al fin del crédito voluntario, el salto al escalón de $60 fue una señal de descontrol de las variables que, sin embargo, tiene raíces más políticas que reales.

  El componente real evidentemente existe: el nivel del tipo de cambio es el resultado de la oferta y la demanda de dólares. Y la demanda está en aumento frente a una oferta en retracción. También se acercan vencimientos de deuda en divisas que, con el riesgo país en niveles de default, cerca de los 1800 puntos, serán muy difíciles de refinanciar. Luego, antes de las PASO predominó eso que se denomina “atraso cambiario”, ya que desde el segundo acuerdo con el FMI coronado con la llegada de Guido Sandleris al BCRA la cotización de la divisa no siguió a la inflación, lo que en la economía local siempre despierta fuertes expectativas de devaluación.  

  Pero más allá de la existencia de los componentes reales, el salto del lunes fue especialmente político, incluidas las conductas de algunas consultoras económicas que bien podrían caracterizarse como delincuenciales. Fue el caso, entre otras, de la firma Elypsis, que el viernes previo a las primarias difundió encuestas falsas sobre el triunfo del macrismo, encuestas con la que se operó también a inversores del exterior y que ayudaron a gestar una suba ficticia de la bolsa local. Lo que en principio fue una típica avivada para que los inversores mejor informados pudieran salir de papeles al borde del desmoronamiento a mejor precio, tuvo también efectos macroeconómicos al profundizar la espantada post derrota. No obstante, el salto del dólar a partir del mismo domingo 11 no respondió sólo al tráfico de información falsa. También ocupó un lugar clave la demonización de la oposición como centro de la estrategia de campaña del oficialismo. Si durante años se predica que la oposición política constituye una banda de ladrones “chavistas” que llevarían a “ser Venezuela” no corresponde sorprenderse porque los siempre esquemáticos operadores financieros, eso que suele denominarse “los mercados”, se espanten por su triunfo y entren en pánico.

  El peso del componente político superpuesto a los factores reales quedó evidenciado por el freno a la suba de la divisa que se produjo apenas tras las declaraciones de Alberto Fernández, cuando afirmó que el dólar había alcanzado ya su “valor de equilibrio”, palabras que fueron producto de la firme decisión opositora de apuntalar la transición. Es probable también que los mismos actores económicos se hayan asustado por la dinámica puesta en marcha por la nueva mega devaluación. Por eso el novel ministro de Hacienda trasplantado desde la provincia de Buenos Aires, Hernán Lacunza, señaló que el único objetivo de su corta gestión será mantener la estabilidad cambiaria, ambición razonable y la única meta de acción posible en el actual escenario, aunque se suponía tarea del Central “independiente”. La conclusión provisoria es que resulta evidente que ya todos conocen, aunque no lo expliciten, la relación entre precios básicos e inflación. También entre el recorte salarial implícito en la suba del dólar y la caída de la demanda, lo que supone la continuidad de la destrucción de empresas orientadas al mercado interno. Seguir devaluando desaforadamente era suicida.