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El silencio es el poder de la ausencia de palabras. En La Vida Ausente (TusQuets) Gabriel Bellomo utiliza con maestría los silencios que, cargados de sentidos, acompañan el trance de los personajes. La novela es una historia intensa que muestra el regreso a Italia de una pareja que es asediada por la dictadura argentina en 1977. Errantes y doloridos, Ana y Mauro se encontrarán con las huellas del dolor de un hijo muerto en ese pasado que resucita a cada paso como una joven ceniza al viento.

¨El silencio es mal visto en este tiempo, donde todo parece que necesita ser expresado en palabras. La literatura puede ser expresada en voz baja. Insisto en la idea de evitar el énfasis en busca de la efectividad”, afirma Bellomo en una entrevista con El Destape.

-¿Cuál fue el origen de la novela?

-El origen de la novela se perdió en el tiempo. Las primeras notas las tomé hace diez años en Roma, donde me sorprendieron algunos grafities con esvásticas que me remontaron al fascismo que en ese momento no es lo que hoy vemos. Pasaron unos años y la novela luego la fui escribiendo a lo largo de los años. Había allí una historia de amor que estaba teñida por la pérdida de un hijo: un matrimonio argentino exiliado durante la dictadura que vuelve a Roma.

-En otras entrevistas marcabas mucho la idea de que dedicas mucho tiempo a la reescritura. ¿Lo haces para cambiar matices de la historia o para pulir el texto en las palabras.

Después de leer mucho y pensar mucho el tema llegué a la conclusión. Tenés que tener algo que decir, pero lo importante es cómo lo decís. La forma es lo que determina que la historia que tenés entre manos te deje conformo. Por eso dedico mucho a eliminar lo que sobra, a quitar los escombros. Hay cierta prepotencia en el acto de escribir: si no pensás que podés escribir como Cervantes, entonces vas a escribir peor que vos mismo. Luego el texto debe ser pulido, a ese texto le surgen muchos textos más.

-En tu obra hay un gran silencio. De hecho vos en boca de los personajes decís que hay infinitas variantes del silencio ¿Qué significa el silencio?

Escribo con imágenes que quedan diseminadas, entonces esto me lleva a que en mi literatura haya menos diálogos de los que quisiera. Los personajes actúan con la gestualidad, con un monólogo interno que se da a través de evitar el énfasis. El énfasis en la obra me causa cierto estupor. Por eso me lleva a un apartamiento del narrador, que está presente, pero que está apartado. El tiempo pertenece a la ausencia.

La literatura tiene que ver en encontrar una cierta fibrilación entre la inteligencia y la sensibilidad que se exprese con la mayor intensidad posible para que la historia progrese y para que el silencio no pierda intensidad.

-¿Reinvindicás el silencio?

-Sí, en tanto y cuanto esté cargado de sentidos. El silencio está cargado de sentidos cuando entre los interlocutores no hay un ensimismamiento, sino en relación con el otro.  Cuando hablamos del silencio hablamos de ausencia de palabras o de pronunciamientos de palabras que parece que no están. El silencio es mal visto en este tiempo, donde todo parece que necesita ser expresado en palabras. La literatura puede ser expresada en voz baja. Insisto en la idea de evitar el énfasis en busca de la efectividad.

-El arte de decir sin decir

-Esta es una construcción que no es premeditada. Creo que uno se resigna a ser el escritor que le toca ser. La mirada propia esta formada por esos sedimentos que quedan del mapa de lecturas que hemos recorrido.

-¿Por qué sos metódico a la hora de escribir?

-Soy metódico en todo, porque pertenezco a una época que ve frustración donde mira para atrás. Haber hecho la carrera en la dictadura militar, haber perdido a compañeros que eran militantes en tiempos de la dictadura, te militariza. Eso te ordena y te pone un sesgo que es difícil de abandonar.

-Parece que viviste hechos violentos. 

-El golpe del 76 comenzó cuando tenía 20 años. En ese momento me dejó la sensación del anonadamiento y el silencio que nació en ese momento. Había que callar en cada momento. Cuando iba a la facultad, me encontraba con compañeros menos y también con cátedras menos. Me acuerdo como si fuera hoy que tres profesores que instauraron un derecho humano nunca antes reconocido -el derecho de resistencia a la opresión- desaparecieron. Eran Russo, Guarat y Romano. En ese momento leía un libro de resistencia a la opresión en medio de la doctrina de seguridad nacional. 

-¿Tuviste problemas en tu trabajo además? 

Sí, mis padres que no eran universitarios me escuchan estudiar en voz alta y creo que tenían miedo. Yo trabajaba en una municipalidad y recuerdo el primer día del golpe. Nos esperaba el 24 de marzo a la madrugada en la puerta el Capital Farcas que era un pequeño Hitler y era piloto. Nos preguntó qué hacíamos y entonces me pidió que me corte la barba. ´Va a tener que venir afeitado: si no te afeitas no entras y con el tiempo me lo vas a agradecer´, me dijo. No sé si tengo que agradecer algo, pero me afeite: necesitaba trabajar y por otra parte, el deseo de vivir era muy grande.  No sabía bien que era lo que pasaba, pero sabíamos que algo ocurría.

¿Conociste a tus compañeros que desaparecieron?

Sí, por supuesto. Fui protagonista de una escena donde un integrante del servicio de Inteligencia le apuntó con su arma a un compañero que era comunista y al que le apuntó con un arma. Yo estaba en el medio: uno parado frente a otro. Uno apuntaba con el arma y el otro le decía que le dispare. Conocí todo, pero me sustraje de toda militancia: uno para preservar mi vida (lo cual revela la cobardía) y en segundo lugar donde la violencia hacia transcurrir todo en la oscuridad.

Lo viví con una gran inconsciencia de la magnitud: el orden que instauraron fue 30 mil desaparecidos. Hasta contarlo te da pudor, te sentís Victor Frankl  cuando salió de Auschwitz. Te da pudor haberte recibido de abogado, haber estudiado, haber vivido. Creo que el silencio de mi obra viene de allí. Ese susurro, ese hablar en voz baja, creo que viene de ahí.